EL CHULI

26 de noviembre de 2009




Yo pasé la infancia en un barrio bastante suburbial: el barrio de la Ventilla. Ya lo conté en una entrada anterior, titulada Mis problemas con la justicia, donde me pinté como un joven y aguerrido delincuente que escapaba a toda pira de la pasma. En realidad, lo confieso ahora, me estaba tirando el pisto. Yo por aquel entonces era un buen chico. Tenía 10 ó 12 años y me preocupaba por hacer a tiempo los deberes y llevar al colegio los cuadernos limpios y sin tachaduras. Mi madre me despedía a la puerta con un beso y allí marchaba yo todo contento con mi mochila, mis libros de texto, mi estuche de pinturas, mi cartabón, mi regla… todo adquirido legalmente, eh, nada robado. Conviene dejar constancia de esto.

A mí la vida en la Ventilla, también hay que decirlo, no me parecía tan mala como decían mis padres. Pasaban pocos coches por allí, había muchos descampados donde jugar, cada dos por tres se organizaban travesuras en los barrios vecinos… No acababa de entender el empeño de mis padres, y de los padres de mis amigos, y de algunos vecinos más porque estudiáramos mucho para escapar de todo eso. ¿Escapar de qué?, nos preguntábamos mientras levantábamos las tapas de las alcantarillas, por ejemplo, y nos colábamos dentro a husmear.

Pero éramos buenos chicos en el fondo y, mal que bien, hacíamos nuestros deberes y no nos ensuciábamos demasiado. Había algunos, incluso, a quienes sus padres, después del colegio, habían apuntado a inglés, a francés, ¡a piano! Resultaba algo absurdo oír cómo, cada tarde, desde un bloque vecino al mío, entre la ropa tendida, los coches quemados, y el charco perenne donde lamían los perros, salía una y otra vez la escala musical. Era mi compañero Juanfran, que después de merendar pan con aceite y azúcar y hacer los deberes, tenía que sentarse todos los días un rato al piano.

—A mí no me apetece, la verdad, pero cualquiera se lo dice a mi madre.

Recuerdo el día que llevaron el pequeño piano blanco a casa de mi amigo Juanfran. Su madre lloraba de una manera muy callada, sin hipidos ni aspavientos ni lamentaciones, mientras su esposo la abrazaba. Nunca acabé de entender la naturaleza de esa escena.





Plaza principal de la Ventilla en la época que cuento

Pero a lo que iba. Había otros, un poco mayores que nosotros, que esos sí “eran de cuidado”, como decían los adultos. En especial, era muy nombrado un tal Chuli, un chaval de rostro áspero y mirada torva que callejeaba mucho por allí mientras los demás andábamos en el colegio. Si te le cruzabas en la calle con él, te ponía el hombro como para simular que chocaba contigo y te tiraba al suelo; o te hacía una zancadilla. Era un auténtico “gamba”. Si te pillaba en un oscuro, directamente te quitaba las pelas. A veces no aparecía durante varios meses y todos sabíamos la razón.

Una tarde bajaba las escaleras para ir al club deportivo al que me habían apuntado mis padres cuando de pronto noté una alteración en el barrio. Desde la segunda planta podían oírse las voces y los gritos y yo me asomé a ver qué pasaba. “Será cabrón”, oí. “Será hijo puta”. “Como le pillemos”, decía el padre de mi amigo Juanfran. “Yo creo que se ha escapado por allí”.

Yo seguí bajando y estaba ya casi en el portal cuando vi al Chuli agazapado en el cuarto de contadores de mi bloque. Era evidente que se estaba escondiendo y en apenas un segundo entendí que era a él a quien buscaban y que tenía que haber hecho algo muy gordo contra la propiedad de alguien. Me hubiera bastado gritar: “eh, aquí”, para que le echaran mano y seguramente le dieran una somanta de hostias en la que tantos chavales veríamos vengadas sus chulerías. Bastaba con gritar “eh, aquí”.

Sin embargo, me callé. No dije nada, salí a la calle y eché a andar hacia el club deportivo. Y no callé por miedo, siempre he estado seguro de eso. No fue cobardía, fue otra cosa. Yo tenía 10 ó 12 años y por una suerte de instinto primitivo me solidaricé con el que se escondía.

Así que salí a la calle y no dije nada.

Yo he hecho pocas cosas en la vida de las que sentirme orgulloso, pero ésa, no sé por qué (también por instinto) siempre me ha reconciliado conmigo mismo. Aunque el Chuli, por supuesto, no me lo agradecería nunca. Es más, a la semana siguiente volvió a quitarme el dinero. Quizás con el tiempo sí hubiera tenido alguna deferencia conmigo, pero eso nunca se podrá saber, porque apenas un par de años después apareció muerto de sobredosis en la puerta del cine Samari.




Así eran las casas en la Ventilla. Hoy todas han sido derribadas, y el barrio reconstruido, pero todavía perviven algunas parecidas en el barrio de Tetuán. Abajo, una de las pocas casas de la Ventilla que aún quedan por demoler.




EL JUGADOR

23 de octubre de 2009

Este es el relato premiado. Espero que os guste, aunque el estilo es muy diferente a lo habitual en este blog. También espero que no os resulte demasiado largo. Muchas gracias por vuestro interés

Yo ya sé que resulto desagradable y que, cuando entro en un casino, los rostros se vuelven, ceñudos, hacia mí. Todos los que son alguien en este mundillo, hasta los croupiers, me conocen y no se molestan en disimular su tirria. Incluso he visto a alguno que, al pasar yo a su lado, escupía despectivamente por un lado de la boca. Sin embargo, no me pueden impedir la entrada. Ya quisieran, pero en ninguna regla, ningún estatuto, ninguna base se dice nada contra mi forma de jugar.

Cruzo, pues, la sala entre la mirada punzante de los jugadores y me siento a la mesa más poblada de texas hold´em. La mayoría, entonces, aunque vayan ganando, recoge sus fichas, se levanta de la silla y se traslada a otra mesa. “Se acabó la diversión”, mascullan entre dientes. Pero algunos, los pocos que aún no me conocen, o los que, pese a todo, confían en derrotarme, se quedan. Reconstruyen sus montones de fichas y, pasándose una entre los nudillos, como corresponde a jugadores experimentados, aguardan expectantes a que el croupier reparta.

Yo coloco mis dos manos, abiertas y hacia abajo, sobre el tapete, y con indiferencia aguardo a que caigan las dos cartas antes mí. No las miro. Nunca las he mirado. Eso es lo que pone nerviosos a mis contrincantes: mientras ellos agarran los naipes y echan una mirada rápida, casi furtiva, con el mayor sigilo, a la suerte que les ha tocado, yo ni siquiera toco mis cartas. Les miro a ellos. Observo sus reacciones, escruto sus gestos, analizo el brillo de decepción en sus ojos o sus ímprobos esfuerzos por permanecer tranquilos y disimular. Es más, ni siquiera contemplo cómo se desarrolla la jugada, cómo el croupier va disponiendo sobre el tapete el resto de los naipes.

Solo miro a los otros, a los de enfrente.

Y aun escondidos tras gorras y gafas de sol, aun abrazados a las caderas de una señorita, aun borrachos y caóticos, e incluso a los profesionales del hieratismo, les adivino su jugada. Quiero decir: sé si están convencidos de ganar, en cuyo caso me retiro de la mano con una sonrisa; o sé si albergan dudas, si piensan que van a perder, y en tal caso, sin dejar de mirar a mi oponente, doy dos golpes en la mesa. “Veo”, y sostengo la apuesta. A veces empujan con las dos manos su montón hacia el centro del tapete. “Mi resto”, dicen. Pero yo no dudo ni un momento ante el farol. Asiento con la cabeza, cuento con calma las fichas del órdago y en montones rectos y estables las deposito con cuidado junto a la montonera de fichas del centro. Descubre entonces el otro sus dos cartas y yo hago lo propio con las mías, pero ni aún así las miro. Nunca las miro. Nunca he sabido cuál es mi jugada. Me limito a seguir con la vista fija en mi contrincante y escucho entonces el “¡oh!” de admiración de quienes se han ido juntando en torno de la mesa, mientras, invariablemente, el croupier reúne las fichas y las empuja hacia mi dirección.

A lo largo de estos años, he visto todo tipo de reacciones en el de enfrente. Desde arrojar la gorra o las gafas, airado, sobre el tapete, a extenderme la mano con una sonrisa. Los borrachos suelen balbucir un “enhorabuena”, y los que jugaban abrazados a las caderas de una señorita me guiñan un ojo, en reconocimiento de mi triunfo. Los profesionales suelen tomar peor su derrota. Mientras ordeno mis montones de fichas, alguno se acerca para decirme que esa no es manera de jugar. “El póker no es un juego de azar, tío. Cómprate un décimo de lotería, o cuélgate de la palanca de una tragaperras, pero aquí no vengas a joder. El póker es un deporte de paciencia, inteligencia, cálculo, memoria…”. Yo les escucho mientras reconstruyo mis montones. En silencio. Sin hacer apenas un gesto. “Algún día se te acabará la suerte”, es costumbre que concluyan, mientras me señalan amenazadoramente con el dedo.

Ha comenzado una nueva partida.

—Veo —y vuelvo a empujar un montón hacia delante, mis dos cartas frente a mí, siempre boca abajo, sin que haya puesto siquiera un dedo sobre ellas. La vista fija en el contrario.

—¿Dónde aprendiste a jugar así? —me preguntó cierto día un compañero de mesa, un joven vestido de traje, con el cabello cuidadosamente peinado, los zapatos lustrosos, reloj de esfera dorado, un joven novato al que acababa de desplumar. No preguntaba con ánimo insidioso; la suya era pura curiosidad.

Me resultaría difícil explicarlo, en caso que quisiera. Largo y difícil sería hablarle de aquellos años en que andaba con la pandilla, chavales del barrio que no teníamos el menor interés en estudiar. Nuestros padres tampoco parecían preocuparse por el asunto y nosotros, chicos fogosos, matábamos el tiempo merodeando por la estación de autobuses, un sitio lleno de oportunidades para el que tiene un poco de vista: aglomeraciones, escaleras, ascensores, bolsos descuidados sobre los respaldos, maletas que se abandonan un momento para hacer una llamada, móviles que se dejan sobre el mostrador para buscar el billete….

De todo ello podía uno escabullirse cargado de relojes, tarjetas, carteras.

Yo, sin embargo, prefería aguardar agazapado entre las columnas de la estación. Los autobuses se detenían con un bufido neumático, abrían las puertas y los pasajeros comenzaban a descender en compacto tropel. Tenía que surgir alguna buena oportunidad. Tenía que surgir.
Uno de mis compañeros, agazapado él también tras una columna, había abandonado ya su refugio y se colaba entre los viajeros. Estos, en vocinglero tumulto, bajaban sus pertenencias del maletero y las dejaban en el andén, para agacharse a por más. Yo veía la cabeza de mi compañero entre la masa de la gente y, de pronto un grito, una voz ronca que suelta una imprecación, una pequeña ebullición en el centro de la muchedumbre. Ruido de carreras, gritos de “¡eh, al ladrón!” que retumban por los pasillos. Todo el mundo, alarmado por el incidente, entre asustado y curioso, gira la cabeza en la dirección de las voces. Todo el mundo queda en suspenso durante varios segundos, momento en que yo aprovecho para salir de detrás de mi columna y dirigirme, aparentando también perplejidad, al montón de sus pertenencias…

—¿Dónde aprendiste a jugar así? —insiste el joven de los zapatos lustrosos y el reloj dorado.

Me resultaría difícil explicarle, aunque quisiera, la satisfacción con la que entraba en el bar, el bolsillo lleno de billetes. Algunos habían sido directamente trasegados desde las carteras; otros los había obtenido después de una venta rápida en el lugar de costumbre, un estanco a cuya trasera una señora gorda y vestida de negro “recepcionaba el material”; así se dice, al menos, en la jerga de la policía. Entraba en el bar y allí al fondo, detrás de una cortina, mi padre y otros tres expelían humo en abundancia, en torno a una mesa redonda. Descorría la cortina y mi padre me saludaba con una voz extemporánea: “Hola, hijo”, por ejemplo. A veces “hola, chaval”. Y luego me decía: “Siéntate a mi lado, que me traes suerte”. A veces me alborotaba el cabello por la parte de la nuca, en señal de bienvenida.

No era mal tipo mi padre. Yo, con el mayor disimulo, le deslizaba en el bolsillo los billetes que acababa de conseguir. Mi padre procuraba poner cara indiferente mientras “recepcionaba el material” Sin embargo, nunca era tan hábil como para que los de enfrente dejaran de percibir sus movimientos. A veces ligaba una buena jugada, y desplegaba entonces sus naipes sobre la mesa, con expresión triunfante, pero apenas conseguía arrebañar unos cuantos billetes del bote. En las jugadas reñidas, cuando el ambiente se espesaba, mi padre luchaba por parecer desinteresado, despistado incluso, y miraba su jugada de continuo, como si de puro mala se le hubiese olvidado. Yo advertía entonces el brillo fiero en los ojos del de enfrente, la sonrisa de delectación, en ocasiones tan clara que le tiraba a mi padre de la manga. “Déjame, joder”, se sacudía él; y me decía luego por lo bajo: “Nunca vuelvas a hacer eso, sé lo que me hago”, y tiraba las cartas sobre la mesa, con arrogancia. “Full”, decía, por ejemplo, y se frotaba las manos. Pero cuando iba a recoger los billetes, una mano le atenazaba la muñeca y una risotada retumbaba en el local. “¿Dónde vas, pardillo?”.

Cierta vez (pero yo sabía que iba a ocurrir) se lo dejó todo en la última jugada, mientras su contrario simulaba estar demasiado entretenido en la contemplación de sus uñas. Todo significaba el coche, significaba el piso, significaba incluso el único traje que tenía para ir a trabajar. “Muéstralas tú primero”, dijo el de enfrente, con una sonrisa irónica e infinitamente cruel. Porque sabía —él y yo sabíamos— que iba a ganar.

El chaval del traje y el reloj de oro al que acabo de desplumar espera una respuesta. Yo me encojo de hombros y sigo el curso de la jugada en la que estoy inmerso.

Aquella noche, la que lo perdió todo, volvíamos a casa en silencio. Al ir a cruzar una calle, tropecé y no sabría decir cómo se me desprendió una suela del zapato. Mi padre se agachó a recogerla con un bufido y se levantó con una furia desconocida. Me empujó hacia delante, “imbécil, a ver si miras por dónde andas” y me acorraló contra una pared. “Ahora va a haber que comprarte unos zapatos, subnormal”, y me dio la vuelta a manotazos, me agarró del cuello y armó un puño frente a mi cara. Un puño que temblaba, como a punto de ser descargado sobre mí. “Subnormal”, no paraba de decirme.

Pero yo le miraba a los ojos y, aunque amedrentado yo y enfurecido él, alcancé a discernir que, pese a todo, nunca descargaría el puño sobre mí.

No era mal tipo mi padre. Pero no sabía ir de farol.

Es por eso —sería largo de explicar al joven arruinado— que yo no miro mis cartas. Nunca miro mis cartas. Sólo miro a los ojos del contrario y sé si puede ganársele, en cuyo caso cubro las apuestas, o si están convencidos de su victoria y vienen a destrozarme. En ese caso, con la sonrisa más humilde y más sumisa que puedo desplegar, me retiro.

Todo depende de un brillo de los ojos, o de un leve rictus de los labios. No es difícil de identificar.

19 de noviembre de 2009

¡Lo que es la vida, amigos blogueros! ¡Lo que es la vida! Hace apenas unos días (lo cuento en el post de abajo) que mandé a arreglar y a ajustar mi vieja bicicleta. Pues bien, esta tarde justo me han llamado de Rastrillo Nuevo Futuro para comunicarme que he ganado el tercer premio en un certamen de relatos. Después de las felicitaciones de rigor, me informan de que el tercer premio consiste en 300 euros o una mountain bike, a elegir. ¡Una mountain bike!, exclamé yo para mis adentros. ¡Coge el dinero, coge el dinero!, me hacía señas mi familia, ¡que la bici la acabas de arreglar! Bueno, ¿qué decide?, me saca de mi abstracción la simpática mujer al otro lado del teléfono.

-Pues... el dinero -le respondo.
-Ya me lo suponía yo -dice la mujer-. Todavía no he conocido a nadie que escriba y que elija la mountain-bike.

PEQUEÑOS AJUSTES

18 de noviembre de 2009

Hace un par de años me regalaron una bicicleta, una mountain-bike que un amigo tenía medio abandonada en la terraza de su casa, junto a la jaula del pájaro y la bombona de butano. Yo, por aprovechar el regalo, la sacudí un poco el polvo y me hice el propósito de montar en ella siempre que pudiera. Como era gratis…

La verdad es que estoy muy contento de mi firmeza; desde ese día, siempre que encuentro ocasión me subo a la burra y me lanzo por los carriles bici de Madrid. Ya he dado dos veces la vuelta a la ciudad y una vez llegué muy cerca de Tres Cantos, aunque todo sea dicho, de esas largas excursiones siempre volvía reventado, sudoroso, con las piernas molidas, hecho una auténtica piltrafa.

—Pero, hombre, si es que le está rozando la rueda con el cuadro, ¿no lo ve? —me dijo el otro día el encargado de un taller de bicicletas al que la llevé porque le notaba un raro chirrido con cada pedalada.
—Yo no sé, como me la regalaron… —creí oportuno disculparme con un encogimiento de hombros.
—Y la zapata también roza con la llanta. En mi vida he visto cosa igual —exclamó el mecánico—. Capaz será de haber estado montando así durante varias semanas…

La tienda de reparación de bicis estaba llena de ciclistas y yo creí oportuno disculparme delante de todo el mundo…

—Es que me la regalaron… —y volví a encogerme de hombros.

Total, que el chico me la cuadró, me la limpió, me la engrasó, me enderezó el manillar y ahora da gusto lanzarse por el carril bici con la mountain-bike. Hay que ver cómo corre, qué ligero me siento… Y es que no era normal tardar tres horas en subir la cuesta de Vallecas a Moratalaz. Yo ya intuía que pasaba algo raro.

El caso es que esto de la bici ha venido a coincidir, curiosamente, con lo que me ocurrió ayer en el trabajo. Desde hace cinco años ocupo el mismo puesto y ayer vino un informático a revisar los equipos. Según llegó el técnico ante mi puesto, soltó una exclamación y echó la cabeza hacia detrás. “¿Pero cómo puede usted funcionar con esa pantalla?”, me preguntó. “No sé… —y me volví a encoger de hombros— …yo, como me la dejo el que se sentaba antes aquí”.

—Pero hombre, pero hombre… —el técnico movía compasivamente la cabeza—. Permítame.

Y me estuvo toqueteando en los botones de ajuste, brillo, contraste y otros que ni sabía que existían, hasta que me bajó la intensidad de los rojos (que, en verdad, era mucha) y me redujo la gama de verdes fosforito. Me suavizó también el amarillo chillón y dio un poco (siquiera algo) de protagonismo al azul.

—¿Qué le parece? Esto es otra cosa, ¿verdad?
—¡Ya le digo! —exclamé asombrado.

Y a partir de ese momento, durante toda la mañana, estuve resolviendo expedientes a una velocidad inusual. Todo parecía más cómodo y fácil, y lo más sorprendente: no volví a casa con ese punzante dolor de cabeza. Pero no sólo eso: ahora veo la vida de otra forma: el cielo como más claro, las líneas como más rectas, todo como más sencillo…

¡Cuantas cosas que nos parecen costosas y arduas podrían arreglarse con un simple ajuste!

MENSAJE AL INFINITO

15 de noviembre de 2009

Después de los pequeños accidentes cotidianos, retorno a mi estado anterior, ése en que, influenciado por la lectura de la Biblia y la visión de las estrellas, andaba yo como pleno de grandiosidad y metafísica. Nunca antes me había sentido tan trascendente y la verdad es que mola mazo.

Prestando oído a las emanaciones del universo, estos días me he acordado mucho de la sonda Voyager 2, lanzada al espacio en 1977. ¿Y qué habrá sido, por cierto, de la Voyager 2?, me preguntaba. Seguramente algún bloguero habrá oído hablar de esta sonda: se trata de un artilugio lanzado a la deriva interestelar que va emitiendo una serie de ondas de radio, por si acaso alguien, en algún rincón del universo, sea cuando sea, acierta a captarlas. Por si acaso también ese alguien consigue no sólo captar la señal, sino también interceptar la nave y hacerla descender a su planeta, la nave porta en su interior un disco de oro, incluido a iniciativa de Carl Sagan. Pero nadie piense que ese disco de oro sea un premio que los humanos damos a ese hipotético alguien por su valentía y pericia a la hora de capturar objetos espaciales. No, señor; es mucho más complejo.

El citado disco es una especie de embajada de la Humanidad: contiene un mensaje donde, si el tal alguien , además de capturar la sonda, cuenta encima con un reproductor adecuado (algo difícil, ya que incluso aquí en la Tierra no se fabrican ya elepés), podrá escuchar lo que entonces se consideró "la esencia sonora de nuestro planeta". Si mal no recuerdo: un saludo amistoso en centenares de idiomas, acordes de Vivaldi, de Mozart, de Beethoven… también fragmentos de un aria operística, para que adviertan los posibles curiosos a qué grado de perfección puede llegar el timbre humano. Asimismo se reproduce el sonidos de los truenos, de las olas, del canto de las ballenas...

La sonda incluye asimismo imágenes, sobre todo fórmulas matemáticas, que le hagan ver al receptor que quien ha botado la cápsula no es ningún mindundi del universo, sino que sabe de carrerilla las tablas de multiplicar, entiende de astrofísica y se apaña un poco con la ley de la relatividad. También se le muestra lo más granado de nuestro arte y nuestra cultura:los edificios más hermosos y significativos de la Tierra, y creo que se incluyen igualmente películas donde se puede ver a los seres humanos en sus momentos más gloriosos: desde la conquista de las montañas más altas hasta la inmersión en lo profundo de los océanos, pasando por diversas gestas atléticas… No dudo que se muestren imágenes del ser humano en el momento de su nacimiento (no sé si de su fecundación previa) y muchas muestras de manos tendidas, abrazos, amistad… Creo que no se incluye ninguna imagen de un conflicto bélico, de una bomba que explota, de un niño somalí… Esas cuestiones hay que disimularlas.

En fin, así está dispuesta la Voyager 2. Es como una llamada telefónica al azar.

Desde 1977, la Voyager 2 navega por el espacio. Ya debe haber traspasado la Helipausa y hallarse fuera de nuestro Sistema Solar... sin que hayamos obtenido hasta ahora ninguna respuesta. Es decir, que todavía no ha sido interceptada por ningún alguien.

¿O sí?

¿Y si finalmente alguien ha interceptado la Voyager 2, ha puesto en funcionamiento el disco y ha visto las imágenes pero, por por lo que sea, no han suscitado su interés? ¿Sería posible que ese alguien hubiera pensado: “vaya gente más pedante”, o “vaya tipos aburridos”?

Como no es muy descabellado pensar esto, propongo desde este humilde blog que se prepare una nueva sonda, la Voyager 3, y se lance más o menos por el mismo derrotero que su hermana. En su interior, y como muestra del "genio humano", nada más abrir la puerta encontrarán los extraterrestres, por ejemplo, un mueble de Ikea, acompañado, claro está, de las instrucciones de montaje. Se incluirá también un disco (el Caribe Mix", sugiero) con canciones de King Africa o el Chiquilicuatre. Aprovechando que la tecnología ha avanzado mucho, podría incluirse un DVD con los mejores capítulos de "Los Serrano". En una pantalla se emitirían explicaciones sobre lo que es un cuñado, y su influencia negativa en los acontecimientos terrestres. La sonda incluiría también un cuestionario: ¿debe el Madrid destituir a Pellegrini?, y entre las grandes gestas deportivas, cómo no, el gol de Maradona a Inglaterra con los comentarios originales ("¡¡barrilete cósmico!!"). Muchas otras cosas se me ocurren, así al vuelo: el último recibo de la contribución urbana, como muestra de los extremos recaudatorios a los que puede llegar el ser humano; un décimo de lotería atrasado; una pastilla de turrón del duro de las que incluyó la NASA en su última cesta de Navidad y que nadie del centro espacial sabe qué hacer con ellas; un artículo de Arrabal, por si acaso ellos entienden algo...

No sé, se aceptan sugerencias. Pero yo creo que botar la Voyager 3 es imprescindible. Porque entre tantos planetas como hay en el universo, es posible que en alguno de ellos haya vida; en alguno incluso vida inteligente; pero pensar ya que puede haber vida educada, eso es mucho pedir. Seguramente los extraterrestres sean tan bandarras y chabacanos como nosotros en nuestra vida ordinaria.

VUELTA A LA VIDA

10 de noviembre de 2009

Mientras, hace apenas unos días, ironizaba sobre la grandeza del ser humano y gastaba bromas y me ponía lírico a la vista del firmamento lleno de estrellas, mi hermano pequeño caía desplomado, de pronto, en una pista del aeropuerto, donde trabaja. Entre varios compañeros le trasladaron a los servicios médicos, donde enseguida le diagnosticaron un infarto y, gracias a una pastilla de nitroglicerina que le dispensaron y a una serie de masajes cardiacos, consiguieron mantenerle con vida hasta que llegaba la ambulancia y le trasladaba al hospital. Por el camino —la sirena a toda mecha, el conductor eludiendo los coches que abarrotaban la M-40—, mi hermano pequeño sufrió un par de paros cardiacos que hicieron necesario emplear el desfibrilador…

Hay veces en que la vida, para bien o para mal, irrumpe de pronto y convierte todo en banal. Incluso en ridículo. En especial, empequeñece la literatura. Sobre todo, la literatura. Nada de lo que podamos leer o escribir tiene ningún sentido ante una ambulancia que pasa a nuestro lado con la sirena ululante. Incluso los más grandes genios, incluso Shakespeare y Homero se minimizan y pulverizan ante eso.

Nada tampoco, ninguna palabra puede dar siquiera sea una idea de lo que alguna vez, durante unos segundos, de manera imprevista, hemos sentido en mitad de un día soleado, o sumergidos en una tarde espléndida. Ese brevísimo instante —espero que me entiendas— en que todo parece estar en orden y a nuestro favor. Eso tampoco puede expresarse con frases.

¿Para qué sirve entonces la literatura?

Lo más lógico es pensar que para nada, que esto de abordar un folio y después otro y otro luego no tiene más sentido que el entretenimiento. Si uno es escritor y tiene suerte, conseguirá ganar algo de dinero; si uno es lector y también tiene suerte, encontrará algunas páginas que le conmuevan durante un rato. Pero, aparte de esto…

Así parece hablar la realidad y el sentido común. Yo, pese a todo, me resisto a pensar de esa manera. Ya sé que estoy engañado, pero me gusta engañarme respecto a los libros. Hacerme el ingenuo delante de ellos. En gran manera se lo debo, por todos los buenos ratos que me hicieron pasar como lector, pero también porque, desde que descubrí que podía escribir (bien o mal, ésa ya es otra cuestión), las letras me han sacado de más de un atolladero. Cuando no encontraba trabajo, cuando todo era oscuro, cuando vagaba entre excesos y adicciones, cuando no tenía nada, aún me quedaba como último recurso tomar un folio, un bolígrafo y creer que estaba haciendo algo útil. Como dice la canción que he embebido abajo: “Cantar para saber que estoy cantando”.

Antes —alguno lo sabrá—, llegué a ser muy crítico con los que, sobre todo escritores, no parecían contemplar la literatura como mucho más que un negocio. Como yo me había tomado todo esto por lo tremendo y lo epopéyico, exigía que los demás se lo tomasen también, y me enfadaba con quienes habían llegado arriba felizmente, sin aparentes problemas, sin demasiados esfuerzos, por el camino más corto y con una sonrisa siempre en los labios. Quizás era simplemente que tenían los pies sobre la tierra y eran conscientes de la naturaleza de las letras. Ahora lo sé y, sobre todo, ahora entiendo que es injusto pedir cuentas a los demás por el talento, por el olfato o por la suerte de los que uno carece.

Así que, mucho más relajado, transitaba yo a mi manera por la literatura. Sé que camino engañado y que seguramente llegaré a ninguna parte, pero eso en realidad ya no importa. Lo que importa, yo creo, es andar contento en lo posible. Sonreírle a las letras y confiar en ellas, porque me han sacado adelante muchas veces y estoy seguro que también ésta me acabarán librando de la tristeza y de la pena que todavía bulle.

A mi hermano le dieron el alta hospitalaria anteayer.

POR ENFERMEDAD DE UN FAMILIAR, ME VEO OBLIGADO A SUSPENDER MOMENTANEAMENTE EL BLOG.

ESPERO VOLVER UN DÍA CON LOS AMIGOTES, COMO YA OS CONSIDERO, Y OJALÁ QUE PRONTO.

MUCHAS GRACIAS DE ANTEMANO A LOS QUE SE PASEN POR AQUÍ
A VER SI HA HABIDO CAMBIO EN LA SITUACIÓN.

DE LA MISMA MATERIA QUE LAS ESTRELLAS

26 de octubre de 2009

A mi amiga Araceli, cuyos cuentos estoy teniendo el placer de leer

Ayer, domingo, llevamos a la niña al Planetario de Madrid. En el colegio le están enseñando ahora los planetas: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte… hasta Neptuno, porque ahora resulta que Plutón ha sido degradado a mero pedrusco. Yo no quiero parecer gruñón, pero es que estas nuevas generaciones ya no respetan nada.

Nos enteramos de que, por la mañana, y dirigida al público infantil, emitían una película didáctica sobre planetas, estrellas, galaxias, constelaciones y, cómo no, agujeros negros —eso de que haya algo en el espacio que triture cuanto se le aproxima es algo que encanta a los niños de 0 a 8 años, así de brutos somos los humanos en nuestro estado más puro—. La proyección era en una sala circular y uno tenía que sentarse, casi tumbarse, en un sillón mirando al techo. Sobre la cúpula del Planetario proyectaron un firmamento estrellado y una voz, adaptada al público infantil, trazaba la línea de la eclíptica y hablaba de las diversas constelaciones que se hallan sobre ella y que componen el Zodiaco.

Sentado en aquella butaca ergonómica, a uno le era fácil hermanarse con aquellos hombres que, en la noche de los tiempos, y nunca mejor dicho, alzaron la vista por primera vez hacia el cielo estrellado y trataron de descifrar aquel caos de luminarias. El documental hablaba de cómo los antiguos babilonios, trazando una línea de una estrella a otra, habían dibujado un toro, un cordero, un pez, un cangrejo, un león, un escorpión… esos otros habitantes del planeta que desde antiguo hacen compañía al hombre en medio de la inmensidad.

Con el suave silencio de las esferas celestes al moverse, el firmamento anclado en el punto fijo de la Estrella Polar, el documental hablaba sobre tantos hombres cómo, con la ayuda de un sencillo cristal curvado, intentaron hallar un sentido a aquel océano de puntos luminosos, mientras a su alrededor sus semejantes se golpeaban fieramente, se atacaban a pie y a caballo, se tiraban flechas, prendían fuego a palacios y castillos, firmaban paces y tratados e inventaban ceremonias. Hablaba de cómo los navegantes consiguieron hallar una guía en aquel revoltijo de luces, y como con la vista fija en el vespero se armaron de valor para atravesar distancias inauditas…

Hablaba de cómo las estrellas se forman a partir de un polvo en suspensión en el vacío. Así se formo nuestro viejo Sol, y también de ese polvo se hicieron los planetas, y nosotros mismos, que no somos más que un pedazo de materia, participamos de ese polvo estelar.



Imbuido de grandiosidad, de humanidad en el mejor de los sentidos, salí del Planetario llevando de la mano a mi hija. Me sentía como uno de aquellos pensadores pitagóricos o uno de esos monjes medievales, capaz de internarme en el parque cercano y no salir de él durante meses, sumido en la contemplación del infinito, encaramado a una piedra en comunión con la eternidad…

Subimos al coche y cuando fui a arrancarlo… ggggg…. gggggg…. gggggg… ¡Me cago en la leche —exclamé—, será posible que me haya quedado sin batería! Ggggg… gggggg… ggggg… A las dos de la tarde, con el hambre que tenía, y sin un taller cercano porque era domingo! Ggggg… gggggg… ggggg… lo volví a intentar varias veces, pero era inútil. No había manera. Así que, hale, agarré a la familia y andando al metro. A la estación de Méndez Alvaro, cuya boca más cercana, para colmo, estaba en obras y tuvimos que andar hasta la siguiente. Qué grandeza de la humanidad, qué polvo de estrellas ni qué hostias… rezongaba para mí mientras me hurgaba en los bolsillos en busca de monedas para sacar los billetes. Que no tenía bastantes, y ésa fue otra.

EN TORNO AL JAMÓN

23 de octubre de 2009

A propósito del pueblo elegido, con el que últimamente estoy tan relacionado (ando de un tiempo acá leyendo la Biblia), quiero comentar aquí lo que se me viene a la cabeza cada vez que entró en bares como el Museo del Jamón; cuando abro la puerta y veo tantos perniles colgados del techo; en un número tan prodigioso que deja boquiabierto y ojiplático a cualquier guiri que se deja caer por allí. También andan colgados los lomos, los chorizos, los salchichones ibéricos, y en general todos los embutidos provenientes del cerdo.

Siempre he pensado que esto no es normal.


Al parecer, el motivo de colgar así los productos de la matanza es que se “oreen”, que se “curen” y, en el caso de los jamones, que vayan desprendiendo, por la ley de la gravedad, cierta grasilla que se acumula en una especie de capirote en la punta. Sin embargo, siempre he pensado que la causa por la que estos fiambres acostumbran en España a colgarse así, con tanto aparato, es otra, mucho más profunda. Y que asimismo en lo más arraigado de nuestra idiosincrasia está, por ejemplo, el alborozo con que acogemos el jamón que viene en la cesta de la empresa, la manera en que presumimos de él ante todo el vecindario y cómo lo ponemos sobre una tabla en la cocina e, inconscientemente, lo convertimos en el centro totémico de nuestra vida cotidiana.

Quizás sea mucha imaginación por mi parte, pero yo creo que la raíz de este comportamiento exaltado en torno al jamón y al chorizo viene de aquellos tiempos de la Inquisición en que ser judío en España ocasionaba a menudo la muerte. Según he leído en libros de la época, uno de los medios de identificar a los israelitas mezclados entre los “cristianos viejos” era darles a catar jamón, tocino, morcilla… cualquier derivado del cerdo. Si lo rechazaban, o ponían mala cara, no cabía duda: “perros judíos eran”. Leí, y no es broma, en un libro sobre los métodos del Santo Oficio como cierta vez torturaron hasta casi cargársela a una mujer acusada de rechazar un bocado de jamón. Atada al potro, aún decía que lo había rechazado, sencillamente, “porque no apetecía en esos momentos de él”. ¡Mientes!, clamaba el verdugo mientras daba otra vuelta a la rueda.

Los cristianos viejos, muy al contrario, tomaban el jamón y se lo comían con tal deleite, tantos aplausos y tamaño gusto que yo creo que ese “teatrillo” ha llegado casi íntegro hasta nuestros días. Y no considero absurdo pensar que eso de colgar el jamón en el centro de la cocina, y chorizos y lomos por todos lados de la casa, y celebrar con grandes fiestas la matanza del cerdo era un método de “exhibir” su sangre sin contaminar.

Sobre esto de las costumbres alimenticias y su trascendencia antropológica, leí hace poco en Jonathan Litell una reflexión que, de puro atinada, me cuesta pensar que a nadie se le haya ocurrido antes. Más bien creo que Litell se limita a transmitirla. Según esta reflexión, mucho del antisemitismo que aún late bajo la sociedad se incubó en aquellos lejanos días de la Antigüedad en que la hospitalidad era la virtud más preciada. Puede leerse en infinidad de libros antiguos cómo, en efecto, la gente daba al huésped lo que tenía, a veces aunque él se quedara sin comer, y le prestaba su cama si era preciso y él dormía en el suelo, y aun muchos se dejaban matar antes que se le hiciera daño al que alojaban. Esto era así entre los griegos, entre los romanos, entre los bárbaros, y ya ni cuento entre los árabes. Pues bien, ¿cómo sentaría en medio de este ambiente que, de repente, un huésped rechazara la carne porque está cocida junto con la leche, porque no ha sido cortada de tal o cual forma o porque procede de tal o cual pieza?

No por nada a mí siempre me decía mi abuela: “Hijo, cuando estés de invitado tú come siempre lo que te ofrezcan, y procura no poner mala cara. Ah, y primero pincha de lo que pongan en el centro, que es para todos, y cuando se haya acabado entonces te comes lo de tu plato, que así tocas a más”. Pero esto último creo que forma parte ya de la idiosincrasia particular de los Baquero.

CRÍTICA DE UN LIBRO

20 de octubre de 2009

Siempre suelo tener tres libros al retortero, dispersos por la mesilla de noche, la del salón, la mesa de la cocina... Desde hace unos días, me ha dado por leer la Biblia, sí, amigos blogueros. No tenía en aquel momento nada mejor a mano y decidí coger ese libro que desde no recuerdo cuándo ni cómo, y lo digo de verdad, estaba encajado entre los pocos volúmenes que caben en las estanterías de mi casa. Pero en fin, yo no sé por qué estoy dando tantas explicaciones: estoy leyendo la Biblia y punto.

La verdad es que, ateniéndonos sólo a lo literario (lejos de mí querer ir más allá), es un libro muy entretenido. Hablo en serio. Cuenta unas historias muy curiosas, aunque la mayoría ya le suenen al lector. Pero son bonitas, algunas tremendamente hermosas, como la de aquel pobré José al que venden como esclavo y gracias a su habilidad para interpretar los sueños consigue hacerse favorito del faraón; o la de aquel valiente soldado que con su sola honda consigue abatir al más fiero de los filisteos. Es un libro, hasta donde yo he llegado (página mil y pico), bastante recomendable, si se salta uno, eso sí, toda esa parte sobre las disposiciones del culto, las ceremonias sacerdotales, las prescripciones alimenticias y, sobre todo, aquello de "Quetura parió a Zamrán, Jocsán, Medán, Madián, Jesboc y Sue. Jocsán engendró a Saba y a Dadán. Hijos de Dadán fueron Asurim, Litusim y Laumin. Los hijos de Madián fueron Efa, Efer, Janoc, Abida y Eldá..." que se ve claramente que está puesto con intención de rellenar.

Literariamente hablando, el estilo no es malo, incluso podría decirse que es bueno, teniendo en cuenta que ahí han metido mano -enseguida se advierte- muchísimos traductores, que han dejado algunas partes totalmente destrozadas. Pero en líneas generales, y quitando algunos coloquialismos, es un estilo muy digno.

En cuanto a su estructura, la Biblia tiene, todo hay que decirlo, un principio magnífico que enseguida engancha al lector. Dejando allá algunos digresiones, en mi opinión totalmente innecesarias, sobre los ganados que tiene tal o cual personaje o los cultivos que se dan en ésta o en aquella tierra, lo cierto es que la acción avanza de continuo, a veces a ritmo repidante. Sólo en el Éxodo, ese capítulo en el que el pueblo de Israel vaga por el desierto del Sinaí, he notado cierto estancamiento en el relato. Es la parte aquella en que Yavé promete darles "la tierra del cananeo, del jeteo, del amorreo, del jeveo y del gebuseo", y varias páginas más adelante venga otra vez con la tierra del jeteo y el amorreo, y un par de capítulos después dale con el cananeo y el gebuseo. Yo no sé si esto es un recurso literario empleado por el autor para recalcar la soledad y la monotonía de las jornadas a través del desierto o es que se había metido en un atolladero y estaba haciendo tiempo para ver por dónde salir. En todo caso, al final el Éxodo se soluciona y la historia sigue adelante.

Sobre el protagonista principal del libro, Yavé, si soy sincero no tengo todavía una idea muy bien formada. Será por inconcreciòn del narrador o por taruguez de mi parte, el caso es que le tengo por un personaje contradictorio. A veces me parece atrabiliario, y con un sentido del humor bastante raro, como aquella vez en que le hace a Abraham atar a su único hijo como si fuera a sacrificarle y luego al final, cuando ya tenía el patriarca el cuchillo en alto, le dice que era una broma; pero otras veces, sin embargo, me parece un bendito que tiene una paciencia infinita, como tantas veces durante las jornadas del desierto, cuando los israelitas, después de todo lo que ha hecho por ellos, no hacen más que buscarse falsos ídolos y dejarle a él a un lado. Aún así, no se busca otro pueblo favorito; y eso ya es tener paciencia, en mi opinión. Yo no hubiera hecho lo mismo, desde luego. Espero que, más adelante,el personaje se defina mejor.

En fin, que en esta lectura estoy y la verdad es que se la recomiendo a todo el mundo.


Aposté con Riqui que quizás podía hacerse una crítica meramente literaria sin ofender a nadie. Espero haberlo conseguido

...Y AHORA...

15 de octubre de 2009

Hoy he puesto el punto final a una novela. Desde hace un rato, siento esa especial exultación de haber concluido algo, ese orgullo de haber llegado hasta un final que alguna vez me pareció imposible. La sensación apenas dura un día, a lo mejor unas horas, pero realmente es un momento de verdadero y bien ganado orgullo. Pocas cosas dan más satisfacción (bueno, sí, la que estáis pensando, pero pocas más) que haber construido algo con tus propias manos; algo que podrá luego gustar o no, pero que tú estás convencido de que tiene su mérito y que no es una chapuza infame.

En gran manera, me siento hermanado con esos hombres que, pacientemente, van metiendo piececitas dentro de una botella hasta que acaban por construir un barco. Desde hace unas horas, tomo la botella, la miro, la remiro, la vuelvo a mirar al trasluz y veo que todas las piezas están en su sitio; en vista de lo cual, respiro hondo y me abro una cerveza que me sabe a gloria.



Ahora viene, quizás, la parte más difícil. Hasta ahora todo ha sido una aventura creativa excitante, con su punto de frustración a veces, con su poco también de asombro al repasar una página y decirte: "¿esto lo he escrito yo?". Todo ha sido divertido, sí, pero ahora viene la segunda parte. "¿qué hago yo con estos folios?"; o dicho con toda su crudeza: "¿dónde los coloco?".

Siempre se me ha dado mal, fatal, esta segunda parte.

De momento, y como no tengo ninguna puerta donde llamar, voy a probar suerte con un par de premios literarios. El primero el Río Manzanares, que convoca el Ayuntamiento de Madrid. A este premio me presenté hace tiempo, por lo menos quince años. Yo era entonces un poco inconsciente, algo alocado y encima me las daba de graciosillo, así que escribí una novela en la que el asesino era (redoble de tambores) ¡¡el organizador del concurso!! No gané y yo creo que, desde ese día, los de la Concejalía de Cultura, que organiza el premio, me tomaron cierta ojeriza. Hay gente también que no aguanta una broma.

Si no sale esto, llego a tiempo de presentarme al Bruguera. No sé muy bien cuánto de limpio y decente será este premio, pero Bruguera es un nombre que todavía me toca el corazón al recordar sus viejas colecciones de bolsillo y sus tebeos que con tanta fruición manoseé. Así que, aunque sólo sea por sentimentalismo, debo confiar en que no esté adjudicado de antemano.

Y si no sale nada de esto... pues la verdad es que no tengo ni idea. Sólo una cosa sé cierta, y es que a esas alturas ya estaré, seguramente, metido en otro proyecto. De hecho, esta misma tarde, mientras encendía el ordenador, se me ha ocurrido lo que parece una buena idea...

¿He dicho ya lo que tarda en desvanecerse esa satisfacción por el deber cumplido?

LA DEUDA HISTÓRICA

9 de octubre de 2009

Cualquiera que me escuche, o que me lea, se pensara que soy buena persona. Eso de darle de comer a un gato abandonado, de pasear por el monte observando a los caballos, de regalarle mi bocadillo a un albano-kosovar… “Es un poquito moñas, bien es cierto —opinará la gente—, pero es buen tipo”.

Lo que voy a contar ahora ya sé que va a tirar por tierra esa falsa imagen, pero no hay más remedio. Debo contarlo.

Hace cosa de un año, abrieron cerca de mi casa una tienda de comics. Los propietarios, unos chavales jóvenes, levantaban cada mañana el cierre del comercio con mucha alegría, para que la gente contemplase su escaparate en el que lucían tebeos de Marvel, camisetas de manga, miniaturas de personajes de El Señor de los Anillos, maquetas de la nave nodriza de Star Wars… Se les veía orgullosos de su mercancía.

Esto ocurrió, como digo, hace cosa de un año y —¡la puñetera casualidad!—, fue inaugurar la tienda los chavales y comenzar a hablarse en todo el mundo de la crisis. “Pobres”, me decía yo cada mañana cuando pasaba ante la tienda, “no se van a comer un colín”. Así que un día por la mañana entré a comprarles algo. No me hacía falta, en realidad, nada de lo que vendían, pero bueno, vi una camiseta para mi hija de las Supernenas y me dirigí con ella hacia la caja. “¿Cuánto es?”. “Ocho euros”. Le largué un billete de diez y en ese momento le llamaron al hombre por teléfono, se puso a conversar y… total, que entre lo que hablaba y me cobraba se hizo un lío y me devolvió cambio de 50 euros.

—¡Hostia, qué de puta madre! —exclamé yo para mí ante aquel súbito regalo. Y antes de que el otro dejara de hablar por teléfono y se diera cuenta de su error, agarré las vueltas y me largué más que deprisa.

Al principio estaba muy contento mirando los billetes, pero aquella noche comenzaron a asaltarme los remordimientos. Me figuraba yo que, al hacer caja y darse cuenta del error, el encargado se habría pegado un tiro en la cabeza, o parecido. De seguro que, al menos, estaría llorando amargamente, golpeándose el rostro, rasgada la camisa, abrazado a sus hijos y a su mujer embarazada de ocho meses. “Buahhh”, me estremecían los llantos de la pobre familia.

—Esto no puede ser —me dije con decisión—. Mañana voy a devolverle el dinero a este infeliz.
—Anda y que le den morcilla. Que hubiera andado listo —me decía al oído ese diablillo rojo, con cuernos y tridente que sale en las películas—. ¿O es que acaso alguien se preocupó de ti cuando estabas en el paro y las cosas te iban tan mal?

Pero no le hice caso al diablillo y, a la mañana siguiente, bien temprano, metí el dinero en un sobre e intenté colarlo por debajo de la puerta de la tienda. Pero el cierre estaba muy bien echado y no había forma de que cupiera el sobre. “Mierda”, me dije, porque la verdad es que me daba corte ir por las buenas y explicarle al dependiente lo que había sucedido. Eso hubiera sido lo más normal, pero estaba seguro de que el tío me miraría así esquinado y murmuraría “qué cabrón”. Y después haría correr el rumor entre los comerciantes del barrio para que tuvieran cuidado conmigo cuando entrase en sus tiendas.

Decidí entonces comprarme algo, largarle al dependiente un billete de 50 y cuando me fuera a dar las vueltas decirle; “te has equivocado, majo; yo te he dado un billete de 10”. Pero para mi desespero y mi vergüenza, el dependiente se mostró inflexible, incorruptible, firme en su honradez. Así que salí de allí con el orgullo herido y una camiseta de las Supernenas para mí.

Pensado cómo podía reintegrar el dinero —¿quizás dejarlo sobre el mostrador y salir corriendo?— ayer tarde, a una hora inusitada, pasé ante la tienda y ésta estaba de bote en bote. “¿Qué pasa aquí?”, le pregunté a un joven que salía. El muchacho me informó que todas las tardes, en aquella tienda, se reunían los fans de no sé qué juego de rol a jugar a las cartas y entre las bebidas y perritos calientes que consumían, y accesorios que compraban, “este tío se está forrando con nosotros”, dijo en referencia al dependiente.

—¿Ah, sí? —exclamé yo con los 42 euros apretados en el bolsillo. E iba a dárselos al pobre estudiante que me había informado, y que tenía pinta de andar canino, pero qué coño, me los he quedado para mí.

Qué cabrón soy.


LA MÚSICA EN LA CAVERNA

5 de octubre de 2009

Oigo, cada vez con más frecuencia, que por culpa de las descargas de Internet va a morir la música. Que a las discográficas no les compensa grabar un cedé que luego no van a poder vender, porque todo el mundo se lo va a “bajar”, con lo cual aquellos que trabajaban en la grabación de discos, los músicos en el más amplio sentido, se van a ir a la calle. Y quien dice música, dice cine, y dice también literatura, Si la gente obtiene las cosas gratis, a quién le va a interesar producirlas o editarlas… No hay nadie tan altruista.

El sábado estuve en un concierto en un garito de Huertas. Por unas escaleras se descendía a una auténtica cueva, más parecida a un refugio antiaéreo o incluso a una catacumba cristiana, con las paredes de ladrillos vistos, el techo en forma de bóveda y apenas dos metros y medio de altura. Al fondo de tan exiguo espacio, dos guitarristas, un bajista, un batería, un tipo al saxofón, un chico a los teclados y una cantante. El chaval de los teclados era apenas un adolescente, el del saxo ya no cumplía los sesenta. El batería y uno de los guitarristas, saltaba a la vista, eran guiris (luego me enteré que uno era escocés y el otro inglés); la cantante ( de todo esto me fui enterando al término del concierto) era de Palma de Mallorca; el saxofonista, argentino.

Estaban allí hablando, fumando y bebiendo cerveza mientras afinaban sus instrumentos. Cuando la sala estuvo suficientemente llena, el guitarrista escocés saludó a la peña congregada, dijo “Here we go!” y “atacaron” (qué bonita expresión) esta canción:



Yo tengo ya ciertos años y hacía bastante tiempo que no escuchaba rock&roll, así que me costó un poco empezar a menearme, pero a las cuatro o cinco canciones, no más (versiones de los Madness, de los Doors, de los Stones, ¡el Highway to hell de AC/DC!) estaba ya, como el resto, moviendo la cabeza al ritmo de la música. Entre canción y canción, uno de los guitarristas preguntó qué había hecho el Atleti. “¡Ha ganado!”, surgió una voz de entre el público. “¡Dos a uno!”, y la banda, ante esto, atacó entonces el I can´t get enough for your love, de Bad Company.

A todo esto, sonaba de maravilla, no sé si ya lo he dicho. El batería, sobre todo, se empleaba sobre los tambores con un entusiasmo magnífico. Los demás no le iban detrás.

Cuando, al cabo de la hora, y de haber tocado diez o doce canciones, anunciaron que había llegado el final del concierto, la peña comenzó a pedir “otra, otra”, a lo que la cantante confesó que ya no tenían más repertorio. Preguntó a la gente qué canción le había gustado más y volvieron a tocarla. Cuando acabaron, la basca, en vista de que ya no se sabían otra, comenzó a pedirles “la misma, la misma”, pero los músicos, con una sonrisa, colgaron ya sus instrumentos y subieron a la parte de arriba a tomarse una cerveza.

Lo siento por la industria de la música, la industria del cine, la industria editorial. Que les den por culo a todos esos que quieren vivir de las rentas de cuatro acordes que compusieron en sus lejanos días de juventud, o de aquel cuento que les premiaron tiempo ha. Lamentándolo mucho por ellos, la música nunca morirá mientras seis tipos estén dispuestos a meterse en una cueva a rasgar una guitarra por el gusto de divertirse y que la gente se divierta con ellos. Ni morirá el cine, ni morirá la literatura mientras un chalado se encierre en una habitación a escribir un cuento. Morirá el desfile de modelos musicales y literarios, los discos de platino y los premios planeta, morirán la alfombra roja y los cócteles de presentación, las películas con efectos especiales, pero Internet no creo que suponga ninguna amenaza para los auténticos músicos, los verdaderos actores y los que escriben por gusto.

DOBLE SENTIDO

2 de octubre de 2009

Yo me manejo bien con todo el mundo, como decía Serrat, o eso pretendo. Aunque haya gente desquiciante, cada día en mayor número, yo hago un esfuerzo a veces sobrehumano por comprender a todos, ser agradable con ellos, o al menos no discutir, y ponerle buena cara a la gente. A veces, lo sé, parezco un chino de esos de sonrisa congelada y amago de reverencia a la puerta de su comercio, pero bueno, yo creo que soy de fácil trato… salvo con un tipo de personas.

Hay gente a la que, lo reconozco, no trago. Sujetos, como uno de mis compañeros de trabajo, que me sacan de quicio por esto que voy a contar:

No hay expresión a la que mi compañero de trabajo no saque punta y le encuentre doble sentido sexual, tras lo cual ensaya una risita así como de picardía. Si uno dice por ejemplo: “adiós, me voy, que ya es mi hora de salida”, él enseguida exclama: “uy, salida, ji ji ji”, y da con el codo a los demás, alguno de los cuales le secunda en sus risitas. El otro día me fui con él hacia la boca de metro. “Sujétame esto, haz el favor, en lo que me ato el zapato”; “uy, que se lo sujete dice, ji ji ji”. “Espérame un segundo, que voy a comprar tabaco, porque se me ha acabado el paquete”; “uy, que se le ha acabado el paquete, ji ji ji”. “Bueno, ya estamos en el metro; qué calor hace aquí dentro, ¿no?”; “uy, no me digas que estás caliente, ji ji ji”.

Pasamos varias estaciones.

—Pues yo tengo esta noche para cenar coliflor —digo.
—Uy, coliflor, qué cachondo, ji ji ji.
—Con mayonesa —señalo.
—Jua jua jua —redobla su risa.

Yo no sé qué hacer con él, amigo bloguero, te lo aseguro. No me dejan asesinarle, no sé muy bien por qué razón, porque encima tendríamos una plaza más de aparcamiento. Así que me veo obligado a soportarle todos los días, según llego al trabajo. “Hola, ¿qué hay?”, digo. Él permanece callado. Extrañamente callado. “Voy a encender mi ordenador”, anuncio. Él sigue en su mutismo. Yo me confío. “Ahora voy a introducir la clave”; y él parecía estar al acecho de ese momento. “Uy que va a introducir la clave —exclama de pronto—, ¿le habéis oído?, ji ji ji”.

Y luego ya sigue el resto de la jornada. Así todos los días laborables. Y no te creas, amigo bloguero, que descanso de él siquiera los fines de semana, porque tengo su “ji ji ji”, metido en el cerebelo.

En fin que yo me manejo bien con todo el mundo menos con este tipo.

LA PRUEBA DE FUEGO

28 de septiembre de 2009

A Eva Zarzamora, que me pregunta por mi amigo,
y a Roberto, que tenga mucha suerte.


Tengo un amigo, Mihail, de procedencia albano kosovar, con el que acostumbro a hablar de las cosas de la vida. Es un hombre de gran sensibilidad poética, un tipo tierno —demasiado, en mi opinión—, emotivo e impresionable… seguro, amigo bloguero, que ya te vas acordando de él.

Pues bien, el otro día llegó mi amigo Mihail y me dijo que ya estaba harto del género de vida que llevaba, tanto kalasnikov y fusil de asalto AZ27, sus compañeros parecía que no sabían hablar de otra cosa… Había decidido —me dijo— dejar atrás todo ese rollo y venirse a una existencia más tranquila y reposada, algo así como la mía. Estaba preparando un concurso oposición para auxiliar administrativo en el Ayuntamiento de Madrid y, aunque ganase menos que en la banda armada, por lo menos dormiría tranquilo y podría dedicar las tardes a la poesía.

—Tú no sabes lo que estás diciendo, Mihail —creí conveniente advertirle—. Mira bien lo que haces. Que allí en la banda tenías un nivel y una categoría reconocida, y de funcionario en el Ayuntamiento nunca se sabe lo que puede pasar.
—Nada, nada —me replicó—. Yo estar decidido.
—Tú sabrás.

Varios días después de esa conversación, me encontré con Mihail en el bar acostumbrado. Le vi mal. Muy, muy mal. El pelo se le había vuelto blanco, le temblaban las manos y un tic nervioso cada pocos segundos le torcía el labio.

—¿Ves? Por no hacerme caso —le dije.

Y luego, como le vi en tan penoso estado, me interesé más en concreto por lo que había ocurrido.

—Yo había hecho un curso de mecanografía —me contó—, y estaba confiado en mis cinco mil pulsaciones. “El mundo es mío”, me decía para mí, mientras sacaba humo a la Olivetti en la soledad de mi cuarto. Llegó entonces el día del examen y allá que me presenté, en el aula magna de la universidad señalada para la prueba, con mi máquina a cuestas. Había unos cuatro mil o cinco mil como yo, hombres y mujeres; todos estaban colocando, con mucho mimo, sus máquinas de escribir delante de sí, y algunos hasta les daban una última limpieza con una escobilla, para que no se atascaran en el momento crucial. OtrOs las hablaban al oído, como a los caballos antes de una competición. Yo estaba, como te digo, confiado en mis posibilidades.

Al cabo de un rato —siguió Mihail—, entraron los miembros del tribunal y dijeron: “siéntense, va a empezar la prueba”. Luego comenzaron a repartir, entre los que nos examinábamos, papeles con el texto que habíamos de transcribir, cada uno hasta donde pudiera y con los mínimos errores posibles. Mientras se efectuaba el reparto, había quienes hacían sonar sus nudillos, quienes giraban de un lado a otro el cuello, quienes cerraban los ojos y aspiraban aire por la nariz y lo expulsaban muy ruidosament por la boca, como si se estuvieran todos ellos preparando para un gran combate.

Repartidos los papeles, el jefe del tribunal se subió a la tarima con un cronómetro colgado al cuello, en medio de un profundo silencio. Con voz solemne, dijo:

—¡Pueden empezar!

—Y entonces —sollozaba Mihail—, entonces…
—No me digas más. Lo sé.

Yo no había querido decirle nada a mi amigo, por no desmoralizarle, pero sé lo que es el estruendo repentino de diez mil dedos cayendo a la misma vez sobre las teclas, todos con el deseo de acabar los primeros. Dicen que los ciudadanos de Atenas, cuando los romanos les reconocieron sus libertades, estallaron en un griterío tal que una bandada de pájaros que pasaban justo sobre sus cabezas cayeron muertos al suelo. Aquello fue sólo un susurro comparado con el inicio de una prueba de mecanografía. Yo he visto cristales de ventanas romperse en mil pedazos, por efecto de la onda expansiva; he visto el suelo temblar, tambalearse las paredes, he visto a las arañas salir corriendo de sus madrigueras, dispararse las alarmas de los coches cercanos… Bastante poco fue que a Mihail se le quedara el pelo blanco de la impresión; uno que conozco yo, y esto es verídico, perdió el habla del susto y no lo ha vuelto a recuperar.

—Esto de la carrera de funcionario no es para mí. Demasiadas emociones fuertes. Me vuelvo a mi kalasnikov, allí tranquilo, sin meterme con nadie. Vosotros, los españoles, tenéis que estar locos para aspirar a una plaza en la Administración.
—Locos, no. Es que somos tipos duros.
—Ya te digo —se despidió Mihail.

ESTOY PENSANDO SERIAMENTE...

24 de septiembre de 2009

Estoy pensando seriamente en hacerme un tatuaje. Sí, señor. Es algo que me hubiera gustado hacer hace mucho tiempo, cuando era chaval, pero mis padres se empeñaron en quitarme esa idea de la cabeza.

—Mejor, hijo mío —me decían—, no te hagas ninguna marca personal y duradera por la que te pueda identificar la policía.

Mis padres, como se ve, nunca tuvieron mucha confianza en mi futuro.

Hoy en día, que con todo esto del ADN y la forma en que pueden extraer la identidad de una persona no digo ya de las huellas dactilares, sino de la saliva, de un cigarrillo que fumes o del aliento que eches sobre un cristal, hoy en día no es necesario preocuparse tanto por pasar inadvertido. Por eso, y aunque me pilla un poco ya mayor, estoy pensando seriamente en hacerme un tatuaje aquí, en el hombro, como si dijéramos en la paletilla.

Ahora bien: ¿qué tatuaje? Los símbolos celtas son bonitos, pero están un poco vistos, la verdad sea dicha; lo del escorpión tampoco es que sea muy original. Esos tatuajes que se estilaban en mi época, y que de no haberse interpuesto mis padres yo luciría ahora orgullosamente, aquellos del corazón atravesado por un puñal, el Cristo melenudo o el águila con las alas desplegadas, de esos creo que ya ni guardan la plantilla en la tiendas de tatuajes. La penúltima moda era grabarse el nombre de los hijos, o una consigna en caracteres chicos, aquí ocupando todos los antebrazos, tipo Beckham o Guti, pero yo, la verdad, no me acabo de ver…

¿Y algo así como una guirnalda de rosas aquí donde la espalda comienza a perder su casto nombre? En los riñones, que se dice por el pueblo. “No sé, Miguel, no sé… dudan los amigos—; en una estrella femenina del porno queda bien, pero en ti… Se te vería raro”.

Así llevaba varios meses y al fin, ayer, creo haber dado con la solución. La verdad es que lo reúne todo: sería rápido, lo más indoloro posible —que eso es algo también a tener en cuenta— y me conferiría respeto y admiración entre las gentes. Decidido está: voy a tatuarme aquí, en la molla que hay entre el índice y el pulgar de la mano derecha, en ese pequeño montecito, un “punto choro”.

¿Que no sabes lo que es, amigo bloguero, un punto choro? Pues es un punto, su propio nombre lo dice, poco más grande que un lunar. Si cierras los ojos, recordarás haberlo visto en muchos de esos que te arrinconaban contra una pared y te pedían las pelas a punta de navaja, o en el que te arrojó al suelo y te robó la moto. El “punto choro” es distintivo de los kíes, esto es, amigo bloguero, que todo hay que explicarlo, de la gente que ha estado en la cárcel y se ha hecho el amo de su galería. “Al lorito conmigo, que soy un kíe”, ¿nunca has oído decir eso, amigo bloguero?

Y ya no es sólo, ahora que caigo, que el “punto choro” me resulte barato, rápido y prestigioso, sino que puede abrirme infinidad de puertas. Puedo discutir con cualquiera seguro de que, al ver el lunar que orla mi mano, me dará la razón y reculará asustado. “Cuidado con este, que es un chungo”. Me iría sin pagar de los restaurantes y cuando me persiguiera el maitre le enseñaría mi mano desde lejos. “Nada, nada —dejaría de vociferar—, sólo quería desearle buenas tardes”. Los porteros de los locales de moda me abrirían la puerta sin más preguntas, “o monto un pifostio”, y los jurados de los premios literarios no tendrían más remedio que rectificar su fallo cuando me vieran entre el público con mi característico punto entre el índice y el pulgar.

Pues eso, que tengo casi decidido hacerme un tatuaje.

LA LLAMADA DE UN OYENTE

21 de septiembre de 2009

A mí me gusta mucho oír la radio. Siempre me ha gustado. Los recuerdos más cálidos de mi infancia tienen todos, yo creo, el fondo de un transistor donde un locutor dice las noticias, entrevista a un famoso o atiende las peticiones del oyente. La radio estaba a un volumen alto: el locutor hablaba, la sintonía anunciaba un nuevo espacio, pero nadie le prestaba demasiada atención.

Si cierro los ojos, recuerdo, por ejemplo, el taller mecánico donde trabajaba mi tío y donde, entre el estruendo del martillo contra la chapa, sonaban al fondo los consejos sentimentales de la Señorita Francis. Recuerdo estar haciendo rosquillas de anís con mi abuela, yo manoseando voluptuosamente la masa, mientras en un transistor en un ángulo de la cocina un analista político daba su opinión sobre Oriente Medio. Tengo en la memoria haber entrado en el taller de costura, todas las máquinas de coser golpeando furiosamente y la radio dando las señales horarias…

¿Quién no se ha sentido, de joven, pletórico y feliz en una piscina, tumbado sobre la hierba mientras desde un incierto punto los altavoces emiten la canción del verano? Siempre la radio de fondo. Aún hoy, me gusta mucho escribir con la radio encendida, aunque se trate del carrusel deportivo y aunque de pronto prorrumpan en feroces gritos cuando se marca un gol. Abstraído en lo mío, soy capaz de llegar al final del folio con la vaga noción, acaso, de que el Getafe ha metido un gol en el Ono Estadi. ¿O se lo han metido a él? No sé, pero me resulta muy agradable tener esa compañía.

Ahora les ha dado la tontería de decir “escuchantes” de la radio en lugar de “oyentes”. Aducen que no es lo mismo escuchar que oír, cosa muy cierta, pero por eso mismo deberían saber —ellos que son profesionales de la cosa— que nadie se vuelca sobre el aparato, que quienes estamos a este otro lado apenas si prestamos atención a lo que se emite por las ondas. La radio encendida forma algo así como el susurro de la existencia, y sólo alguna, vez, rara vez, alguien pide que subamos el volumen, “que la radio está diciendo no sé qué”. Entretanto, uno trabaja, escribe, conduce, hace rosquillas, piensa y se ocupa de sus pequeñas cosas con el sonido de la radio al fondo.

Así que “oyente”, por favor.

Pocas veces he prestado atención a lo que surgía por antena, salvo que fuera la noticia de una catástrofe. Al margen de eso, recuerdo dos situaciones en especial. Una fue hace muchos años: yo tenía que ir al colegio y en esa época había una especie de serial o culebrón radiofónico que se llamaba “Los Porretas”. Lo oía mientras desayunaba, pero no llegaba hasta el final porque venía a buscarnos el autobús del colegio. Nunca he sentido tanto una sensación de desarraigo como entonces. Eso de “Los Porretas”, si recuerdas, amigo bloguero, duró muchos años, pero a mí todavía muchas veces se me humedecían los ojos en medio de la clase porque quería volver a casa, tranquilo y caliente, a oír el final del episodio.

—¿Qué te pasa, Miguel? —me preguntó un día la profesora.
—Que quiero volver a casa con mi abuela, sniff. A hacer rosquillas y oír la radio.
—Bueno, Miguel, céntrate un poquito —me replicaba la profesora—, que estás ya en segundo de bachillerato.

La otra vez fue cuando hacía el servicio militar. Yo conducía un coche y entre que iba y venía de dejar a un general y coger a otro (saludo aquí a los lectores argentinos), en lo que estaba solo sintonizaba la radio. Cierta vez salió un anuncio del Ahorramás con su clásica sintonía (titiri titi ti ti titirititi titi titi…). A Proust le impresionaría la magdalena, a Stendhal los cielos nublados, a Twain el amanecer sobre el Mississsipi…, no por nada eran escritores importantes. A mí fue la sintonía del Ahorramás lo que, de pronto, me devolvió a mi infancia, me llenó de vitalidad y tuve la completa seguridad de que mientras sonase esa musiquilla nada malo podría pasarme…

EL NIDO VACÍO

18 de septiembre de 2008


Ayer, 17 días después de volver de vacaciones, me volví a encontrar al gato negro camino de mi oficina. Es un gato, si recuerdas, amigo bloguero, que abandonaron en las cercanías del aparcamiento cuando era un cachorrillo y al que yo he estado alimentando durante varios meses… al mismo tiempo que le daba patadas para que no saliese a la carretera. Pues bien, hoy he vuelto a ver a Bloggy, ese es el nombre que le he puesto en homenaje a su paso por este humilde blog.

Un amigo mío tenía, tiempo ha, dos perros. Al uno le llamaba José Luis Rodríguez Gómez, al otro Carlos Pérez Serrano.

—¿Por qué esos nombres tan raros? —le preguntaba yo.
—Qué coño van a ser raros —me respondía él—. Son nombres comunes. Raros son los Rusky, Canelo, Micifú, y otros nombres que la gente les pone a sus mascotas

Sea o no un nombre extraño, Bloggy le había bautizado al gato y cuando ayer por la mañana le vi, fui corriendo a saludarle, y a prometerle que mañana, sin tardanza, le llevaría una tarrina. Pero el gato, apenas me vio, dio media vuelta y se escondió entre los setos.

Pensaba yo, compungido, que sería por los puntapiés que le había dado para que no saliese adonde pasan los coches, o porque había estado un mes sin llevarle comida, por lo que no me quería ni ver a mi vuelta de vacaciones y hacía como si no me conociese. Pero cuando me acerqué al seto para ver si, amablemente, le convencía de que no se enfadase conmigo, me encontré con que Bloggy salía de la espesura receloso, con el lomo un tanto arqueado, y acompañado de otros colegas.

—¡Fiu! —me dio un bufido uno de ellos.
—Vale, vale, tranqui, ya me voy —y fui retrocediendo despaciosamente y con las manos en alto, sin dejar de mirarle no fuera a ser que, al darme la vuelta, este macarra se lanzara sobre mí y me clavase las uñas en la espalda.

¡Hay que ver con qué gente se ha juntado Bloggy durante mi ausencia! Pero claro, cualquiera le dice nada. A su edad, sólo hacen caso a los amigotes.

Hoy he vuelto a pasar junto al seto y allí estaba, con esas malas compañías. Me ha molestado un poco el que ni siquiera volviera la cabeza para mirarme. Toda esa melancolía que invade a los ancianos, el síndrome —como le llaman— del nido vacío, me ha asaltado de golpe al ver cómo ese chico al que con tanto esfuerzo hemos criado va ya a su aire, sin hacer caso a nuestros consejos, está labrándose su propio camino, aunque yo sigo creyendo que equivocado, que con esos gatos tan chungos acabará por caer en el mal camino. Pero, en fin, él ya vuela solo…



Toda la mañana he estado tecleando en el ordenador lleno de pensamientos sombríos sobre los sacrificios que hace uno y con qué ingratitud le paga la vida.

YOLANDA

14 de septiembre de 2009

Me he encontrado con Yolanda este fin de semana. Yolanda era una chica a la que le encantaba reír: reía a carcajada limpia, echando incluso el cuerpo un poco hacia detrás. No se me olvida esa forma de reír; de vez en cuando, no sé muy bien por qué, me acuerdo de ella.

Yolanda es guapa todavía, antes lo era mucho más, aunque quizás “guapa” no sea la palabra exacta. Porque no tenía una belleza al estilo usual; quizás sí dijera que uno de sus mayores encantos era una pequeña cicatriz que tenía cerca de la barbilla, muchos me mirarían raro. Pero a mí me parecía uno de sus mayores encantos. Cuando la conocí también tenía buen cuerpo, en especial unos pechos grandes y erguidos; hoy todavía los conserva grandes, aunque sospecho que un tanto descendentes, pero no parece nada, de momento, que tenga especial gravedad (y nunca mejor dicho).

Hace quince años, cuando la conocí, Yolanda era risueña, guapa y le gustaba vivir. Tómalo si quieres como un eufemismo, también podría decir que le gustaba conocer gente o pasarlo bien. Cuando llegó mi turno (tú ya me entiendes) le contaba que uno de mis sueños era ir a Nueva York, pasear por la Gran Manzana, tumbarme sobre la hierba en Central Park. Yolanda era una chica de barrio y yo, inconscientemente, tenía pensado impresionarla con esas cosas cosmopolitas. Pero no le impresioné. Apenas quince días después me enteré de que estaba saliendo con otro. Me fui refunfuñando, ya te puedes de nuevo imaginar: “una guarrilla”, “una golfa”, “una putilla”… todas esas cosas.

Pero, realmente, echaba mucho de menos su manera de reír.

A Yolanda siempre le gustaron los chicos malotes. Tipos que hablaban estruendoso, que arrojaban lejos las colillas, que salían de los semáforos quemando las ruedas del coche. Y más malotes todavía: Yolanda se metió en problemas por ir de pasajera en un vehículo robado, por salir con un camello, porque uno de sus chicos se coló en un chalet para saquearlo…

En eso estaba la última vez que la conocí, y yo tenía, no sé por qué, la esperanza (llámame “cabrón” si quieres) de que siguiera en ese género trepidante de vida.

Este fin de semana me la encontré de casualidad. En el parking de un centro comercial. Conducía un todoterreno (apenas si podía creérmelo) y en el CD sonaba Chambao (a ella siempre le habían gustado las rumbitas, pero de otra forma). Yolanda salió del coche con un niño y una niña, la parejita, y se alegró mucho al verme (o eso dijo). “Cuánto tiempo”. Iba a comprar no recuerdo qué (no la compra normal, como yo, ésa por lo visto la hacía por Internet en el Hipercor y se la llevaban a casa) y vestía ropa de las mejores marcas. Me presentó a los niños: el chaval se llamaba Germán, la niña Paula. Su marido, por lo que creí entender, era agente inmobiliario y eso al parecer le daba bastante pasta. Dentro de unos años, querían que Germán estudiara en Irlanda. Este verano toda la familia había viajado a Nueva York. El año anterior habían estado en Buenos Aires.

—Bueno, ¿y tú qué?

“Ya ves”, le respondí como atado al manillar del carro, en postura ridícula. “Como siempre”. Le conté, con un cierto tartamudeo, que trabajaba de auxiliar administrativo y que había publicado un par de libros. “Vaya, eso te habrá dando bastante dinero”. “Pues no, ni un duro”. Le dije que tenía un blog y que estaba bastante contento con él. “Pero, ¿sacas mucho dinero con la publicidad?”. “Habrás conocido al menos a escritores famosos”. Con cada nueva frase sentía que me hacía cada vez más y más pequeño, hasta que mi vida llegó a parecerme irreal, insustancial, irrisoria. Una minucia, una chiquillada comparada con la vida bien armada, potente y plena de Yolanda. Toda una vida desperdiciado en sueños pueriles que no conducen a ninguna parte.

—Pues nada, espero que nos veamos otra vez —se despidió Yolanda. Una forma muy elegante de decir: "anda, chaval, vete a hacer la compra o lo que tengas que hacer y si acaso nos encontramos otra vez haz el favor de no saludarme".

Como he dicho arriba, Yolanda tenía una forma muy especial de reír. Todavía me acuerdo de esa risa y yo creo que no se me olvidará.

JETV

EL POZO DE LAS NIEVES

8 de septiembre de 2009


Este fin de semana he vuelto por el pueblo, como una forma de ir “despresurizándome” poco a poco del monte, los paseos y la naturaleza alrededor, e ir integrándome en la rutina de los once meses que vienen entre edificios altos, bocas de metro, atascos, obras, telediarios… A veces pienso que la tragedia —ridícula, si se quiere, pero tragedia a fin de cuentas— del hombre contemporáneo es que tiene su paraíso particular a la vuelta de la esquina, a apenas un centenar de kilómetros de casa, cuando no a sólo una decena de paradas de metro, pero sea porque le da pereza, porque está muy ocupado, porque ha quedado con un amigo o porque está preparando una oposición, el caso es que pasan meses, años, y a veces toda la vida sin volver por allí.

Sobre estos paraísos próximos, y no sobre mitológicos Macondo, Región o Yonapatahawna —como se escriba—, aun siendo todos muy hermosos en su día, pienso yo que deberían hablar las novelas actuales. Pero en fin, es sólo una opinión y estaba hablando de que volví al pueblo el fin de semana.

Por la mañana temprano salimos de excursión hacia el Pozo de las Nieves. Se llama así porque es una especie de aljibe cubierto en la parte más sombría y gélida de la montaña, cerca de la cima. Antaño se amontonaba allí la nieve y unos paisanos subían con burros a llevársela a los pueblos limítrofes, para que, supongo, los vecinos de estos lugares comiesen helados, granizados y pudiesen echarse unos cubitos en el gin-tonic. Pero ya he dicho que esto es una suposición. Desde el puerto de Casillas surge una veredilla que, por la cuerda de la montaña, tras dos horas poco más o menos de camino, llega hasta el Pozo. En realidad, es una especie de cabaña en medio de una explanada, construida con grandes piedras en un estilo rustiquísimo, feo, quizás, por fuera, pero muy útil para que dentro se conserve la temperatura.

—Qué rasca hace aquí —exclamamos al abrir la puerta del Pozo.

Hoy, como es de suponer, ya no se arrastra hasta allí la nieve montaña abajo, ni se acumula dentro del pozo para que vengan a llevársela con burros. Desde que se inventó el frigorífico y desde que los camiones de Camy, Frigo y Miko surten de cornetes, frigopiés y truficonos a todo el planeta, ya no hay ninguna necesidad de estos apaños. Por eso, el aljibe está vacío; sólo guarda de su pasado esplendor una escalera de madera que baja hasta el fondo —tres o cuatro metros de bajada he calculado yo—; y, en una pequeña caseta anexa, un hogar donde hacer fuego y, colgada de un gancho, una sartén que tiene pinta de llevar allí desde el Cretácico Superior. Ese sería, imagino, el punto de reunión de los “neveros” que allá llegaran con sus burros; sentados en un poyete, se calentarían las manos en el fuego —aunque es verano, fuera hace un frío de importancia— y freirían en la sartén unos torreznillos mientras hablaban con sus compañeros de profesión:

—Y dices tú que eso del fútbol lo juegan once y un portero…
—No, diez y un portero.
—Joder, pues sí que es complicado.

Fuera de la cabaña hay una inmensa y preciosa explanada desde la que se contempla buena parte del Valle de Iruelas, con los buitres sobrevolando en amplios círculos sobre nosotros. Da un poco de… no sé cómo decirlo. En las laderas hay manadas de caballos, yeguas y potros semisalvajes. La verdad es que nunca he acabado de comprender la utilidad de estos caballos: la gente de por aquí los tiene “por tenerlos”, porque ni los monta, ni los unce, ni los cría, ni nada de nada; los deja sueltos a su sabor por el monte y alguna vez, cuando el propietario está aburrido, sube a ver cuántos tiene. A veces te encuentras a algún paisano de madrugada:

—Subo a ver a mis caballos —te dicen. Y con eso y echar la bonoloto, ya tienen la semana solucionada.



De vuelta del Pozo de las Nieves, me fijo en que a las márgenes del camino, a veces a la derecha, a veces a la izquierda, hay como unos montículos de piedras pequeñas, lascas planas y cantos rodados que parecen haber sido puestos unos encima de otros por una mano infantil, como un juego de construcción. Yo ya sé que esto es para señalizar el camino, que por lo estrecha que es la vereda el caminante podría perderse en la espesura y estos hitos le ayudan a orientarse. Pero me pregunto quién sería el primero que pondría allí esas piedras, la mano altruista que se preocupó por los que vinieran después. Generaciones y generaciones han pasado por delante de esas formaciones y cuando alguno se pregunta:

—¿Quién habrá puesto aquí estas piedras?

La respuesta habitual es: “Alguien”.

Eso ya lo sé yo, pero ¿te imaginas, amigo bloguero, que el primero que puso allí esas piedras se remontara a la noche de los tiempos?, ¿que los árabes, los godos, los romanos, los celtíberos pasaran por allí y todos se hicieran la misma pregunta?

—Quid cognum petrus colocavit? —se rascaría la nuca, intrigado, el centurión.

Pues entretenido en estas cosas he pasado yo el fin de semana.

BLOG DE MIGUEL BAQUERO