POR ENFERMEDAD DE UN FAMILIAR, ME VEO OBLIGADO A SUSPENDER MOMENTANEAMENTE EL BLOG.

ESPERO VOLVER UN DÍA CON LOS AMIGOTES, COMO YA OS CONSIDERO, Y OJALÁ QUE PRONTO.

MUCHAS GRACIAS DE ANTEMANO A LOS QUE SE PASEN POR AQUÍ
A VER SI HA HABIDO CAMBIO EN LA SITUACIÓN.

DE LA MISMA MATERIA QUE LAS ESTRELLAS

26 de octubre de 2009

A mi amiga Araceli, cuyos cuentos estoy teniendo el placer de leer

Ayer, domingo, llevamos a la niña al Planetario de Madrid. En el colegio le están enseñando ahora los planetas: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte… hasta Neptuno, porque ahora resulta que Plutón ha sido degradado a mero pedrusco. Yo no quiero parecer gruñón, pero es que estas nuevas generaciones ya no respetan nada.

Nos enteramos de que, por la mañana, y dirigida al público infantil, emitían una película didáctica sobre planetas, estrellas, galaxias, constelaciones y, cómo no, agujeros negros —eso de que haya algo en el espacio que triture cuanto se le aproxima es algo que encanta a los niños de 0 a 8 años, así de brutos somos los humanos en nuestro estado más puro—. La proyección era en una sala circular y uno tenía que sentarse, casi tumbarse, en un sillón mirando al techo. Sobre la cúpula del Planetario proyectaron un firmamento estrellado y una voz, adaptada al público infantil, trazaba la línea de la eclíptica y hablaba de las diversas constelaciones que se hallan sobre ella y que componen el Zodiaco.

Sentado en aquella butaca ergonómica, a uno le era fácil hermanarse con aquellos hombres que, en la noche de los tiempos, y nunca mejor dicho, alzaron la vista por primera vez hacia el cielo estrellado y trataron de descifrar aquel caos de luminarias. El documental hablaba de cómo los antiguos babilonios, trazando una línea de una estrella a otra, habían dibujado un toro, un cordero, un pez, un cangrejo, un león, un escorpión… esos otros habitantes del planeta que desde antiguo hacen compañía al hombre en medio de la inmensidad.

Con el suave silencio de las esferas celestes al moverse, el firmamento anclado en el punto fijo de la Estrella Polar, el documental hablaba sobre tantos hombres cómo, con la ayuda de un sencillo cristal curvado, intentaron hallar un sentido a aquel océano de puntos luminosos, mientras a su alrededor sus semejantes se golpeaban fieramente, se atacaban a pie y a caballo, se tiraban flechas, prendían fuego a palacios y castillos, firmaban paces y tratados e inventaban ceremonias. Hablaba de cómo los navegantes consiguieron hallar una guía en aquel revoltijo de luces, y como con la vista fija en el vespero se armaron de valor para atravesar distancias inauditas…

Hablaba de cómo las estrellas se forman a partir de un polvo en suspensión en el vacío. Así se formo nuestro viejo Sol, y también de ese polvo se hicieron los planetas, y nosotros mismos, que no somos más que un pedazo de materia, participamos de ese polvo estelar.



Imbuido de grandiosidad, de humanidad en el mejor de los sentidos, salí del Planetario llevando de la mano a mi hija. Me sentía como uno de aquellos pensadores pitagóricos o uno de esos monjes medievales, capaz de internarme en el parque cercano y no salir de él durante meses, sumido en la contemplación del infinito, encaramado a una piedra en comunión con la eternidad…

Subimos al coche y cuando fui a arrancarlo… ggggg…. gggggg…. gggggg… ¡Me cago en la leche —exclamé—, será posible que me haya quedado sin batería! Ggggg… gggggg… ggggg… A las dos de la tarde, con el hambre que tenía, y sin un taller cercano porque era domingo! Ggggg… gggggg… ggggg… lo volví a intentar varias veces, pero era inútil. No había manera. Así que, hale, agarré a la familia y andando al metro. A la estación de Méndez Alvaro, cuya boca más cercana, para colmo, estaba en obras y tuvimos que andar hasta la siguiente. Qué grandeza de la humanidad, qué polvo de estrellas ni qué hostias… rezongaba para mí mientras me hurgaba en los bolsillos en busca de monedas para sacar los billetes. Que no tenía bastantes, y ésa fue otra.

EN TORNO AL JAMÓN

23 de octubre de 2009

A propósito del pueblo elegido, con el que últimamente estoy tan relacionado (ando de un tiempo acá leyendo la Biblia), quiero comentar aquí lo que se me viene a la cabeza cada vez que entró en bares como el Museo del Jamón; cuando abro la puerta y veo tantos perniles colgados del techo; en un número tan prodigioso que deja boquiabierto y ojiplático a cualquier guiri que se deja caer por allí. También andan colgados los lomos, los chorizos, los salchichones ibéricos, y en general todos los embutidos provenientes del cerdo.

Siempre he pensado que esto no es normal.


Al parecer, el motivo de colgar así los productos de la matanza es que se “oreen”, que se “curen” y, en el caso de los jamones, que vayan desprendiendo, por la ley de la gravedad, cierta grasilla que se acumula en una especie de capirote en la punta. Sin embargo, siempre he pensado que la causa por la que estos fiambres acostumbran en España a colgarse así, con tanto aparato, es otra, mucho más profunda. Y que asimismo en lo más arraigado de nuestra idiosincrasia está, por ejemplo, el alborozo con que acogemos el jamón que viene en la cesta de la empresa, la manera en que presumimos de él ante todo el vecindario y cómo lo ponemos sobre una tabla en la cocina e, inconscientemente, lo convertimos en el centro totémico de nuestra vida cotidiana.

Quizás sea mucha imaginación por mi parte, pero yo creo que la raíz de este comportamiento exaltado en torno al jamón y al chorizo viene de aquellos tiempos de la Inquisición en que ser judío en España ocasionaba a menudo la muerte. Según he leído en libros de la época, uno de los medios de identificar a los israelitas mezclados entre los “cristianos viejos” era darles a catar jamón, tocino, morcilla… cualquier derivado del cerdo. Si lo rechazaban, o ponían mala cara, no cabía duda: “perros judíos eran”. Leí, y no es broma, en un libro sobre los métodos del Santo Oficio como cierta vez torturaron hasta casi cargársela a una mujer acusada de rechazar un bocado de jamón. Atada al potro, aún decía que lo había rechazado, sencillamente, “porque no apetecía en esos momentos de él”. ¡Mientes!, clamaba el verdugo mientras daba otra vuelta a la rueda.

Los cristianos viejos, muy al contrario, tomaban el jamón y se lo comían con tal deleite, tantos aplausos y tamaño gusto que yo creo que ese “teatrillo” ha llegado casi íntegro hasta nuestros días. Y no considero absurdo pensar que eso de colgar el jamón en el centro de la cocina, y chorizos y lomos por todos lados de la casa, y celebrar con grandes fiestas la matanza del cerdo era un método de “exhibir” su sangre sin contaminar.

Sobre esto de las costumbres alimenticias y su trascendencia antropológica, leí hace poco en Jonathan Litell una reflexión que, de puro atinada, me cuesta pensar que a nadie se le haya ocurrido antes. Más bien creo que Litell se limita a transmitirla. Según esta reflexión, mucho del antisemitismo que aún late bajo la sociedad se incubó en aquellos lejanos días de la Antigüedad en que la hospitalidad era la virtud más preciada. Puede leerse en infinidad de libros antiguos cómo, en efecto, la gente daba al huésped lo que tenía, a veces aunque él se quedara sin comer, y le prestaba su cama si era preciso y él dormía en el suelo, y aun muchos se dejaban matar antes que se le hiciera daño al que alojaban. Esto era así entre los griegos, entre los romanos, entre los bárbaros, y ya ni cuento entre los árabes. Pues bien, ¿cómo sentaría en medio de este ambiente que, de repente, un huésped rechazara la carne porque está cocida junto con la leche, porque no ha sido cortada de tal o cual forma o porque procede de tal o cual pieza?

No por nada a mí siempre me decía mi abuela: “Hijo, cuando estés de invitado tú come siempre lo que te ofrezcan, y procura no poner mala cara. Ah, y primero pincha de lo que pongan en el centro, que es para todos, y cuando se haya acabado entonces te comes lo de tu plato, que así tocas a más”. Pero esto último creo que forma parte ya de la idiosincrasia particular de los Baquero.

CRÍTICA DE UN LIBRO

20 de octubre de 2009

Siempre suelo tener tres libros al retortero, dispersos por la mesilla de noche, la del salón, la mesa de la cocina... Desde hace unos días, me ha dado por leer la Biblia, sí, amigos blogueros. No tenía en aquel momento nada mejor a mano y decidí coger ese libro que desde no recuerdo cuándo ni cómo, y lo digo de verdad, estaba encajado entre los pocos volúmenes que caben en las estanterías de mi casa. Pero en fin, yo no sé por qué estoy dando tantas explicaciones: estoy leyendo la Biblia y punto.

La verdad es que, ateniéndonos sólo a lo literario (lejos de mí querer ir más allá), es un libro muy entretenido. Hablo en serio. Cuenta unas historias muy curiosas, aunque la mayoría ya le suenen al lector. Pero son bonitas, algunas tremendamente hermosas, como la de aquel pobré José al que venden como esclavo y gracias a su habilidad para interpretar los sueños consigue hacerse favorito del faraón; o la de aquel valiente soldado que con su sola honda consigue abatir al más fiero de los filisteos. Es un libro, hasta donde yo he llegado (página mil y pico), bastante recomendable, si se salta uno, eso sí, toda esa parte sobre las disposiciones del culto, las ceremonias sacerdotales, las prescripciones alimenticias y, sobre todo, aquello de "Quetura parió a Zamrán, Jocsán, Medán, Madián, Jesboc y Sue. Jocsán engendró a Saba y a Dadán. Hijos de Dadán fueron Asurim, Litusim y Laumin. Los hijos de Madián fueron Efa, Efer, Janoc, Abida y Eldá..." que se ve claramente que está puesto con intención de rellenar.

Literariamente hablando, el estilo no es malo, incluso podría decirse que es bueno, teniendo en cuenta que ahí han metido mano -enseguida se advierte- muchísimos traductores, que han dejado algunas partes totalmente destrozadas. Pero en líneas generales, y quitando algunos coloquialismos, es un estilo muy digno.

En cuanto a su estructura, la Biblia tiene, todo hay que decirlo, un principio magnífico que enseguida engancha al lector. Dejando allá algunos digresiones, en mi opinión totalmente innecesarias, sobre los ganados que tiene tal o cual personaje o los cultivos que se dan en ésta o en aquella tierra, lo cierto es que la acción avanza de continuo, a veces a ritmo repidante. Sólo en el Éxodo, ese capítulo en el que el pueblo de Israel vaga por el desierto del Sinaí, he notado cierto estancamiento en el relato. Es la parte aquella en que Yavé promete darles "la tierra del cananeo, del jeteo, del amorreo, del jeveo y del gebuseo", y varias páginas más adelante venga otra vez con la tierra del jeteo y el amorreo, y un par de capítulos después dale con el cananeo y el gebuseo. Yo no sé si esto es un recurso literario empleado por el autor para recalcar la soledad y la monotonía de las jornadas a través del desierto o es que se había metido en un atolladero y estaba haciendo tiempo para ver por dónde salir. En todo caso, al final el Éxodo se soluciona y la historia sigue adelante.

Sobre el protagonista principal del libro, Yavé, si soy sincero no tengo todavía una idea muy bien formada. Será por inconcreciòn del narrador o por taruguez de mi parte, el caso es que le tengo por un personaje contradictorio. A veces me parece atrabiliario, y con un sentido del humor bastante raro, como aquella vez en que le hace a Abraham atar a su único hijo como si fuera a sacrificarle y luego al final, cuando ya tenía el patriarca el cuchillo en alto, le dice que era una broma; pero otras veces, sin embargo, me parece un bendito que tiene una paciencia infinita, como tantas veces durante las jornadas del desierto, cuando los israelitas, después de todo lo que ha hecho por ellos, no hacen más que buscarse falsos ídolos y dejarle a él a un lado. Aún así, no se busca otro pueblo favorito; y eso ya es tener paciencia, en mi opinión. Yo no hubiera hecho lo mismo, desde luego. Espero que, más adelante,el personaje se defina mejor.

En fin, que en esta lectura estoy y la verdad es que se la recomiendo a todo el mundo.


Aposté con Riqui que quizás podía hacerse una crítica meramente literaria sin ofender a nadie. Espero haberlo conseguido

...Y AHORA...

15 de octubre de 2009

Hoy he puesto el punto final a una novela. Desde hace un rato, siento esa especial exultación de haber concluido algo, ese orgullo de haber llegado hasta un final que alguna vez me pareció imposible. La sensación apenas dura un día, a lo mejor unas horas, pero realmente es un momento de verdadero y bien ganado orgullo. Pocas cosas dan más satisfacción (bueno, sí, la que estáis pensando, pero pocas más) que haber construido algo con tus propias manos; algo que podrá luego gustar o no, pero que tú estás convencido de que tiene su mérito y que no es una chapuza infame.

En gran manera, me siento hermanado con esos hombres que, pacientemente, van metiendo piececitas dentro de una botella hasta que acaban por construir un barco. Desde hace unas horas, tomo la botella, la miro, la remiro, la vuelvo a mirar al trasluz y veo que todas las piezas están en su sitio; en vista de lo cual, respiro hondo y me abro una cerveza que me sabe a gloria.



Ahora viene, quizás, la parte más difícil. Hasta ahora todo ha sido una aventura creativa excitante, con su punto de frustración a veces, con su poco también de asombro al repasar una página y decirte: "¿esto lo he escrito yo?". Todo ha sido divertido, sí, pero ahora viene la segunda parte. "¿qué hago yo con estos folios?"; o dicho con toda su crudeza: "¿dónde los coloco?".

Siempre se me ha dado mal, fatal, esta segunda parte.

De momento, y como no tengo ninguna puerta donde llamar, voy a probar suerte con un par de premios literarios. El primero el Río Manzanares, que convoca el Ayuntamiento de Madrid. A este premio me presenté hace tiempo, por lo menos quince años. Yo era entonces un poco inconsciente, algo alocado y encima me las daba de graciosillo, así que escribí una novela en la que el asesino era (redoble de tambores) ¡¡el organizador del concurso!! No gané y yo creo que, desde ese día, los de la Concejalía de Cultura, que organiza el premio, me tomaron cierta ojeriza. Hay gente también que no aguanta una broma.

Si no sale esto, llego a tiempo de presentarme al Bruguera. No sé muy bien cuánto de limpio y decente será este premio, pero Bruguera es un nombre que todavía me toca el corazón al recordar sus viejas colecciones de bolsillo y sus tebeos que con tanta fruición manoseé. Así que, aunque sólo sea por sentimentalismo, debo confiar en que no esté adjudicado de antemano.

Y si no sale nada de esto... pues la verdad es que no tengo ni idea. Sólo una cosa sé cierta, y es que a esas alturas ya estaré, seguramente, metido en otro proyecto. De hecho, esta misma tarde, mientras encendía el ordenador, se me ha ocurrido lo que parece una buena idea...

¿He dicho ya lo que tarda en desvanecerse esa satisfacción por el deber cumplido?

LA DEUDA HISTÓRICA

9 de octubre de 2009

Cualquiera que me escuche, o que me lea, se pensara que soy buena persona. Eso de darle de comer a un gato abandonado, de pasear por el monte observando a los caballos, de regalarle mi bocadillo a un albano-kosovar… “Es un poquito moñas, bien es cierto —opinará la gente—, pero es buen tipo”.

Lo que voy a contar ahora ya sé que va a tirar por tierra esa falsa imagen, pero no hay más remedio. Debo contarlo.

Hace cosa de un año, abrieron cerca de mi casa una tienda de comics. Los propietarios, unos chavales jóvenes, levantaban cada mañana el cierre del comercio con mucha alegría, para que la gente contemplase su escaparate en el que lucían tebeos de Marvel, camisetas de manga, miniaturas de personajes de El Señor de los Anillos, maquetas de la nave nodriza de Star Wars… Se les veía orgullosos de su mercancía.

Esto ocurrió, como digo, hace cosa de un año y —¡la puñetera casualidad!—, fue inaugurar la tienda los chavales y comenzar a hablarse en todo el mundo de la crisis. “Pobres”, me decía yo cada mañana cuando pasaba ante la tienda, “no se van a comer un colín”. Así que un día por la mañana entré a comprarles algo. No me hacía falta, en realidad, nada de lo que vendían, pero bueno, vi una camiseta para mi hija de las Supernenas y me dirigí con ella hacia la caja. “¿Cuánto es?”. “Ocho euros”. Le largué un billete de diez y en ese momento le llamaron al hombre por teléfono, se puso a conversar y… total, que entre lo que hablaba y me cobraba se hizo un lío y me devolvió cambio de 50 euros.

—¡Hostia, qué de puta madre! —exclamé yo para mí ante aquel súbito regalo. Y antes de que el otro dejara de hablar por teléfono y se diera cuenta de su error, agarré las vueltas y me largué más que deprisa.

Al principio estaba muy contento mirando los billetes, pero aquella noche comenzaron a asaltarme los remordimientos. Me figuraba yo que, al hacer caja y darse cuenta del error, el encargado se habría pegado un tiro en la cabeza, o parecido. De seguro que, al menos, estaría llorando amargamente, golpeándose el rostro, rasgada la camisa, abrazado a sus hijos y a su mujer embarazada de ocho meses. “Buahhh”, me estremecían los llantos de la pobre familia.

—Esto no puede ser —me dije con decisión—. Mañana voy a devolverle el dinero a este infeliz.
—Anda y que le den morcilla. Que hubiera andado listo —me decía al oído ese diablillo rojo, con cuernos y tridente que sale en las películas—. ¿O es que acaso alguien se preocupó de ti cuando estabas en el paro y las cosas te iban tan mal?

Pero no le hice caso al diablillo y, a la mañana siguiente, bien temprano, metí el dinero en un sobre e intenté colarlo por debajo de la puerta de la tienda. Pero el cierre estaba muy bien echado y no había forma de que cupiera el sobre. “Mierda”, me dije, porque la verdad es que me daba corte ir por las buenas y explicarle al dependiente lo que había sucedido. Eso hubiera sido lo más normal, pero estaba seguro de que el tío me miraría así esquinado y murmuraría “qué cabrón”. Y después haría correr el rumor entre los comerciantes del barrio para que tuvieran cuidado conmigo cuando entrase en sus tiendas.

Decidí entonces comprarme algo, largarle al dependiente un billete de 50 y cuando me fuera a dar las vueltas decirle; “te has equivocado, majo; yo te he dado un billete de 10”. Pero para mi desespero y mi vergüenza, el dependiente se mostró inflexible, incorruptible, firme en su honradez. Así que salí de allí con el orgullo herido y una camiseta de las Supernenas para mí.

Pensado cómo podía reintegrar el dinero —¿quizás dejarlo sobre el mostrador y salir corriendo?— ayer tarde, a una hora inusitada, pasé ante la tienda y ésta estaba de bote en bote. “¿Qué pasa aquí?”, le pregunté a un joven que salía. El muchacho me informó que todas las tardes, en aquella tienda, se reunían los fans de no sé qué juego de rol a jugar a las cartas y entre las bebidas y perritos calientes que consumían, y accesorios que compraban, “este tío se está forrando con nosotros”, dijo en referencia al dependiente.

—¿Ah, sí? —exclamé yo con los 42 euros apretados en el bolsillo. E iba a dárselos al pobre estudiante que me había informado, y que tenía pinta de andar canino, pero qué coño, me los he quedado para mí.

Qué cabrón soy.


LA MÚSICA EN LA CAVERNA

5 de octubre de 2009

Oigo, cada vez con más frecuencia, que por culpa de las descargas de Internet va a morir la música. Que a las discográficas no les compensa grabar un cedé que luego no van a poder vender, porque todo el mundo se lo va a “bajar”, con lo cual aquellos que trabajaban en la grabación de discos, los músicos en el más amplio sentido, se van a ir a la calle. Y quien dice música, dice cine, y dice también literatura, Si la gente obtiene las cosas gratis, a quién le va a interesar producirlas o editarlas… No hay nadie tan altruista.

El sábado estuve en un concierto en un garito de Huertas. Por unas escaleras se descendía a una auténtica cueva, más parecida a un refugio antiaéreo o incluso a una catacumba cristiana, con las paredes de ladrillos vistos, el techo en forma de bóveda y apenas dos metros y medio de altura. Al fondo de tan exiguo espacio, dos guitarristas, un bajista, un batería, un tipo al saxofón, un chico a los teclados y una cantante. El chaval de los teclados era apenas un adolescente, el del saxo ya no cumplía los sesenta. El batería y uno de los guitarristas, saltaba a la vista, eran guiris (luego me enteré que uno era escocés y el otro inglés); la cantante ( de todo esto me fui enterando al término del concierto) era de Palma de Mallorca; el saxofonista, argentino.

Estaban allí hablando, fumando y bebiendo cerveza mientras afinaban sus instrumentos. Cuando la sala estuvo suficientemente llena, el guitarrista escocés saludó a la peña congregada, dijo “Here we go!” y “atacaron” (qué bonita expresión) esta canción:



Yo tengo ya ciertos años y hacía bastante tiempo que no escuchaba rock&roll, así que me costó un poco empezar a menearme, pero a las cuatro o cinco canciones, no más (versiones de los Madness, de los Doors, de los Stones, ¡el Highway to hell de AC/DC!) estaba ya, como el resto, moviendo la cabeza al ritmo de la música. Entre canción y canción, uno de los guitarristas preguntó qué había hecho el Atleti. “¡Ha ganado!”, surgió una voz de entre el público. “¡Dos a uno!”, y la banda, ante esto, atacó entonces el I can´t get enough for your love, de Bad Company.

A todo esto, sonaba de maravilla, no sé si ya lo he dicho. El batería, sobre todo, se empleaba sobre los tambores con un entusiasmo magnífico. Los demás no le iban detrás.

Cuando, al cabo de la hora, y de haber tocado diez o doce canciones, anunciaron que había llegado el final del concierto, la peña comenzó a pedir “otra, otra”, a lo que la cantante confesó que ya no tenían más repertorio. Preguntó a la gente qué canción le había gustado más y volvieron a tocarla. Cuando acabaron, la basca, en vista de que ya no se sabían otra, comenzó a pedirles “la misma, la misma”, pero los músicos, con una sonrisa, colgaron ya sus instrumentos y subieron a la parte de arriba a tomarse una cerveza.

Lo siento por la industria de la música, la industria del cine, la industria editorial. Que les den por culo a todos esos que quieren vivir de las rentas de cuatro acordes que compusieron en sus lejanos días de juventud, o de aquel cuento que les premiaron tiempo ha. Lamentándolo mucho por ellos, la música nunca morirá mientras seis tipos estén dispuestos a meterse en una cueva a rasgar una guitarra por el gusto de divertirse y que la gente se divierta con ellos. Ni morirá el cine, ni morirá la literatura mientras un chalado se encierre en una habitación a escribir un cuento. Morirá el desfile de modelos musicales y literarios, los discos de platino y los premios planeta, morirán la alfombra roja y los cócteles de presentación, las películas con efectos especiales, pero Internet no creo que suponga ninguna amenaza para los auténticos músicos, los verdaderos actores y los que escriben por gusto.

DOBLE SENTIDO

2 de octubre de 2009

Yo me manejo bien con todo el mundo, como decía Serrat, o eso pretendo. Aunque haya gente desquiciante, cada día en mayor número, yo hago un esfuerzo a veces sobrehumano por comprender a todos, ser agradable con ellos, o al menos no discutir, y ponerle buena cara a la gente. A veces, lo sé, parezco un chino de esos de sonrisa congelada y amago de reverencia a la puerta de su comercio, pero bueno, yo creo que soy de fácil trato… salvo con un tipo de personas.

Hay gente a la que, lo reconozco, no trago. Sujetos, como uno de mis compañeros de trabajo, que me sacan de quicio por esto que voy a contar:

No hay expresión a la que mi compañero de trabajo no saque punta y le encuentre doble sentido sexual, tras lo cual ensaya una risita así como de picardía. Si uno dice por ejemplo: “adiós, me voy, que ya es mi hora de salida”, él enseguida exclama: “uy, salida, ji ji ji”, y da con el codo a los demás, alguno de los cuales le secunda en sus risitas. El otro día me fui con él hacia la boca de metro. “Sujétame esto, haz el favor, en lo que me ato el zapato”; “uy, que se lo sujete dice, ji ji ji”. “Espérame un segundo, que voy a comprar tabaco, porque se me ha acabado el paquete”; “uy, que se le ha acabado el paquete, ji ji ji”. “Bueno, ya estamos en el metro; qué calor hace aquí dentro, ¿no?”; “uy, no me digas que estás caliente, ji ji ji”.

Pasamos varias estaciones.

—Pues yo tengo esta noche para cenar coliflor —digo.
—Uy, coliflor, qué cachondo, ji ji ji.
—Con mayonesa —señalo.
—Jua jua jua —redobla su risa.

Yo no sé qué hacer con él, amigo bloguero, te lo aseguro. No me dejan asesinarle, no sé muy bien por qué razón, porque encima tendríamos una plaza más de aparcamiento. Así que me veo obligado a soportarle todos los días, según llego al trabajo. “Hola, ¿qué hay?”, digo. Él permanece callado. Extrañamente callado. “Voy a encender mi ordenador”, anuncio. Él sigue en su mutismo. Yo me confío. “Ahora voy a introducir la clave”; y él parecía estar al acecho de ese momento. “Uy que va a introducir la clave —exclama de pronto—, ¿le habéis oído?, ji ji ji”.

Y luego ya sigue el resto de la jornada. Así todos los días laborables. Y no te creas, amigo bloguero, que descanso de él siquiera los fines de semana, porque tengo su “ji ji ji”, metido en el cerebelo.

En fin que yo me manejo bien con todo el mundo menos con este tipo.

LA PRUEBA DE FUEGO

28 de septiembre de 2009

A Eva Zarzamora, que me pregunta por mi amigo,
y a Roberto, que tenga mucha suerte.


Tengo un amigo, Mihail, de procedencia albano kosovar, con el que acostumbro a hablar de las cosas de la vida. Es un hombre de gran sensibilidad poética, un tipo tierno —demasiado, en mi opinión—, emotivo e impresionable… seguro, amigo bloguero, que ya te vas acordando de él.

Pues bien, el otro día llegó mi amigo Mihail y me dijo que ya estaba harto del género de vida que llevaba, tanto kalasnikov y fusil de asalto AZ27, sus compañeros parecía que no sabían hablar de otra cosa… Había decidido —me dijo— dejar atrás todo ese rollo y venirse a una existencia más tranquila y reposada, algo así como la mía. Estaba preparando un concurso oposición para auxiliar administrativo en el Ayuntamiento de Madrid y, aunque ganase menos que en la banda armada, por lo menos dormiría tranquilo y podría dedicar las tardes a la poesía.

—Tú no sabes lo que estás diciendo, Mihail —creí conveniente advertirle—. Mira bien lo que haces. Que allí en la banda tenías un nivel y una categoría reconocida, y de funcionario en el Ayuntamiento nunca se sabe lo que puede pasar.
—Nada, nada —me replicó—. Yo estar decidido.
—Tú sabrás.

Varios días después de esa conversación, me encontré con Mihail en el bar acostumbrado. Le vi mal. Muy, muy mal. El pelo se le había vuelto blanco, le temblaban las manos y un tic nervioso cada pocos segundos le torcía el labio.

—¿Ves? Por no hacerme caso —le dije.

Y luego, como le vi en tan penoso estado, me interesé más en concreto por lo que había ocurrido.

—Yo había hecho un curso de mecanografía —me contó—, y estaba confiado en mis cinco mil pulsaciones. “El mundo es mío”, me decía para mí, mientras sacaba humo a la Olivetti en la soledad de mi cuarto. Llegó entonces el día del examen y allá que me presenté, en el aula magna de la universidad señalada para la prueba, con mi máquina a cuestas. Había unos cuatro mil o cinco mil como yo, hombres y mujeres; todos estaban colocando, con mucho mimo, sus máquinas de escribir delante de sí, y algunos hasta les daban una última limpieza con una escobilla, para que no se atascaran en el momento crucial. OtrOs las hablaban al oído, como a los caballos antes de una competición. Yo estaba, como te digo, confiado en mis posibilidades.

Al cabo de un rato —siguió Mihail—, entraron los miembros del tribunal y dijeron: “siéntense, va a empezar la prueba”. Luego comenzaron a repartir, entre los que nos examinábamos, papeles con el texto que habíamos de transcribir, cada uno hasta donde pudiera y con los mínimos errores posibles. Mientras se efectuaba el reparto, había quienes hacían sonar sus nudillos, quienes giraban de un lado a otro el cuello, quienes cerraban los ojos y aspiraban aire por la nariz y lo expulsaban muy ruidosament por la boca, como si se estuvieran todos ellos preparando para un gran combate.

Repartidos los papeles, el jefe del tribunal se subió a la tarima con un cronómetro colgado al cuello, en medio de un profundo silencio. Con voz solemne, dijo:

—¡Pueden empezar!

—Y entonces —sollozaba Mihail—, entonces…
—No me digas más. Lo sé.

Yo no había querido decirle nada a mi amigo, por no desmoralizarle, pero sé lo que es el estruendo repentino de diez mil dedos cayendo a la misma vez sobre las teclas, todos con el deseo de acabar los primeros. Dicen que los ciudadanos de Atenas, cuando los romanos les reconocieron sus libertades, estallaron en un griterío tal que una bandada de pájaros que pasaban justo sobre sus cabezas cayeron muertos al suelo. Aquello fue sólo un susurro comparado con el inicio de una prueba de mecanografía. Yo he visto cristales de ventanas romperse en mil pedazos, por efecto de la onda expansiva; he visto el suelo temblar, tambalearse las paredes, he visto a las arañas salir corriendo de sus madrigueras, dispararse las alarmas de los coches cercanos… Bastante poco fue que a Mihail se le quedara el pelo blanco de la impresión; uno que conozco yo, y esto es verídico, perdió el habla del susto y no lo ha vuelto a recuperar.

—Esto de la carrera de funcionario no es para mí. Demasiadas emociones fuertes. Me vuelvo a mi kalasnikov, allí tranquilo, sin meterme con nadie. Vosotros, los españoles, tenéis que estar locos para aspirar a una plaza en la Administración.
—Locos, no. Es que somos tipos duros.
—Ya te digo —se despidió Mihail.

ESTOY PENSANDO SERIAMENTE...

24 de septiembre de 2009

Estoy pensando seriamente en hacerme un tatuaje. Sí, señor. Es algo que me hubiera gustado hacer hace mucho tiempo, cuando era chaval, pero mis padres se empeñaron en quitarme esa idea de la cabeza.

—Mejor, hijo mío —me decían—, no te hagas ninguna marca personal y duradera por la que te pueda identificar la policía.

Mis padres, como se ve, nunca tuvieron mucha confianza en mi futuro.

Hoy en día, que con todo esto del ADN y la forma en que pueden extraer la identidad de una persona no digo ya de las huellas dactilares, sino de la saliva, de un cigarrillo que fumes o del aliento que eches sobre un cristal, hoy en día no es necesario preocuparse tanto por pasar inadvertido. Por eso, y aunque me pilla un poco ya mayor, estoy pensando seriamente en hacerme un tatuaje aquí, en el hombro, como si dijéramos en la paletilla.

Ahora bien: ¿qué tatuaje? Los símbolos celtas son bonitos, pero están un poco vistos, la verdad sea dicha; lo del escorpión tampoco es que sea muy original. Esos tatuajes que se estilaban en mi época, y que de no haberse interpuesto mis padres yo luciría ahora orgullosamente, aquellos del corazón atravesado por un puñal, el Cristo melenudo o el águila con las alas desplegadas, de esos creo que ya ni guardan la plantilla en la tiendas de tatuajes. La penúltima moda era grabarse el nombre de los hijos, o una consigna en caracteres chicos, aquí ocupando todos los antebrazos, tipo Beckham o Guti, pero yo, la verdad, no me acabo de ver…

¿Y algo así como una guirnalda de rosas aquí donde la espalda comienza a perder su casto nombre? En los riñones, que se dice por el pueblo. “No sé, Miguel, no sé… dudan los amigos—; en una estrella femenina del porno queda bien, pero en ti… Se te vería raro”.

Así llevaba varios meses y al fin, ayer, creo haber dado con la solución. La verdad es que lo reúne todo: sería rápido, lo más indoloro posible —que eso es algo también a tener en cuenta— y me conferiría respeto y admiración entre las gentes. Decidido está: voy a tatuarme aquí, en la molla que hay entre el índice y el pulgar de la mano derecha, en ese pequeño montecito, un “punto choro”.

¿Que no sabes lo que es, amigo bloguero, un punto choro? Pues es un punto, su propio nombre lo dice, poco más grande que un lunar. Si cierras los ojos, recordarás haberlo visto en muchos de esos que te arrinconaban contra una pared y te pedían las pelas a punta de navaja, o en el que te arrojó al suelo y te robó la moto. El “punto choro” es distintivo de los kíes, esto es, amigo bloguero, que todo hay que explicarlo, de la gente que ha estado en la cárcel y se ha hecho el amo de su galería. “Al lorito conmigo, que soy un kíe”, ¿nunca has oído decir eso, amigo bloguero?

Y ya no es sólo, ahora que caigo, que el “punto choro” me resulte barato, rápido y prestigioso, sino que puede abrirme infinidad de puertas. Puedo discutir con cualquiera seguro de que, al ver el lunar que orla mi mano, me dará la razón y reculará asustado. “Cuidado con este, que es un chungo”. Me iría sin pagar de los restaurantes y cuando me persiguiera el maitre le enseñaría mi mano desde lejos. “Nada, nada —dejaría de vociferar—, sólo quería desearle buenas tardes”. Los porteros de los locales de moda me abrirían la puerta sin más preguntas, “o monto un pifostio”, y los jurados de los premios literarios no tendrían más remedio que rectificar su fallo cuando me vieran entre el público con mi característico punto entre el índice y el pulgar.

Pues eso, que tengo casi decidido hacerme un tatuaje.

LA LLAMADA DE UN OYENTE

21 de septiembre de 2009

A mí me gusta mucho oír la radio. Siempre me ha gustado. Los recuerdos más cálidos de mi infancia tienen todos, yo creo, el fondo de un transistor donde un locutor dice las noticias, entrevista a un famoso o atiende las peticiones del oyente. La radio estaba a un volumen alto: el locutor hablaba, la sintonía anunciaba un nuevo espacio, pero nadie le prestaba demasiada atención.

Si cierro los ojos, recuerdo, por ejemplo, el taller mecánico donde trabajaba mi tío y donde, entre el estruendo del martillo contra la chapa, sonaban al fondo los consejos sentimentales de la Señorita Francis. Recuerdo estar haciendo rosquillas de anís con mi abuela, yo manoseando voluptuosamente la masa, mientras en un transistor en un ángulo de la cocina un analista político daba su opinión sobre Oriente Medio. Tengo en la memoria haber entrado en el taller de costura, todas las máquinas de coser golpeando furiosamente y la radio dando las señales horarias…

¿Quién no se ha sentido, de joven, pletórico y feliz en una piscina, tumbado sobre la hierba mientras desde un incierto punto los altavoces emiten la canción del verano? Siempre la radio de fondo. Aún hoy, me gusta mucho escribir con la radio encendida, aunque se trate del carrusel deportivo y aunque de pronto prorrumpan en feroces gritos cuando se marca un gol. Abstraído en lo mío, soy capaz de llegar al final del folio con la vaga noción, acaso, de que el Getafe ha metido un gol en el Ono Estadi. ¿O se lo han metido a él? No sé, pero me resulta muy agradable tener esa compañía.

Ahora les ha dado la tontería de decir “escuchantes” de la radio en lugar de “oyentes”. Aducen que no es lo mismo escuchar que oír, cosa muy cierta, pero por eso mismo deberían saber —ellos que son profesionales de la cosa— que nadie se vuelca sobre el aparato, que quienes estamos a este otro lado apenas si prestamos atención a lo que se emite por las ondas. La radio encendida forma algo así como el susurro de la existencia, y sólo alguna, vez, rara vez, alguien pide que subamos el volumen, “que la radio está diciendo no sé qué”. Entretanto, uno trabaja, escribe, conduce, hace rosquillas, piensa y se ocupa de sus pequeñas cosas con el sonido de la radio al fondo.

Así que “oyente”, por favor.

Pocas veces he prestado atención a lo que surgía por antena, salvo que fuera la noticia de una catástrofe. Al margen de eso, recuerdo dos situaciones en especial. Una fue hace muchos años: yo tenía que ir al colegio y en esa época había una especie de serial o culebrón radiofónico que se llamaba “Los Porretas”. Lo oía mientras desayunaba, pero no llegaba hasta el final porque venía a buscarnos el autobús del colegio. Nunca he sentido tanto una sensación de desarraigo como entonces. Eso de “Los Porretas”, si recuerdas, amigo bloguero, duró muchos años, pero a mí todavía muchas veces se me humedecían los ojos en medio de la clase porque quería volver a casa, tranquilo y caliente, a oír el final del episodio.

—¿Qué te pasa, Miguel? —me preguntó un día la profesora.
—Que quiero volver a casa con mi abuela, sniff. A hacer rosquillas y oír la radio.
—Bueno, Miguel, céntrate un poquito —me replicaba la profesora—, que estás ya en segundo de bachillerato.

La otra vez fue cuando hacía el servicio militar. Yo conducía un coche y entre que iba y venía de dejar a un general y coger a otro (saludo aquí a los lectores argentinos), en lo que estaba solo sintonizaba la radio. Cierta vez salió un anuncio del Ahorramás con su clásica sintonía (titiri titi ti ti titirititi titi titi…). A Proust le impresionaría la magdalena, a Stendhal los cielos nublados, a Twain el amanecer sobre el Mississsipi…, no por nada eran escritores importantes. A mí fue la sintonía del Ahorramás lo que, de pronto, me devolvió a mi infancia, me llenó de vitalidad y tuve la completa seguridad de que mientras sonase esa musiquilla nada malo podría pasarme…

EL NIDO VACÍO

18 de septiembre de 2008


Ayer, 17 días después de volver de vacaciones, me volví a encontrar al gato negro camino de mi oficina. Es un gato, si recuerdas, amigo bloguero, que abandonaron en las cercanías del aparcamiento cuando era un cachorrillo y al que yo he estado alimentando durante varios meses… al mismo tiempo que le daba patadas para que no saliese a la carretera. Pues bien, hoy he vuelto a ver a Bloggy, ese es el nombre que le he puesto en homenaje a su paso por este humilde blog.

Un amigo mío tenía, tiempo ha, dos perros. Al uno le llamaba José Luis Rodríguez Gómez, al otro Carlos Pérez Serrano.

—¿Por qué esos nombres tan raros? —le preguntaba yo.
—Qué coño van a ser raros —me respondía él—. Son nombres comunes. Raros son los Rusky, Canelo, Micifú, y otros nombres que la gente les pone a sus mascotas

Sea o no un nombre extraño, Bloggy le había bautizado al gato y cuando ayer por la mañana le vi, fui corriendo a saludarle, y a prometerle que mañana, sin tardanza, le llevaría una tarrina. Pero el gato, apenas me vio, dio media vuelta y se escondió entre los setos.

Pensaba yo, compungido, que sería por los puntapiés que le había dado para que no saliese adonde pasan los coches, o porque había estado un mes sin llevarle comida, por lo que no me quería ni ver a mi vuelta de vacaciones y hacía como si no me conociese. Pero cuando me acerqué al seto para ver si, amablemente, le convencía de que no se enfadase conmigo, me encontré con que Bloggy salía de la espesura receloso, con el lomo un tanto arqueado, y acompañado de otros colegas.

—¡Fiu! —me dio un bufido uno de ellos.
—Vale, vale, tranqui, ya me voy —y fui retrocediendo despaciosamente y con las manos en alto, sin dejar de mirarle no fuera a ser que, al darme la vuelta, este macarra se lanzara sobre mí y me clavase las uñas en la espalda.

¡Hay que ver con qué gente se ha juntado Bloggy durante mi ausencia! Pero claro, cualquiera le dice nada. A su edad, sólo hacen caso a los amigotes.

Hoy he vuelto a pasar junto al seto y allí estaba, con esas malas compañías. Me ha molestado un poco el que ni siquiera volviera la cabeza para mirarme. Toda esa melancolía que invade a los ancianos, el síndrome —como le llaman— del nido vacío, me ha asaltado de golpe al ver cómo ese chico al que con tanto esfuerzo hemos criado va ya a su aire, sin hacer caso a nuestros consejos, está labrándose su propio camino, aunque yo sigo creyendo que equivocado, que con esos gatos tan chungos acabará por caer en el mal camino. Pero, en fin, él ya vuela solo…



Toda la mañana he estado tecleando en el ordenador lleno de pensamientos sombríos sobre los sacrificios que hace uno y con qué ingratitud le paga la vida.

YOLANDA

14 de septiembre de 2009

Me he encontrado con Yolanda este fin de semana. Yolanda era una chica a la que le encantaba reír: reía a carcajada limpia, echando incluso el cuerpo un poco hacia detrás. No se me olvida esa forma de reír; de vez en cuando, no sé muy bien por qué, me acuerdo de ella.

Yolanda es guapa todavía, antes lo era mucho más, aunque quizás “guapa” no sea la palabra exacta. Porque no tenía una belleza al estilo usual; quizás sí dijera que uno de sus mayores encantos era una pequeña cicatriz que tenía cerca de la barbilla, muchos me mirarían raro. Pero a mí me parecía uno de sus mayores encantos. Cuando la conocí también tenía buen cuerpo, en especial unos pechos grandes y erguidos; hoy todavía los conserva grandes, aunque sospecho que un tanto descendentes, pero no parece nada, de momento, que tenga especial gravedad (y nunca mejor dicho).

Hace quince años, cuando la conocí, Yolanda era risueña, guapa y le gustaba vivir. Tómalo si quieres como un eufemismo, también podría decir que le gustaba conocer gente o pasarlo bien. Cuando llegó mi turno (tú ya me entiendes) le contaba que uno de mis sueños era ir a Nueva York, pasear por la Gran Manzana, tumbarme sobre la hierba en Central Park. Yolanda era una chica de barrio y yo, inconscientemente, tenía pensado impresionarla con esas cosas cosmopolitas. Pero no le impresioné. Apenas quince días después me enteré de que estaba saliendo con otro. Me fui refunfuñando, ya te puedes de nuevo imaginar: “una guarrilla”, “una golfa”, “una putilla”… todas esas cosas.

Pero, realmente, echaba mucho de menos su manera de reír.

A Yolanda siempre le gustaron los chicos malotes. Tipos que hablaban estruendoso, que arrojaban lejos las colillas, que salían de los semáforos quemando las ruedas del coche. Y más malotes todavía: Yolanda se metió en problemas por ir de pasajera en un vehículo robado, por salir con un camello, porque uno de sus chicos se coló en un chalet para saquearlo…

En eso estaba la última vez que la conocí, y yo tenía, no sé por qué, la esperanza (llámame “cabrón” si quieres) de que siguiera en ese género trepidante de vida.

Este fin de semana me la encontré de casualidad. En el parking de un centro comercial. Conducía un todoterreno (apenas si podía creérmelo) y en el CD sonaba Chambao (a ella siempre le habían gustado las rumbitas, pero de otra forma). Yolanda salió del coche con un niño y una niña, la parejita, y se alegró mucho al verme (o eso dijo). “Cuánto tiempo”. Iba a comprar no recuerdo qué (no la compra normal, como yo, ésa por lo visto la hacía por Internet en el Hipercor y se la llevaban a casa) y vestía ropa de las mejores marcas. Me presentó a los niños: el chaval se llamaba Germán, la niña Paula. Su marido, por lo que creí entender, era agente inmobiliario y eso al parecer le daba bastante pasta. Dentro de unos años, querían que Germán estudiara en Irlanda. Este verano toda la familia había viajado a Nueva York. El año anterior habían estado en Buenos Aires.

—Bueno, ¿y tú qué?

“Ya ves”, le respondí como atado al manillar del carro, en postura ridícula. “Como siempre”. Le conté, con un cierto tartamudeo, que trabajaba de auxiliar administrativo y que había publicado un par de libros. “Vaya, eso te habrá dando bastante dinero”. “Pues no, ni un duro”. Le dije que tenía un blog y que estaba bastante contento con él. “Pero, ¿sacas mucho dinero con la publicidad?”. “Habrás conocido al menos a escritores famosos”. Con cada nueva frase sentía que me hacía cada vez más y más pequeño, hasta que mi vida llegó a parecerme irreal, insustancial, irrisoria. Una minucia, una chiquillada comparada con la vida bien armada, potente y plena de Yolanda. Toda una vida desperdiciado en sueños pueriles que no conducen a ninguna parte.

—Pues nada, espero que nos veamos otra vez —se despidió Yolanda. Una forma muy elegante de decir: "anda, chaval, vete a hacer la compra o lo que tengas que hacer y si acaso nos encontramos otra vez haz el favor de no saludarme".

Como he dicho arriba, Yolanda tenía una forma muy especial de reír. Todavía me acuerdo de esa risa y yo creo que no se me olvidará.

JETV

EL POZO DE LAS NIEVES

8 de septiembre de 2009


Este fin de semana he vuelto por el pueblo, como una forma de ir “despresurizándome” poco a poco del monte, los paseos y la naturaleza alrededor, e ir integrándome en la rutina de los once meses que vienen entre edificios altos, bocas de metro, atascos, obras, telediarios… A veces pienso que la tragedia —ridícula, si se quiere, pero tragedia a fin de cuentas— del hombre contemporáneo es que tiene su paraíso particular a la vuelta de la esquina, a apenas un centenar de kilómetros de casa, cuando no a sólo una decena de paradas de metro, pero sea porque le da pereza, porque está muy ocupado, porque ha quedado con un amigo o porque está preparando una oposición, el caso es que pasan meses, años, y a veces toda la vida sin volver por allí.

Sobre estos paraísos próximos, y no sobre mitológicos Macondo, Región o Yonapatahawna —como se escriba—, aun siendo todos muy hermosos en su día, pienso yo que deberían hablar las novelas actuales. Pero en fin, es sólo una opinión y estaba hablando de que volví al pueblo el fin de semana.

Por la mañana temprano salimos de excursión hacia el Pozo de las Nieves. Se llama así porque es una especie de aljibe cubierto en la parte más sombría y gélida de la montaña, cerca de la cima. Antaño se amontonaba allí la nieve y unos paisanos subían con burros a llevársela a los pueblos limítrofes, para que, supongo, los vecinos de estos lugares comiesen helados, granizados y pudiesen echarse unos cubitos en el gin-tonic. Pero ya he dicho que esto es una suposición. Desde el puerto de Casillas surge una veredilla que, por la cuerda de la montaña, tras dos horas poco más o menos de camino, llega hasta el Pozo. En realidad, es una especie de cabaña en medio de una explanada, construida con grandes piedras en un estilo rustiquísimo, feo, quizás, por fuera, pero muy útil para que dentro se conserve la temperatura.

—Qué rasca hace aquí —exclamamos al abrir la puerta del Pozo.

Hoy, como es de suponer, ya no se arrastra hasta allí la nieve montaña abajo, ni se acumula dentro del pozo para que vengan a llevársela con burros. Desde que se inventó el frigorífico y desde que los camiones de Camy, Frigo y Miko surten de cornetes, frigopiés y truficonos a todo el planeta, ya no hay ninguna necesidad de estos apaños. Por eso, el aljibe está vacío; sólo guarda de su pasado esplendor una escalera de madera que baja hasta el fondo —tres o cuatro metros de bajada he calculado yo—; y, en una pequeña caseta anexa, un hogar donde hacer fuego y, colgada de un gancho, una sartén que tiene pinta de llevar allí desde el Cretácico Superior. Ese sería, imagino, el punto de reunión de los “neveros” que allá llegaran con sus burros; sentados en un poyete, se calentarían las manos en el fuego —aunque es verano, fuera hace un frío de importancia— y freirían en la sartén unos torreznillos mientras hablaban con sus compañeros de profesión:

—Y dices tú que eso del fútbol lo juegan once y un portero…
—No, diez y un portero.
—Joder, pues sí que es complicado.

Fuera de la cabaña hay una inmensa y preciosa explanada desde la que se contempla buena parte del Valle de Iruelas, con los buitres sobrevolando en amplios círculos sobre nosotros. Da un poco de… no sé cómo decirlo. En las laderas hay manadas de caballos, yeguas y potros semisalvajes. La verdad es que nunca he acabado de comprender la utilidad de estos caballos: la gente de por aquí los tiene “por tenerlos”, porque ni los monta, ni los unce, ni los cría, ni nada de nada; los deja sueltos a su sabor por el monte y alguna vez, cuando el propietario está aburrido, sube a ver cuántos tiene. A veces te encuentras a algún paisano de madrugada:

—Subo a ver a mis caballos —te dicen. Y con eso y echar la bonoloto, ya tienen la semana solucionada.



De vuelta del Pozo de las Nieves, me fijo en que a las márgenes del camino, a veces a la derecha, a veces a la izquierda, hay como unos montículos de piedras pequeñas, lascas planas y cantos rodados que parecen haber sido puestos unos encima de otros por una mano infantil, como un juego de construcción. Yo ya sé que esto es para señalizar el camino, que por lo estrecha que es la vereda el caminante podría perderse en la espesura y estos hitos le ayudan a orientarse. Pero me pregunto quién sería el primero que pondría allí esas piedras, la mano altruista que se preocupó por los que vinieran después. Generaciones y generaciones han pasado por delante de esas formaciones y cuando alguno se pregunta:

—¿Quién habrá puesto aquí estas piedras?

La respuesta habitual es: “Alguien”.

Eso ya lo sé yo, pero ¿te imaginas, amigo bloguero, que el primero que puso allí esas piedras se remontara a la noche de los tiempos?, ¿que los árabes, los godos, los romanos, los celtíberos pasaran por allí y todos se hicieran la misma pregunta?

—Quid cognum petrus colocavit? —se rascaría la nuca, intrigado, el centurión.

Pues entretenido en estas cosas he pasado yo el fin de semana.

UNA PERDIDA IRREPARABLE

5 de septiembre de 2009

¡¡Qué rabia da!!Paseando por el monte, de pronto te acuerdas de una cosa que escribiste hace ni se sabe el tiempo, el comienzo de un cuento, más de diez páginas. Sólo faltaba entonces el último estirón, pero no se te ocurría nada. Pasados estos años, de pronto ves claro que con una serie de retoques aquí y allá, con cambiar el nombre del personaje y con apenas otro par de variaciones, obtendrías -como si dijéramos “sin esfuerzo”- un cuento fantástico.

Confortado por esta idea, ilusionado incluso, dejas pasar el verano tranquilamente, y al llegar a la ciudad y volver a abrir tu viejo ordenador... pues... hete aquí que no aparece el cuento. Por más que te tires horas y horas buscando en “Mis documentos”, en las carpetas “Proyectos fracasados”, “Proyectos estúpidos”, “Proyectos sonrojantes” -yo es que suelo ser bastante duro conmigo mismo- es inútil, no hay manera. Despliegas todo: “Mis imágenes”, “Mi música”, “Mis currículums”, por si a la hora de arrastrarlo y archivarlo te hubiera dado, yo qué sé, un cuchuflús, te hubiera cojeado la silla, hubieras sido víctima de un ataque de hipo, en ese preciso instante se te hubiera escurrido el dedo y quedara traspapelado.

Pero todo es en balde.

Igual una de las veces que cambié de ordenador, y aunque mira que yo intento salvar todos los archivos, se quedó atrancado en alguna parte. Uno pensaba que la transferencia estaba hecha por completo y entonces pulsó el reset. Y eso que el sistema suele ser bastante precavido y me avisó varias veces. “Are you sure que Reset?”, “Yes”. "Sure sure?". "Sure". Really do you want borrar todo?". "Que sí, coño, yes".

Al final, la pérdida es irreparable. Aunque ande rondando por tu cabeza, sería prácticamente imposible escribir el cuento de nuevo, y más o menos igual. Porque entre la pereza que te da y que te has roto los nudillos al darle un puñetazo al ordenador...

ELOGIO DE LA EÑE Y DE MONTERO GLEZ

1 de septiembre de 2009



Contaba Carpentier, en El siglo de las luces, que aquellos propagandistas franceses que, desde la isla de Guadalupe, se pusieron a la tarea de traducir al castellano los Derechos del Hombre y del Ciudadano para inocular así las ideas revolucionarias en Tierra Firme, se percataron, "con espanto", de que no habían llevado eñes en su caja de tipos. Es que "¿a quién se le ocurre figurar ese sonido con una letra disfrazada?", protestaban, furiosos. "¿Se imaginan que una noble y majestuosa palabra como Cygne pueda escribirse Ciñe?", decían llenos de cólera. Y poco más o menos que a la dichosa eñe atribuían el ancestral retraso hispanico al uno y al otro lado del océano.

He estado apenas una semana fuera, en el extranjero, y ya echaba de menos mi viejo teclado con esa letra a la derecha de la ele que en Portugal ocupan la ª y la º y en inglés creo que las comillas. Lo echaba de menos porque quería escribir sobre el libro de mi amigo Montero Glez, que me ha estado acompañando este verano y sin aquella letra de la virgulilla no me salía, no sé por qué.

Igual porque las últimas veces que he visto a mi amigo Montero iba tocado con un sombrero así como de ala ancha, con el cual ya me lo pinto mentalmente cuando trato de acordarme de él. Sí, va a ser por eso.

A ras de yerba es el libro que mi amigo acaba de publicar y donde habla de la cosa del furgol. Pero siempre a su manera, con su estilo... otra cosa es insospechable en Montero Glez. Quisiera decir algo que estuviese a su altura, hablar con sus modos restallantes de esa batalla en torno a un cuero que es tópico y hasta obligatorio calificar de "épica". "La poesía del fútbol", "la mística del esférico", "la epopeya de introducir el balón en la red". Cosas así. Pero yo sospecho,sin embargo, que mi amigo Montero no es muy amigo del "tiki-taka", que el prefiere el campo embarrado, las medias bajadas y el pañuelo en la cabeza como Quincoces si fuera menester y lo permitiese el árbitro.

Me ha encantado su visión sobre el fútbol porque Montero no se detiene ni se extasía ni licua el verbo ante un pase maravilloso, un centro medido, una diagonal. Montero ve los partidos, literalmente, "a ras de yerba", atento a lo que pasa sobre el campo pero también, o sobre todo, atento al entrenador que gesticula en la zona técnica, al hincha que a su lado agita una bandera, o al que se zampa un bocadillo, al locutor en la cabina, a las personalidades del palco, al carterista que aprovecha el tumulto, a la prostituta que ronda al jugador a la puerta de las concentraciones... A la vida misma que, pese a todo, siempre importa más que el resultado.

He esperado a reencontrarme con mi viejo teclado y mis letras de siempre para expresar mi admiración por el maestro Montero Glez.

IMPRESIONES DE PORTUGAL: y 3 - LISBOA Y LOS MEDIOS DE LOCOMOCIÓN

30 de agosto de 2009´

Sobre el mapa, lo tenía todo muy bien planeado: desde Carcavelos, por la Avenida Marginal, y después de una breve parada ante la Torre de Belem y el Monasterio de los Jerónimos, siguiendo por esa misma carretera, sin desviarme, llegaría hasta la misma Plaza del Comercio. Así, todo recto, alcanzaría el corazón de Lisboa sin incidencia y podría decirse que había triunfado.

Sin embargo, y como dijo cierta vez mi amigo Paniagua, "la vida es dura y el ayuntamiento tampoco lo pone fácil". Apenas pasar bajo el puente 25 de Abril, el sentido de la circulación me obliga, inexorablemente, a pasar por encima de un viaducto e ir a parar, inexorablemente, ya lo he dicho, a la Avenida Infante Santo. Esta avenida me conduce, como hacia unas fauces abiertas, hacia el interior curvilíneo, caótico y enmaranhado de la ciudad. Intento volver a la vía recta y lógica al borde del Tajo, pero bajando por la Rua Buenos Aires, al doblar una curva, me encuentro con un tranvia amarillo, subitamente, de frente. Una de esas pintorescas criaturas lisboetas a sólo unos centímetros de mi parachoques!

Yo, que no estoy acostumbrando a tales fenómenos de la naturaleza, a punto estoy de estamparme contra ella. La esquivo como puedo y luego sigo por la misma vía cuesta abajo, pero ya no sé si me he metido por dirección prohibida, si me he colado en una vía reservada al tráfico tranviario, o si, al final de la calle que cada vez se empina más, me acabaré precipitando por una escalinata. Senhor -musito-, mándame una senhal de prohibido, de ceda el paso, de algo...! Los paseantes lisboetas giran la cabeza a mi paso; no sé si están extranhados de la manera en que conduzco, pegada la cara al parabrisas, o si quieren advertirme de que no siga, insensato de mí, que retroceda ahora que todavía estoy a tiempo...

Al final salgo como puedo de aquel embrollo, aparco todavía no sé muy bien dónde en el Barrio Alto y emprendemos el camino a pie por aquel laberinto de callejas.

De la Plaza Restauradores sale el famoso tranvia de Gracia, que asciende por esa calle casi en vertical sólo unos metros hasta llegar a una calle de más arriba. Nos subimos y el conductor cierra la puerta metálica de fuelle, vestigio sin duda del siglo pasado, o aun del anterior. Cuando el tranvia llega arriba, unos segundos después, el conductor pasa a la otra parte del vehículo y se pone a cobrar a los que quieren bajar.

Cerca del Rossio tomamos también el famoso Elevador de Santa Justa, un ascensor metálico de la época (por el aspecto) de la Torre Eiffel que te lleva también a una plaza de los barios altos. En un cartel antiguo en la cabina pone que la subida cuesta 20 (escudos, imagino, o céntimos de escudo) y el descenso 15. Pero eso era antes: ahora, por subir o bajar, da lo mismo, cobran 1,40. Precio de turista.

Por el pintoresquismo y el capricho de la menina nos pasamos el día subiendo y bajando, pocas veces mejor dicho, de tranvias, ascensores y funiculares lisboetas. Llega un momento en que ya no recuerdo si he subido a ese tranvía o no. En medio de la confusión, llegamos a la Plaza del Comercio. Parados en una esquina, vemos como ante nuestros ojos pasan, en apenas unos segundos: tranvias amarillos y rojos de aspecto antiguo, otros más modernos con aspecto de AVE, autobuses urbanos de un piso, otros turísticos de dos, microbuses, taxis negros o amarillos, parece indistinto... Todos surgen por un lado, paran en el centro de la plaza, sube y baja gente y luego desaparecen por el otro. Así continuamente, sin un momento de respiro...

Dónde irá toda esa gente? Allí parado en un lado de la plaza, entiendo a Pessoa y su afán por querer ser otros. Otras personas con otras tareas, que van y vienen de otros asuntos, tienen otros títulos de transporte y suben a otros medios de locomoción.

IMPRESIONES DE PORTUGAL: 2 - CASCAIS Y LAS CASAS DE COLORES

28 de agosto de 2009



En Carcavelos, poco antes de llegar a Cascais, donde me alojo, encuentro un club de jazz con actuaciones en vivo situado justo encima de un túnel de lavado. Por menos de esto se puede comenzar una buena novela.

Algo parece haber en toda esta parte de Portugal divertido, chocante, ilógico... Es una región llena de curiosas combinaciones. En Cascais, donde las casas se suceden en distintos y vivos colores, el tren pasa junto a la playa a apenas unos metros de las sombrillas y el rumor del océano. No por esto el paisaje deja de ser hermoso... diría incluso que aumenta su belleza. En todos los restaurantes italianos se anuncia, con la misma letra destacada que las pizzas, platos japoneses de sushi. En la Praia de Pescadores, donde unos carteles anuncian que se desaconseja el banho, hay un importante tumulto de banhistas...

Esta comarca, llena de motivos chocantes, parece un lugar ideal para inspirarse...

Aparte de esto, los portugueses, al menos los de esta zona, hablan muy bajito, muy muy bajito, casi en susurros. Parece que te estuvieran proponiendo un trapicheo, ofreciéndote mercancia robada, material pirata, artículos de contrabando. Algunas veces, efectivamente, se trata de eso.

-Cómo dice usted? Un rolex? Perdone, pero eu no comprendo. Falsificado? Como no alce un poco más la voz...

Aunque también es posible que seamos nosotros, los espanholes, quienes usemos un tono demasiado alto. O bueno, no quiero generalizar tal como está el nacionalismo y se ha puesto de complicado eso de ser espanhol. Es posible, digo mejor, que seamos los madrilenhos de Tetuán-San Blas quienes hablemos demasiado alto. Debería bajar un par de tonos para entrar en el concierto de las naciones civilizadas? SER o no ser?, esas cuestiones me planteo aquí en Carcavelos.

IMPRESIONES DE PORTUGAL: 1 - ÉVORA O LOS NÚMEROS CAMBIADOS


26 de agosto de 2009

Entramos en Évora por la Porta de Avis. Y no, no estoy usando el plural al modo mayestático, para darme importancia; es que, a diferencia de otros vagamundos como Andersen, Thoreau, Cela o Labordeta, yo viajo acompanhado de la mujer y la hija. "Viajes a media pensión", podría llamarse este nuevo género.

Al entrar por esa parte en el recinto amurallado de Évora, desembocamos en una hermosa plaza, Largo de Avis, de pavimento empedrado y edificios de sabor antiguo, maravillosamente concertados por los toldos blancos de los comercios. Una imagen exótica y encantadora que mucho hay que agradecer al patrocinio de Cafes Delta.

Tras pedir, como tenemos por costumbre, un mapa en la Oficina de Turismo, llegamos a la Praça de Giraldo, principal de la ciudad y nº 1 del mapa. Un amplío y hermosísimo espacio en el que destacan sus casas de balcones en caprichosa, casi caótica hilera, lo que crea, sin embargo, una pintoresca perspectiva.

Nos adentramos luego, siguiendo el orden del mapa, hasta la Catedral gótica, con ribetes platerescos, a la que están ligadas muchas de las gestas de los navegantes portugueses. A continuación vienen el Convento dos Lóios y el Palacio de los Duques de Cadaval, con su arquitectura híbrida entre el manuelino y el mudéjar. Siguen las ruinas del Templo Romano de Diana, erigido el anho 1467 y que muestra reminiscencias del gótico tardío.

-Eh? -exclama mi mujer.
-Eso pone aquí.

Un poco más allá, destacadas como nº 11, se alzan las Termas Romanas, un edificio contruido a instancias de Doña Leonor de Lancaster y donde se guarda un suntuoso retablo de talla barroca.

Tras un largo rato de buscar el retablo, mi mujer y yo, y hasta la ninha, llegamos a la conclusión de que, en algún momento, se ha producido un error de imprenta y los números se han descabalado. Con un poco de paciencia, seguramente recuperaríamos el hilo, detectaríamos el error y lo corregiríamos, pero, aparte de que nos da cierta pereza, descubrimos que Évora, descabalada, sin perder su belleza ha adquirido un tinte surrealista que la hace todavía, si es posible, más hermosa. La Universidade, por ejemplo, es un recinto megalítico de 60x30 m. con una centena de monolitos dispersos procedentes del periodo neolítico. El Convento da Graça es una obra de ingeniería utilísima que en su día permitió llevar el agua a la ciudad. En la Biblioteca Pública se celebra cada semana un mercado de productos hortofruticolas...

TIPOS DE GENTE

22 de agosto de 2009

Quizás porque creo estar en mi mejor momento, porque todo ese esfuerzo de aprenderme las tildes parece que ha dado resultado, porque ahora realmente disfruto escribiendo, me lleven donde me lleven las letras, pero, al fin, es un placer sentarse ante el teclado, quizás por eso es que me han dejado muy impactado dos biografías que, en días consecutivos, ha publicado el diario "El Mundo". Bajo el epígrafe Juguetes rotos, trataba de la vida de dos personajes que acabaron realmente mal (se suicidaron ambos).

El primero fue un escritor colombiano de nombre Andrés Caicedo, quien, después de una vida atropellada y a lo rebelde, urbanita y rockera, después de haber escrito una novela titulada Que viva la música, a la edad de 25 años se tomó 60 pastillas de seconal porque, según él decía, vivir más allá de esa edad "es una vergüenza". Sobre este autor escribe un panegírico el también escritor, cubano en este caso, Raúl Rivero, quien dice que "a los diez años [Caicedo] comenzó a leer y a escribir como si los suyos fueran años de 24 meses, sin estaciones para fiestas, sin fines de semana y sin fechas vacías".

"Vive rápido, muere joven y tendrás un bonito cadáver", ésa, en frase creo que de Sid Vicious, parece ser la filosofía.

Al día siguiente, en la misma sección, Juguetes rotos, Javier Villán escribió sobre la figura de Juan Belmonte, famoso torero y también suicida. Sólo un inciso: ¡qué bien escriben los críticos taurinos! Te gusten o no los toros, entiendas o no de pases, suertes y estilos, siempre es un placer leer las crónicas de Villán, como de los Zabala o en su día las de Joaquín Vidal. Villán cuenta cómo Belmonte se pegó un pistoletazo el 8 de abril de 1962, cercano ya a los 70 años, en su cortijo de Gómez Cardeña, una finca que había logrado adquirir tras una vida de triunfos y abucheos, de ovaciones y almohadillas, desde los comienzos más bajos, "en pensiones de mala muerte de un torerillo pobre", dice Villán, hasta aquel "despacho de ganadero y señor de las marismas". Por el camino, Belmonte revolucionó el toreo, conoció y trató a la intelectualidad de la época y, sobre todo, conoció y trató también a miles de mujeres. Aunque a su manera. Si Ignacio Sánchez Mejías, por ejemplo, paradigma del torero culto e instruido de la época, llevaba "una vida sentimental", Belmonte "era un follador al que la afición al catre y al mujerío estuvo a punto de apartarle de los toros", dice Villán. Y la causa de pegarse un tiro fue ver cómo se avecinaba la decadencia y cómo ya no podía rendir sobre el cuerpo de una mujer.

Imagina Villán el momento del suicidio: "Pero en esos momentos definitivos el recuerdo no le bastaba; incluso el recuerdo más feliz era seguramente una maldición [...] Lo único que persistía, inamovible e inclemente, era la espuela del deseo; soledad pura y dura".

Llevó dándole vueltas, como digo, a esos dos artículos y a las dos formas tan diferentes de quitarse de enmedio. Y será porque Rivero se nota que sabe mucho de libros, ediciones, reediciones, generaciones y demás, y Villán sabe mucho de la vida, que a mí Caicedo, con perdón de su familia, me parece un niñato que ni supo ni quiso enterarse de qué iba esta historia, y Belmonte me parece un tipo admirable, cabal, sabio y sensato. Un señor de los de antes.

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