En El mundo es oblongo
Primera entrada, titulada:
EMPEZAR DE NUEVO
14 de julio de 2010
Ahora que todavía no se ha apagado el eco de las vuvuzelas -estoy pensando seriamente en derramar aceite hirviendo sobre el pesado de mi vecino de abajo- y que en España aún reina un ambiente de contento, euforia y optimismo, emprendo aquí una nueva andadura bloguera con una bitácora titulada El mundo es oblongo.
-¿Por qué? -te preguntarás, amigo bloguero.
Porque, efectivamente, nuestro planeta no es redondo, sino achatado por los polos. E igual forma creo yo que tiene el resto de la realidad. Lejos de la perfección esférica, que seguramente sería muy aburrida, nuestro hermoso mundo está lleno de imprevistos, sucesos, peculiaridades que le dan esa fascinante forma irregular.
-No -me interrumpirás, amigo bloguero-. A lo que me refiero yo es a qué venir ahora, con lo contentos y anchurosos que estábamos, con la sonrisa que teníamos y lo a gustito que dormíamos por la noche.
Sé que llego como la huelga de metro, como el debate sobre el Estado de la Nación, como la subida de la tarifa de la luz... esas fatalidades que devuelven a la cruda realidad a la gente que todavía encuentra confetti en los bolsillos de los pantalones. ¡Qué poco dura la alegría en casa del pobre!, dice el refrán. De todo eso soy consciente, amigo bloguero, pero como me dijo en un comentario un amable compañero: "once a blogger, always a blogger"...
Una vez bloguero, siempre bloguero.
Yo tenía previsto hacer mi ausencia más larga, tomarme unas extensas vacaciones, pero a los dos o tres días de clausurar mi anterior blog, al andar por la calle, al entrar en un bar, al subir al autobús, no hacía más que ver tipos y situaciones que me movían a escribir una entrada. Pronto sentí el "mono" de publicar y de pasearme por las bitácoras de otra gente a ver en qué andaban metidos, de volver a implicarme en este extraño y deslumbrante mundillo. Un universo lleno de gente creativa e interesante al que cuesta mucho renunciar. Aunque a veces caiga uno rendido encima del teclado o llegue a su lugar de veraneo y lo primero que haga es preguntar dónde hay un cíber. A pesar de todo eso, uno vuelve a sentarse ante la pantalla.
Son las cosas que tiene la oblonguez.
ESTE BLOG TIENE SU CONTINUACIÓN
GRAN VÍA (FINAL DE TRAYECTO)
21 de junio de 2010
Cuando abrí este blog, hace tiempo, ya en la primera entrada me califiqué de "disperso". No era acérrimo de ningún estilo, conocedor exhaustivo, connoisseur, de ningún arte, gourmet siquiera de ningún plato. Hoy, transcurridos más de dos años, sigo igual, pero la cosa ya no tiene importancia. Quiero decir, que quizás tampoco sea tan malo ser disperso o, si se quiere, andar desubicado.
A mí me encanta el campo, por ejemplo, pero al mismo tiempo, ¿por qué no?, y seguramente con la misma intensidad, me siento urbanita. Hace unos meses que me han trasladado de destino y, a día de hoy, trabajo en el centro de Madrid. Centro quiere decir junto a Cibeles, esa gran plaza donde confluyen Alcalá, el Paseo del Prado, Recoletos..., las principales vías de la ciudad. Probablemente, Cibeles sea la plaza más bonita de Madrid, y no creo que desmerezca demasiado de las más bellas del mundo. Con su famosa fuente en el centro, sus majestuosos edificios en las esquinas, los frondosos árboles del Cuartel General del Ejército... Si miramos hacia el horizonte, a esta mano, asoma arriba la puerta de Alcalá; a este otro, la celebre cúpula dorada de Metropolis, donde arranca la Gran Vía...
Pero la plaza, sobre todo, es hermosa por su trasiego de gente.
Creo haber comentado aquí alguna vez que me fascina contemplar la actividad humana. No la aglomeración, ni el gentío, ni la masa, sino las personas yendo y viniendo cada quien con su propósito determinado. Yo entro a trabajar a las ocho pero —¡seré memo!— no me importa madrugar y llegar antes a la plaza de Cibeles. Según salgo de la boca del metro, en lugar de torcer hacia mi trabajo, me gusta echar a andar Alcalá arriba, sin demasiada prisa entre la gente que baja y sube con premura porque llega tarde a fichar, entre repartidores de periódicos, turistas despistados, burócratas sonmnolientos, estudiantes con cara seria, agentes de la autoridad...
Suelo subir por la acera de la derecha, la más amplia, hasta la parroquia de San José. Cruzo, entre un mar de gente, por debajo justo del edificio de Metropoli, y emprendo entonces el descenso por la acera de la izquierda. Cualquiera que, desde una de las terrazas de los grandes edificios que orillan la avenida, reparase en mí, en esa pequeña hormiga en medio del desfile, no dudo que me señalaría con el dedo y diría al de al lado: "Mira, mira ese tonto, que parece andar en círculos".
Pero no te creas que me afectan esas críticas, amigo bloguero. Que digan lo que quieran.
Me impresiona esta explosión cotidiana de la vida, hoy, sin ir más lejos, primer día de verano de 2010. Me gustaría tener palabras para describir el bullicio en torno, la gente que sube, el sol que comienza a definirse entre las cúpulas... Pero ocurre que yo no soy un escritor. No lo soy -confirmo mientras paso junto al Círculo de Bellas Artes-. Soy sólo un peatón que soñó con escribir. Es muy distinto. A veces engañoso, pero es distinto.
Alcalá abajo, casi de vuelta en Cibeles, pienso que la literatura aún puede, pese a todo, permitir un último milagro, incluso a los simples viandantes que garabatean papeles. Gracias a ella, le resulta a uno posible detenerse en el tiempo. Pararse en este hermoso día, pletórico de actividad, en que la vida -ya sé que no es moderno lo que voy a decir- se muestra como es: tan hermosa que duele. Quedar anclado mientras la realidad, mañana, seguirá corriendo hacia adelante.
FIN DEL BLOG
A ESTO LLEVAN LOS EXCESOS
Aquí concluye esta andadura, amigos blogueros. Infinitas gracias, por supuesto, a los que me han acompañado durante algún trecho, por pequeño que haya sido. Creo que unos días más que otros, pero hemos pasado algunos buenos ratos. Seguiré rondando por vuestros blogs y seguramente pronto vuelva a emprender una nueva caminata. Quizás sea demasiada confianza pediros que os paséis de vez en cuando por aquí, por si hubiera iniciado un nuevo proyecto...
A VECES, ME QUEDO ADMIRADO
17 de junio de 2010
Ayer mismo me comentaba mi hija, de seis años, que si tú estás escribiendo, por ejemplo, y quieres explicar algo de lo que escribes, lo tienes que poner “en transparensis”. Yo al principio quedé asombrado, pensando si no sería un nuevo método educativo, algo relacionado con el Plan Bolonia, hasta que al fin, varios minutos después, caí en la cuenta de que quería decir “entre paréntesis”.
—Sí, hija, sí, claro que sí. Cuánto sabes ya —respondí lleno de orgullo.
Mientras yo veía en la televisión el partido de España contra Suiza, y me enfadaba y emitía improperios porque nuestro extremo derecho no colgaba bien ni un balón, ella, a mi lado, recortaba cuidadosamente cartulinas de colores y me pedía prestada la grapadora porque iba a hacer un cuaderno en el que poner sus pegatinas. “¿A que me ha quedado bien?”, me preguntó después de un largo rato de trabajo. “Fenomenal”, le respondí maquinalmente, tras un somero vistazo. Y luego, en dirección a la pantalla, grité: “¡Pero céntrala ya, coño!”.
Por la noche recordé que, cuando yo era crío, me gustaba también unir cartulinas y folios con grapas, con hilo, incluso con papel cello. Hacía así pequeños cuadernos, les ponía mi nombre en la primera cartulina y me imaginaba que eran libros escritos por mí.
Hace unas semanas —¡cuando hacía buen tiempo!— me fui con mi pequeña familia al Parque Sindical. Ahora se llama Conjunto Deportivo Ciudad Puerta de Hierro, o algo parecido, pero cuando mis padres me llevaban a mí tenía ese nombre de reminiscencias franquistas, "Parque Sindical". La pileta sigue siendo la misma, las instalaciones, aunque reformadas, yo creo que siguen estando en el mismo sitio, y juraría que los árboles bajo los que puedes sentarte a comer eran los mismos que en mi época.
Estuve observando cómo mi hija peleaba con su madre porque ya no quería que le echara más cremas, cómo se tiraba en lo que ella creía una bomba magnífica, cómo se retaba a sí misma a alcanzar buceando la escalerilla, cómo se colocaba frente al chorro del que sale el agua de la piscina y se extrañaba de que no hubiera más gente allí, con lo que mola eso. Luego salió y se tendió al sol en las baldosas, porque se está mucho mejor que en la toalla, y, tiritando pese a todo, miraba por debajo del brazo la silueta del monte de El Pardo que, esto seguro, no ha variado nada de un siglo a otro. Me acerqué y le dije: "¿A que te apetece un polo de naranja?". "¡Sí!", exclamó, y se me quedo mirando con asombro, alucinada de que su padre le hubiera leído el pensamiento. 
PRIMAVERA DE LLUVIAS
15 de junio de 2010
Este fin de semana ha llovido, pero de otra forma. Estuve en el pueblo y no es lo mismo andar de forma rápida, arrebujado en el abrigo, como en las tardes de invierno, el vaho formando una densa nube delante de ti, que salir al campo a pasear apenas ha escampado. Cuando todavía caen gotas de los aleros y de las copas de los árboles.
Es primavera, casi verano, anochece pasadas las diez, y el aire está fresco, como renovado. Huele todo de manera fragante y por el camino, delante de ti, se desliza esforzadamente algún caracol. Algún caracol o, lo que es peor, alguna babosa, negra, como bruñida y repugnante, el animal más feo de toda la Creación. Bajo tus pies, el sonido característico de la tierra húmeda: crass, crass, crass..., o mejor: crunch, crunch, crunch... bueno, es difícil de describir.
Comienzan ya a trinar los pájaros y el paisaje está verde, reluciente, templado. La situación invita a tenderse en una pradera o sentarse en una roca a contemplar la naturaleza y extasiarse con ella, pero ocurre que está todo mojado y si uno, como sería su gusto, se sienta en un canto dispuesto al éxtasis, acaba por mancharse los pantalones y luego le regañan en su casa:
—Mira cómo vienes, todo el culo mojado. Como para agarrarte una pulmonía, ¿en qué estarías pensando? Anda, pasa dentro y cámbiate.
Así que, amigo bloguero, ya sabes, si sales al campo a extasiarte tras una lluvia primaveral, mejor es que te lleves un mantelito para ponértelo bajo las posaderas. A no ser que quieras, claro, extasiarte de pie. Pero no te lo recomiendo.
Por la noche vuelve a llover y a la mañana, aunque no caen gotas, la gente sale a la puerta de sus casas, mira al cielo antes que nada, y se hace entonces una ancestral pregunta, esa pregunta originaria que el ser humano lleva millones de siglo planteándose. ¿Lloverá o no lloverá? Estoy seguro que el primer sonido que, allá en las cavernas, articuló el australophitecus fue para preguntarle a su compañero de clan: ¿tú crees que esta tarde va a llover?
—Yo creo que sí –diría su compañero.
—Pues yo creo que no —diría otro australophitecus, un poco más allá.
Y esta es la clave, amigo bloguero, de que a lo largo de la historia siempre haya habido disputas entre los seres humanos.
Si finalmente, y como yo había predicho, llueve, uno se queda en casa jugando a las cartas. Para las tardes primaverales en que llueve, lo mejor es el tute subastado. O el chinchón. El póker es un juego nocturno; el mus es más de sobremesa. Para las tardes primaverales en que llueve, los mejores son los juegos en que hay que apuntar, mientras afuera suena el caer de las gotas, pasa lejos algún coche y de la cocina llega ya el olor a café.
Van Gogh: Campo de trigo bajo la lluvia
HABLANDO EN CHINO
10 de junio de 2010
Yo con los comerciantes chinos siempre he tenido una relación digamos… extraña, o mejor, ¿se puede cambiar?, surrealista.
Hace años, cuando comenzaron a instalarse en nuestro país, en los lejanos tiempos en que se revelaban las fotos, bajaba yo con mi cámara a una tienda que habían montando enfrente. El primer día, al recibir yo las fotos reveladas, una china se plantó de pronto frente a mí y me espetó esta terrible frase: "Albuncalete". Yo la miraba con cara de sorpresa, pensando si quizás me estuviera insultando en chino. No sé, igual había visto algo en las fotos que había ofendido su sensibilidad, de modo grave, además, como para llamarme eso: "Albuncalete". Además, cada vez me lo decía de forma más perentoria, llegué a temer incluso que me fuera a agarrar del cuello y sacudirme. "Albuncalete", "albuncalete" no paraba de repetir. Yo ya, sinceramente alarmado, acabé por agacharme y protegerme la cabeza con las manos. Qué triste perder la vida así, pensé, en una tienda china de revelado de fotos.
Por suerte, un cliente que había allí, y que sin duda había pasado antes por la misma terrible experiencia, me aclaró que en realidad la china lo que me estaba preguntando es si, como regalo por el revelado de las fotos, prefería un álbum o un carrete.
-Anda, coño -dije yo, todavía tembloroso-. Pues no sé. Un álbum. Ese verde mismo.
Los tiempos y la fotografía digital acabaron con esos pequeños comercios chinos de revelado de fotos, pero en su lugar llegó la invasión de bazares. Ah, los bazares chinos, esos comercios en los que uno puede encontrar de todo, es más, puede encontrar aquellas cosas que prácticamente ya no se venden en ningún establecimiento.
Yo suelo ir a comprar a estos bazares, y en la mayoría de los casos se ha reproducido esa curiosa relación que mantengo con los comerciantes de ojos rasgados. Ayuda un poco el que los dependientes, en el común de los casos, no sepan una palabra de español, que también hace falta valor para abrir un comercio en estas condiciones. Lo normal es que la gente pase dentro y se ponga a hurgar entre los estantes en busca de lo que quiere, luego va a la caja y el dependiente se limita a decir "un eulo", "dos eulos", "tles cincuenta". Ocurre, sin embargo, que a mí me da miedo pasar dentro de los bazares chinos, porque luego tengo pesadillas por la noche; sueño que me caen encima esos grandes jarrones, que me atacan los perros de porcelana, que me cercan y asfixian tantos objetos de inenarrable belleza como hay allá dentro. Así que le pido las cosas al dependiente. Y se las tengo que pedir por señas.
A mi hija le gusta mucho hacer puzzles y cierta vez fui a un bazar chino a comprarle uno, porque me dijeron que allí estaban muy baratos. "¿Puzzle?" me preguntó el chino con los ojos desorbitados. "Sí, puzzle -intenté explicarme-, esa cosa que viene en una caja, en fichas pequeñitas, que se monta y...". "Ah, sí, sí", dijo el chino. Y se fue para dentro y me trajo un embudo.
En cosas de ferretería yo creía que iba a ser más fácil entenderme. Fui a comprar un martillo y le dije al chino de la puerta que quería "pum, pum", e hice el gesto de martillear con la mano, para clavar un clavo. Yo creía que ese gesto podía ser universalmente entendido. "¿Clavo?", me pregúntó el chino. "O una alcayata, me vale igual". "Ah, sí, sí", y se fue para dentro y me trajo un paquete de pilas.
Estas cosas no sólo me ocurren a mí. Me contaba el otro día mi cuñada que fue a comprar una flores secas para poner en un centro de mesa, esas flores que dan olor. Estuvo rebuscando por la tienda pero, al no encontrarlas, le explicó al dependiente lo que quería. "Flores... secas... así pequeñas... que vienen en una bolsa... que huelen bien". "Sí, sí", dijo el dependiente. Y se metió por un pasillo y volvió, triunfante, con un rollo de papel Albal.
ESA SENSACIÓN DEVASTADORA
7 de junio de 2010
Estoy leyendo El hombre que amaba a los perros. Una novela devastadora.
El hombre que amaba a los perros apareció el año pasado y es obra del autor cubano Leonardo Padura. El libro narra los últimos años del dirigente soviético León Trostsky, caído en desgracia por el ascenso de Stalin y que, desde los distintos países por lo que va pasando en busca de asilo, asiste entre perplejo e indignado a la Gran Purga que su rival está llevando a cabo en la Unión Soviética. Una Purga que pone fin al sueño bolchevique y de la que bien sabe Trostky él es el elemento final. En paralelo a la progresiva caida del viejo lider revolucionario, que acabará su periplo de exiliado en México, asistimos a cómo en los campos de entrenamiento soviéticos se está llevando a cabo la preparación de Ramón Mercader, un soldado extraído de la Guerra Civil española y que sería finalmente el encargado de asesinar a Trostky una tarde de agosto de 1940.
El hombre que amaba a los perros, pese a lo que pueda parecer por este apresurado resumen, no es una novela de peripecias, ni de intriga, ni de acción. Es una gran novela donde, como en las mejores novelas, se dilucidan cuestiones que no pueden dejar de concernir al lector. Cuestiones como por qué luchar, hasta cuándo, cómo, y, sobre todo, a qué precio. Traspasada de trascendencia, la novela nos habla de una época pasada, pero con tamaña fuerza y tamaña viveza que nos damos cuenta de que las preguntas no están superadas, que siguen latiendo junto a nosotros aunque tratemos de olvidarlas, que son la clave de la condición humana.
He dicho que el El hombre que amaba a los perros en un libro devastador porque, de pronto, rompe con todos tu pequeños sueños e ilusiones y te coloca a tu altura real. Cuando uno lee lo que ahora triunfa, esas novelas, por ejemplo, de vampiros contra hombres lobo, o esas búsquedas alocadas del Santo Grial, piensa que él también, ¿por qué no?, puede llegar a ser un escritor. Y si lee el famoso endecasilabo "tú me llamas, amor, / yo cojo un taxi", piensa asimismo que puede llegar a ser poeta; y si lee alguna columnas de "El País Semanal" no duda que podría sentar plaza de pensador y filósofo. Y de este modo se anima a sí mismo, y la gente, amablemente, le da palmaditas, y recibe unos cuantos aplausos y unos premios dispersos y ya se considera alguien. Hasta que, de pronto, lee una novela de verdad, una novela en serio, y comprende entonces cuál es su sitio.
Decía mi amigo José Marzo que en literatura hay gente que cree estar volando alto y majestuoso como un águila cuando en realidad se está arrastrando por el suelo. Para no ser tan gráfico y reptil como la metáfora de mi amigo y venir a mi caso en concreto, diría que hay gente que cree estar atravesando grandes y lujosos salones cuando en realidad está andando agachado, y enredado, entre las telas de un mercadillo.
Aunque aún no la he terminado, da lo mismo. Puedo asegurar que la novela de Padura es magnífica y Padura un escritor sobresaliente. Realmente un escritor, profundo y serio. No un tío banal, que escribe chistes y hace gracias y se pelea con las anécdotas, y que para escribir algo como El hombre... tendría que nacer de nuevo y ponerse al empeño desde la cuna, y aun así es dudoso que lo consiguiera.
En fin, esto es lo que hay. Tampoco hay que llevarse mayor berrinche. Seguiremos deambulando por este baratillo, qué le vamos a hacer.
TRABAJO DE PASEANTE
5 de junio de 2010
En estos días se reúne en Sitges el Club Bilderberg, un grupo formado por las personas más influyentes del planeta tanto a nivel económico como político como empresarial. Pues bien, yo ya hace tienpo decidí que este año no iba a asistir a la reunión. Por más que insistan. Ya estoy cansado de todos esos rollos... que si el Who´s Who, que si la Lista Forbes... no son más que pérdidas de tiempo, así que conmigo que no cuenten.
Cuando éramos chavales, los del barrio nos hacíamos nuestros planes de futuro, y todos imaginábamos llegar a grandes puestos. Arturo, por ejemplo, al que me encuentro algunas veces en su puesto de reponedor en un supermercado, aspiraba a ser científico, descubridor de alguna vacuna; Felipe, que acabó heredando de su padre la droguería, soñaba con participar en los programas de la NASA.
Ninguno ha alcanzado su meta. Ernesto, que era el que más alto apuntaba y quería ser dentista, ha acabado de barrendero para el Ayuntamiento; y Eloy, cuyo deseo era implicarse en la lucha obrera y batallar por la revolución social, está actualmente de consejero delegado, CEO (chief executive officer) en una multinacional.
Yo, en aquellas ensoñaciones juveniles, siempre proclamé que quería ser paseante. Que mi mayor anhelo era ganarme la vida yendo de aquí para allá, sin nada especial que hacer. Mis amigos me miraban raro, pero yo no entendía la razón. Puedo ser un ceporro para bastante cosas, pero no se me da mal pasear. En serio. Es un trabajo muy gratificante y para el que, sinceramente, considero que no todo el mundo reúne las condiciones. En esto, como en todo, hay mucho aficionado.
Yo aún aspiro a poder trabajar, finalmente, de paseante. Llevo preparándome muchos años; preparándome duro, además. Mi mayor sueño, lo digo ahora, sería poder escribir en un periódico local (no aspiro a más), contando mis deambulaciones por un lado y otro, describiendo tal situación que vi, tal edificio que me pareció curioso, unas palabras sueltas que encontré en la calle, una persona peculiar con la que me crucé. Narrar mis paseos en la forma más amena que me sea posible y que la gente pase unos cuatro o cinco minutos agradables mientras lee.
Ese ha sido mi objetivo desde chaval, y me resisto a enterrarlo definitivamente. Así que aprovecho esta entrada para lanzar mi demanda, por si alguna empresa estuviera buscando cubrir un puesto de paseante. A quien pueda interesar, mis señas son... 
EL GRAN TIMONEL
1 de junio de 2010
Causa mucha grima estos días escuchar los debates en el Parlamento o pararse a leer la prensa política. Y no lo digo por la demagogia que abunda en unos y en otros, ni por los argumentos y las razones muchas veces estúpidos con que disculpan sus posturas. No, no lo digo por eso. Lo digo porque en la actualidad, en el terreno político, reina una insultante falta de creatividad, y el tópico más manido y predecible se ha adueñado del panorama.
Cuántas veces no habremos oído, en estos días, el simil aquel de que el presidente de la nación es como el que está al timón de un barco. Para unos, se trata de un timonel tan malo y con tan poca orientación que lo está llevando hacia los acantilados y acabaremos como los del Titanic; para otros, muy al contrario, está dirigiendo la nave con pulso firme en medio de la tempestad. Opine cada uno lo que quiera, pero lo que está claro es que ni un partido ni otro dejan de recurrir a esta metáfora naútica, y de ahí difícilmente salen.
Alguno ha intentado lanzar la imagen de que el presidente es como el cirujano que va a operar y le tiembla o le deja de temblar la mano. Pero esta comparación es tan sosa y tan desaborida que al final acaban volviendo a lo del timón. ¡Venga el dichoso timón y si lo lleva con pulso firme o con pulso temblequeante!
A mí esto me resulta ya, sobre previsible, aburrido. Me gustaría que las imágenes se renovaran, que tuvieran más fuerza, que entre Gobierno y Oposición hicieran un esfuerzo creativo y, por ejemplo, se levantara el líder de la Oposición para decir:
-Señor presidente. Es usted como el obrero que está haciendo agujeros en la calle con un martillo neumático a la hora de la siesta. Todo el mundo le dice que pare ya porque no deja dormir a nadie, pero él ni caso. Hasta que en esto topa con un cable de la luz y no es lo malo que se electrocute usted, que le está bien empleado, sino que deja a oscuras a todo el vecindario.
Inquietud entre las filas socialistas. El presidente de la Cámara dice:
-Tiene la palabra el representante de Coalición Canaria.
-Señor presidente -dice el representante canario-, yo le veo más bien como el atleta de lanzamiento de disco que está dando vueltas sobre sí mismo para tomar impulso, pero comoquiera que sea se pasa de vueltas, pierde la orientación y acaba lanzando el disco en dirección contraria, acertando en la cabeza a los atletas que en esos momentos están prestos a tomar la salida de los 100 metros lisos.
Ante estas críticas, el presidente se decide a ejercer su turno de réplica.
-Señores diputados -carraspea-, déjenme que les diga cómo me veo yo. Yo me veo como el repartidor de butano que sube hasta el quinto con dos bombonas y una vez allí la señora le dice que se ha equivocado y que sólo quiere una. Con lo cual, además de haber subido doblemente cargado para nada, tiene que bajar las escaleras con una bombona llena a cuestas -ovación en la bancada socialista, los diputados de ese partido se ponen en pie- Así funcionan los mercados, señorías -concluye su intervención el presidente.
Con todo esto, nos iremos igualmente a la mierda, pero al menos lo haremos ante el asombro y la admiración del resto de las naciones.

Pajín y Rajoy no salen de su asombro
FIRMANDO EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID
El sábado estuve en la Feria del Libro de Madrid con Eduardo Cruz. A ambos, de natural despistados, se nos echó la fecha encima sin haber publicado libro nuevo alguno. Hay muchas celebraciones durante el año y, la verdad, no podemos estar en todo…
El caso es que, lejos de resignarnos a perder la ocasión de relacionarnos con nuestros lectores, nos colamos en una caseta y nos dedicamos a firmar libros ajenos…
La cosa no se nos dio nada mal… Al menos, hasta que el dueño de la caseta descubrió que ninguno de nosotros dos era Ángela Vallvey… Le costó media hora… En ese rato, a pesar de su cabreo, firmamos y vendimos una cantidad considerable de libros de los que él se llevará un beneficio económico neto y nosotros la satisfacción de haber cumplido un año más con el ritual de la fiesta de las letras por excelencia (a excepción de la que se monta cuando uno termina de pagar su hipoteca).
Después de lo cual, y para celebrar nuestra libertad bajo fianza, decidimos ir a comer a un restaurante cercano con un montón de buenos amigos. El lugar perfecto, la comida excelente, la vajilla mucha, porque tardamos más de cuatro horas en fregarla toda. Tras esta larga sobremesa, en serio que nuestra intención era volver al magno escenario de las Letras con mayúsculas, pero en su lugar decidimos sentarnos al lado del estanque a echar a los patos el pan que, pese a todo, habíamos levantado del restaurante (la mortadela la dejamos para la cena) y de este modo se acabó fraguando una amistad bucólica, poética y palmípeda que espero dure muchos años.
LÁSTIMA DE PERSONAJES
Estoy leyendo a Fred Vargas. Pese a lo que pueda parecer por el nombre, se trata de una autora (en femenino, autora) francesa que escribe novela negra. Sus obras, bastante conocidas, dan una especie de vuelta de tuerca al policiaco habitual, al introducir elementos que hasta ahora le eran extraños. Muchos de ellos están tomados de los best-seller al uso: así los libros medievales que hay que descifrar, los misterios escondidos a veces durante siglos, claves con un cierto toque erudito...
Con esa base, Vargas construye unos enigmas bastante entretenidos, justo es reconocerlo. Entretenidos y originales, en el mejor estilo de las viejas y buenas (y marginadas injustamente) novelas de quiosco. En el debe, yo creo que el estilo de Vargas es sencillamente funcional, no demasiado literario, y desde luego en ningún momento logra crear ese "clima", ese "ambiente" de romanticismo desengañado propio de las grandes novelas negras de Chandler, Hammet, Mac Donald o Hardley Chase... Ni ese ambiente ni, en realidad, ningún otro. Tras unas cuantas páginas, ocurre lo que con tantas novelas fundadas sólo en el misterio y la intriga: que el lector va pasando y pasando hojas, deteniéndose sólo en los primeros párrafos, una lectura en diagonal que se dice, hasta encontrar al fin el nombre del asesino y la explicación al hecho, por ejemplo, de que profanara tumbas en los cementerios.
Pero no quería yo hablar aquí tanto de Vargas como de la impresión que me ha ocasionado encontrarme, en su última novela, La tercera virgen, al parecer la más vendida en todo el mundo, con un personaje que se expresa continuamente en verso alejandrino. Cada vez que abre la boca, de ella salen párrafos rimados, y si la gente en torno se extraña de su forma de hablar, dice que es una peculiaridad suya.
En la contracubierta del libro se ensalza mucho la figura de este personaje que habla en verso, y en los extractos de críticas que se incluyen con el libro, tanto de France Soir, como del Financial Times, como del Herald Tribune, como de La Gaceta del Taxi, en todos hablan de personajes solidísimos y excentricidades geniales.
Pues bien, el caso es que a mí, hace años, se me ocurrió un personaje similar para una novela, un tipo que hablara continuamente en verso. Consulté la idea con mi amigo Paco.
-Eso es una gilipollez.
Mi amigo Paco es un chico muy serio. Siempre se lo digo, de hecho:
-Paco, eres un chico muy serio.
-Afirmativo -me responde.
Así que, como igual no me bastaba con su opinión, le pedí también un veredicto sobre el personaje versificante a mi amigo Marcelino. Y su respuesta fue:
-Eso es una completa estupidez.
-¿Estás seguro?
-Sí, seguro. Y haz el favor de no preguntarme más chorradas.
Así que, finalmente, decidí no seguir adelante con ese personaje; es más, decidí clausurar la novela de la que iba a ser protagonista. Y ahora hete aquí que me encuentro a un personaje versificante alabado de punta a punta del globo y por los diarios más importantes. ¿Qué hacer ante esto?, me pregunto. ¿Dejo de leer a Fred Vargas?, ¿dejo de juntarme con mis amigos?
De nuevo estoy enfrentado con mis dudas.
Mi amigo Paco, que ya he dicho que es muy serio, mientras se le quemaba la casa
GENERACIÓN EXTRAÍBLE
24 de mayo de 2010
Recordarás, amigo bloquero -no ha pasado mucho tiempo- aquella época en que la gente, según aparcaba el coche, extraía el radiocasette de la guantera y se lo llevaba consigo a todas partes, para que no se lo robaran. Era, esos viejos "loros", unos cajones negros que pasaban en torno a los dos o tres kilos y que en los últimos modelos incorporaban un asa para que los propietarios los portasen mejor.
Yo he visto a gente sentarse en el sillón de la peluquería con el Punto Rojo, el Blaupunkt o el Pioneer encima de sus rodillas. He visto a catedráticos entrar al aula magna y dejar el radiocasette encima de la mesa, antes de tomar la tiza y ponerse a hacer ecuaciones en la pizarra. He visto, en obras de teatro, cómo el actor principal ingresaba en escena cargado con su "loro", se lo dejaba un momento al apuntador y comenzaba después a recitar su texto con soltura.
Y si sólo fuera eso... Estando en clubes de alterne -aprovecho para saludar a mis familiares, fieles lectores de este blog- he visto a tipos entrar con el radiocasette bajo el brazo, colocarlo sobre la barra y pedir luego un whisky. Si acaso subían a lo de arriba, lo hacían asidos a aquel armatoste -el radiocasette, quiero decir- y lo colocaban de tal manera sobre la mesilla y adoptaban incluso tal postura que nunca lo perdían de vista. En aquella época aún había redadas, y a veces irrumpía la policía y bajaba a golpes de silbato hacia el furgón policial a las chicas y a sus clientes, cargados todos ellos con su "loro", que no soltaban en todo el trayecto hasta comisaría. Sólo cuando el guardia les decía "dejen ahí sus efectos personales" se desprendían -previo recibo, eso sí- de su radiocassette.
Era incómodo aquello, ya lo creo. En la playa, los amigos debíamos bañarnos por turnos, porque alguien tenía que quedarse al cuidado de los radiocasettes. Y en las discotecas era incómodo bailar con aquel lastre -cualquiera lo dejaba sin cuidado en una zona oscura- aunque bien es verdad que daba oportunidad para entablar conversación con alguien del sexo opuesto. "Eso que llevas al extremo del brazo -te preguntaba, por ejemplo, una chica- ¿es acaso un Pioneer?". "Pues sí. Multibanda" -y ponías cara de interesante. ¡¡Cuántas historias de amor no habrán surgido de situaciones así!!
Y todo ello, para que no te rompieran el cristal del coche y te birlaran el loro. Había muchos ingenuos que creían que con meter el radiocasette debajo del asiento estaba el asunto solucionado y se ahorraban cargar con él. ¡Ah, cómo lloraban y aullaban estos listos cuando volvían y se encontraban con la luna rota y el asiento volcado!
En el Rastro de Madrid, que yo supiera, había toda una plaza, la de Vara del Rey, dedicada al negocio de la compra y venta de radiocasettes robados. Quienes habían sufrido un robo opinaban que si la gente no se pasara por plazas como aquélla a comprar y vender, no habría robos. Pero enfrente tenían a quienes opinaban que si los robados no hubieran sido tan listos y se hubieran llevado el radiocasette consigo, como todos los demás, no habría aquellos lugares de compraventa. En estos términos estaba establecido el debate macroeconómico a finales de los ochenta.
En aquellos años, y a raíz de todo esto, yo me hacía muchas preguntas sobre la propiedad privada y, por ende, el sentido de la vida. ¿Merecía la pena todo aquel afán de cargar con el loro a todas partes? ¿No sería mejor dejar de oír la radio pero caminar más libres y ligeros? No llegué a ninguna conclusión, porque primero los frontales extraíbles y luego los lectores integrados de CDs acabaron con aquellos cajones negros y pesados. Yo creía que me habían solucionado, pues, la pregunta, pero me he dado cuenta de que lo único que hicieron fue aplazarla hasta un día como hoy. Hoy se me ha roto la radio del coche y en el taller me han dicho que lo único que puedo hacer ante esto es cambiar de coche. Y yo me pregunto: ¿hemos ido a mejor?, ¿hemos ido a peor?, ¿vamos hacia alguna parte o nos movemos en círculos? 
PERRO CALLEJERO
20 de mayo de 2010
Siempre me ha gustado la estampa de los perros vagabundos. Los perros callejeros, y no sólo por mi pasado turbio y suburbial. Siempre me han causado una honda ternura esos perros que duermen acurrucados junto a las puertas de chapa de los establecimientos, pegados a las señales de tráfico, al fondo de los edificios en ruinas...
Yo tengo épocas de insomnio. Os aseguro que no se lo deseo a nadie. De pronto, a las cuatro de la mañana, se me abren los ojos como dos escotillas y ya no hay manera de volver a conciliar el sueño. Sobre todo, no hay manera de dejar de pensar. A las cuatro, a las cinco, a las seis de la madrugada, en el silencio y la oscuridad de la noche, se ve todo, sin embargo, con una claridad meridiana. Uno advierte las circunstancias de su vida en toda su desnudez y, sobre todo, se le presentan con la mayor nitidez sus carencias y sus fracasos. Lo triste de su curro, lo exiguo de su sueldo, lo aburrido de su vida cotidiana...
Se le presenta el arrumbadero al que han ido a parar sus sueños: las novelas del cajón, el trastero lleno de devoluciones de las librerías, la guitarra con la que uno soñó un día ir a la Costa Azul, como los Stones, a aquellos ambientes soleados del gran mundo en que vivía Picasso, a componer Exile on Main Street... Una guitarra de la que ya hace años no saca una sola nota.
Si algo bueno he aprendido con los años es a no echarle la culpa a nadie de mi mala suerte. No existe la mala suerte, en realidad, ni hay una confabulación empeñada en entorpecerme una posible carrera como escritor. Todo se reduce a algo tan sencillo como no tener talento, o no tener carácter, o no tener ni siquiera picardia para saberse mover en determinadas esferas. Si mi trabajo es triste e insulso, haber estudiado más. ¡Todos aquellos años que pasé en los recreativos, jugando al pin-ball, en lugar de hincar los codos, se me representan en medio de la noche y hasta parecen darme un puñetazo en el costado! Si no he viajado lo bastante, la culpa es de mi falta de decisión a la hora de tomar una mochila y subirme a un avión. Si aún me quedan tantos libros por leer y tantas cosas por saber, el cargo no es achacable a la sociedad, sino a mí, que en contra de la opinión de mis padres y de mis profesores, anduve mucho tiempo haciendo el ganso.
Lo que más me admira de los perros callejeros es que, cuando amanece, y aunque ningún premio parece tener para ellos la vida, sin embargo, a la que sienten un rayo de sol, se levantan, bostezan, estiran con mucho aparato todo su cuerpo, que se ha quedado entumecido, y luego echan a andar con lentitud calle adelante. Esa forma del perro vagabundo de levantarse cada mañana sin esperanza, y pese a todo seguir caminando, me parece mucho más hermosa e impresionante que el canto de los gallos, el trinar de los pájaros y el revolotear de las mariposas con que se saluda el nuevo día. 
CONTRIBUCIÓN A LA CIENCIA (TERCERA Y ÚLTIMA)
14 de mayo de 2010
Yo tenía un humilde sueño: ganar el premio Nobel. Harto de conquistar certámenes literarios sin dotación presupuestaria, o todo lo más una mountain bike, me decidí a ir a por un premio con prestigio y, sobre todo, con dotación económica. Así es como avanza uno muchas veces, a fuerza de golpes y decepciones. Cuando el rey de Suecia me diera el diploma y, lo que es más importante, el cheque, tenía previsto decir en mi discurso: “La sociedad me ha obligado”.
Ahora bien: ganar el premio Nobel… eso se dice muy fácil. Otra cosa es poderlo hacer. Yo tenía claro, de momento, que al de Literatura no podía optar, porque además de que todavía me hago un lío con los triptongos me se da a mí que en ese campo hay muchos chanchullos. Así que, estudiando el caso, me decidí por el de Física. Lo veía como más asequible a mis posibilidades intelectuales.
Y aquí fue cuando lancé, en capítulos anteriores, mi “principio de la imparidad de los cítricos” y mi “principio de la pesadez de los cuerpos precedentes”. Pero en estos días me han llamado varios amigos para decirme que el primero no estaba claro que se cumpliera en todos los casos, y el segundo no dejaba de ser una reformulación, y bastante torpe, de la Ley de Murphy, basada a su vez en el segundo principio de la termodinámica. Vamos, que mis principios no eran ni exactos ni originales.
—Ah vaya —dije yo, algo decepcionado—. ¿Y si me hago el longuis?
—Eso en Física no funciona.
Total, que estos días he andado un poco desmoralizado. Esto de ganar el Nobel de Física —si lo gano, que no es seguro— me va a llevar más tiempo del que esperaba.
En la recámara tenía para exponer dos principios, basados ambos en la temperatura de los cuerpos. Uno es el “principio de estabilidad de los cuerpos fríos en recipientes cilíndricos”, que viene a decir que cuando en el vaso de tubo de un cubata o de un gin-tonic te echan tres hielos, el último, ineludiblemente, siempre queda para arriba, formando una especie de balsa en la que se remansa el líquido y te impide beber con comodidad. Y da lo mismo que, disimuladamente, intentes darle con el meñique la vuelta al hielo, que siempre retornará a su posición cuando vayas a beber, manchándote con ello la camisa en medio de una reunión de negocios o cuando estás tirándote el pisto delante de una chica.
El segundo principio que tenía preparado es el de la “inestabilidad súbita de la temperatura del agua”. Igual que Arquímedes descubrió su famoso principio en la bañera, yo, que soy igual de limpio pero más ecologista, he descubierto el mío en la ducha. Y dice así: aunque uno se asegure un buen rato, e incluso diez minutos, con la mano extendida debajo del chorro, que el agua está a la temperatura que le gusta, en el momento de introducirse en el plato el líquido experimentará, automáticamente, un brusco cambio ya hacia el frío ya hacia el calor que provocarán el estupor del científico.
Estos dos principios, como digo, los tenía yo guardados para causar sensación entre la comunidad investigadora, pero visto que mis teorías a nivel pequeño y aun subatómico no han tenido mucha aceptación, he decidido pasarme a lo grande, a las estrellas, a los planetas, a los satélites. A lo grande, como digo.
Voy a estudiar, ya lo advierto, el movimiento de nutación de la Tierra. Lo descubrió James Bradley en el siglo XVIII y dice que, junto con las clásicas y conocidas rotación, traslación y precesión, nuestro globo experimenta un cuarto movimiento llamado “de nutación”. Esto significa, en términos profanos, que también vamos dando botes por el espacio. No botes grandes, ciertamente, a tal extremo que los astrónomos, una vez descubierto el hecho, lo han desestimado por poco significativo y nada influyente para la actividad en el planeta. Yo, sin embargo, me propongo demostrar que eso no es cierto y que el hecho de que la Tierra vaya dando botes por el espacio, y venga botes, y más botes, no provoca calamidades, es verdad, pero es la causa, hasta ahora nunca descubierta, de que los bebes, por ejemplo, se “coman” tanto los calcetines, a la gente se le meta la tela del slip por la rajilla de las nalgas, a los soldados y porteros de locales, aunque se estén quietos, se les deslice la gorra hacia un lado, y nos escurramos tanto en los sillones de scay.
Me retiro a investigar. Pronto tendrán noticias mías.
CONTRIBUCIÓN A LA CIENCIA (2ª PARTE)
10 de mayo de 2010
Sigo a vueltas con el libro de Stephen Hawking. Otro de los principios científicos que en él se exponen es el “principio de incertidumbre de Heisenberg”, que no he acabado de entender muy bien de qué trata. Como es de incertidumbre...
Según dicho principio, al parecer, no se puede determinar con precisión y simultaneamente la posición y velocidad de una partícula; todo lo más, se puede decir que hay una probabilidad de que la partícula se encuentre en una posición determinada en un momento dado. Algo así creo que dice, amigo bloguero, pero tampoco me hagas mucho caso.Lo que es seguro es que por formular el principio de incertidumbre le dieron a Heisenberg el Premio Nobel en 1932. ¿O fue en 1933?
Este creo que es Heisenberg de joven
Poco sabemos acerca de Heisenberg —quiero decir, poco sabemos yo, mi esposa, mis hermanos, mi familia en general; los familiares de él y sus allegados supongo que le conocerían mejor—. Yo imagino que debería de ser un hombre humilde, muy humilde, algo apocado para dedicarse al estudio de las partículas a nivel subatómico; y también creo que debía de ser un hombre timorato, no muy seguro de sí mismo. Todo eso pienso que influyó en su teoría.
Lo que es indudable… quiero decir, probablemente indudable, es que haber nacido en Wurzburg y llamarse Werner Karl le ayudo mucho en su carrera científica. Porque esta cosa de la incertidumbre la vienen diciendo los gallegos desde tiempos inmemoriales. Ya los suevos decían “Depende” como respuesta a casi cualquier pregunta, y “Depende” sigue siendo la contestación habitual pasado Piedrafita. Pero la comunidad científica, ignoro por qué, nunca ha hecho mucho caso de los gallegos. Seguro que si Werner Karl Heisenberg se hubiera llamado José Ramón Souto y en vez de en Wurzburg hubiera nacido en El Barco de Valdeorras, la comunidad científica le hubiera ignorado.
Heisenberg tratando de explicarse
Comoquiera que sea, aprovecho para exponer aquí otra teoría científica de mi cosecha, que espero que, ésta sí, cause menos polémica que mi anterior “principio de la imparidad de los cítricos”. Ésta se llama “principio de la pesadez de los cuerpos precedentes”, y viene a decir que cuando estamos en la cola de un cine, de un mercado, o esperando en la ventanilla de un ministerio, el que va justo delante de nosotros —esta vez sí infaliblemente, inexorablemente, impepinablemente— será un pesado al que tardarán media hora en atender. Da lo mismo que la fila, hasta llegar a él, haya estado discurriendo con fluidez, sin sobresaltos. Será llegar su turno y entablarse entonces un largo debate entre él y el taquillero sobre desde qué localidad se ve mejor la película; o será pedirle al carnicero media cabaña bovina hecha chuletas, y esta otra parte me la corta en filetes, y luego me prepara un pollo en taquitos; o será que a su expediente le falta un anexo que, aguarde un momento, vamos a ir a buscar al archivo.
La regla de pesadez de los cuerpos precedentes es, como digo, universal, y se aplica en todos los países, en todos los tiempos e incluso a todas las horas. Yo he ido a sacar dinero a un cajero a las cuatro de la madrugada, en una calle retirada al fondo de la cual palpitaba el expendedor de billetes sin nadie en sus alrededores. Pues bien, cuando apenas me quedaba una decena de metros para llegar hasta él, de pronto, y no sabría decir cómo, salió de una bocacalle un tipo con una libreta de ahorros que tenía pinta de no haber sido actualizada desde que se la abrieron sus padres con doscientas pesetas, la metió en la ranura ignorando mi grito de “¡¡¡noooo!!!” y luego estuvo lo menos media hora actualizando y transfiriendo y pidiendo extractos y revisándolo todo atentamente.
Recuerda, amigo bloguero, esta máxima: Predeccesoris plumbeum est: el que va delante siempre es un pesao. Así reza el “principio de la pesadez de los cuerpos precedentes”, de Baquero. Y esta vez sí que sí no admite controversias.
CONTRIBUCIÓN A LA CIENCIA
7 de mayo de 2010
Hace unos días me lancé a leer Historia del tiempo, de Stephen Hawking, con la intención y la ilusión de entender, esta vez sí, todo eso de la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica, la física de partículas...
Al principio, debo decir, la materia me pareció muy fácil y comprensible, pero, una vez pasada la dedicatoria, comenzó a volverse progresivamente árida y enrevesada y confieso que he llegado al final sudoroso y fatigado, incluso con agujetas, y con la sensación de no haberme enterado muy bien del asunto. Pero bueno, algo sí he entendido.
En especial, me ha gustado una especie de corriente narrativa que corre por debajo del cuerpo teórico. Es algo así como la historia de los sucesivos avances científicos, a veces cuestión de simple chiripa, que han ido haciendo progresar la ciencia, tanto a nivel de los movimientos siderales como de los más ínfimos quarks. Dentro de estos pequeñas avances, mi preferido es, sin duda, el principio de exclusión de Pauli.
Según este principio, que formuló Pauli, no puede haber dos partículas en el mismo lugar y al mismo tiempo. O lo que es lo mismo: que si una partícula está en un sitio, no puede haber otra a la vez en ese sitio. Puede llegar otra y desplazarla, o echarla para un lado, o incluso destruirla, vale, pero lo que es las dos a la vez, en el mismo sitio y al mismo tiempo, no pueden estar. Vamos, que no. Que o está una o está otra, pero las dos a la vez no. Es imposible.
Por formular este principio, le dieron a Wolfgang Ernst Pauli el premio Nobel en 1945. Yo no quiero decir nada, la Academia Sueca sabrá mejor que yo cómo concede los Nobel de Física, pero algo muy parecido al principio de Pauli he oído yo en muchos bares que están abar
rotados y la gente grita desde el fondo "aquí ya no entramos más", y los que están en la puerta, pese a todo, intentan hacerse un hueco pero no hay forma, es imposible. No hay lugar para que entre nadie, por más que empujen. Hay que esperar que salga uno para ocupar entonces su lugar.Pauli fumándose una pipa
Sobre el principio de Pauli, otro físico, de apellido Hund, estableció una regla que, según he creído entender, dicta que cuando los orbitales están llenos, los electrones desapareados forman un segundo orbital. O lo que es lo mismo, y en el caso de nuestro ejemplo, que se van a otro bar o incluso que fundan un establecimiento, ya que en el que originariamente querían ir no hay sitio. Que no, no hay sitio, no se esfuercen, así lo dicta el principio de exclusión de Pauli.
A Friedrich Hund no le dieron el Premio Nobel. A veces, cierto es, la Academia Sueca comete unas injusticias que… Pero bueno, allá cada cual. Yo no me meto.
El caso es que, en virtud del principio de exclusión de Pauli y de la regla de Hund, se explica buena parte de la estructura molecular del universo. Qué cosas, amigo bloguero. Yo, por si acaso, voy a aprovechar para exponer aquí un fenómeno que llevo observando de toda la vida y sobre el que nadie ha sabido darme una explicación. Es éste: las naranjas y las mandarinas siempre tienen los gajos impares. A veces 9, a veces 11, pero impares siempre. Haz la prueba, si quieres, como yo la hice: por más naranjas o mandarinas que abras, y aunque provengan de distintas fruterías, los gajos serán impares, ineludiblemente. ¿Y esto por qué? Yo qué sé. Por si acaso, como digo, lo expongo; todo será que venga alguien, lo lea, y resulte ser la pieza clave para explicar el funcionamiento de nuestro cosmos. Con lo que la ciencia llegará así a su culminación gracias al denominado “principio de imparidad de Baquero”.
GRAND JETTE
4 de mayo de 2010
Como decía Ruben Blades, "al que nace para martillo, del cielo le caen los clavos". Ayer mismo me llamaron de Morón de la Frontera para comunicarme que había ganado el premio de cuentos que organiza este ayuntamiento. ¡Y adivina qué, amigo bloguero! Efectivamente, no tiene dotación económica. Eso sí, lo editan junto a los finalistas, en un bonito libro.
Estas cosas sólo me pasan a mí.
-Esto seguro que te llena de moral -me comenta un amigo.
-Pero si yo moral ya tengo mucha. Lo que quiero es pasta -le respondo.
No obstante, estoy muy contento, que conste. Contentísimo. Y agradecidísimo a la gente del jurado.
GUARDIANES DEL IDIOMA (UN MICRORRELATO)
3 de mayo de 2010
Me presenté a un concurso de microrrelatos convocado por Caja de Ávila y me llaman para informarme de que he resultado tercero.
No, esto tampoco tiene dotación económica. Sólo la honrilla y el que lo editarán en un bonito libro recopilatorio.
Aquí dejo el microrrelato finalista, en la esperanza de que os guste. También de que los prodigiosos microrrelatistas que pasean por aquí disculpen mi intromisión en el género y tengan a bien darme unos consejillos. A ver si a la próxima tengo más suerte y junto con la honrilla caen unos eurillos.
GUARDIANES DEL IDIOMA
Un día, los Guardianes del Idioma vinieron a por mi vecino, por utilizar demasiados extranjerismos, pero a mí no me importó, porque yo hablo con completa propiedad. Otro día, vinieron a por el tendero, por no construir correctamente las frases, pero tampoco me importó, porque yo tengo unas firmes nociones de gramática. Otro día, apresaron al repartidor, por no pronunciar la erre como es debido; y luego al barrendero, por alargar demasiado la terminación de las eses.
Comienzo a temer que algún día vengan a por mí. El pañuelo de trapo que me coloco ante la boca para denunciar a mis vecinos creo que está distorsionando demasiado mi voz.
UNA MAÑANA CLARA
29 de abril de 2010
Después de la tormenta que parecía avecinarse en los últimos tiempos, hoy en Madrid ha amanecido un día claro, la atmósfera como más despejada, el cielo hermoso y diáfano (no confundir con Di Stefano), sin nubes amenazantes. Se respira un aire limpio y fresco, y me consta que en otros sitios de la Meseta ocurre igual.
Ha habido, bien es cierto, extraños sucesos atmosféricos; estaba el aire como electrizado y cargado de chispas. A qué extremos llegaría esta tensión que incluso ha afectado a la señal televisiva, y en ciertos puntos de la ciudad, a determinadas horas, no se pudo ver el canal autonómico. Estuvo distorsionado durante poco más de noventa minutos por una extraña señal.
Como consecuencia de ello, muchos madrileños se quedaron sin ver una importante retransmisión deportiva. Cuando se levantaron esta mañana y fueron a comprar la prensa para enterarse de lo que había ocurrido, les resulto casi imposible, porque el periódico Sport, por ejemplo, se había agotado en todos los quioscos. En algunos bares lo tenían en la barra y en sus páginas se podía ver a unos tipos de camiseta blanca que no parecían precisamente odiar su profesión de futbolistas.
En fin, a lo que iba es a que se respira mejor. La primavera ha llegado a la ciudad y todo luce hermoso y despreocupado. En las localidades cercanas también hay parecido ambiente: llamo al pueblo y un amigo me informa que, con las últimas lluvias, el pantano está a rebosar. Parece que este año no va a haber carestía de agua: de todas formas, convendría ahorrar y no gastarlo en regar con aspersores campos de golf y estadios de fútbol. El agua es un bien muy preciado y luego nos quejaremos si falta.
AMIGOTES LITERARIOS
24 de abril de 2010
Ayer estuve en lo de Raúl Ariza, en la librería La Clandestina, en el barrio de Malasaña. Presentaba en Madrid su Elefantiasis y, al calor de su prestigio bloguero, pululábamos por allí muchos amigos y seguidores de El alma difusa.
Esto de los blogs es tan de nuevo cuño que todavía muchas situaciones (afortunadamente) no se encuentran previstas. Una de ellas son las reuniones de blogueros. Como la mayoría titula sus bitácoras y firma sus comentarios con una frase o una expresión, pongo por caso: "El hombre que susurra", "Tiritas para el faquir" o "Pagadme la fianza" y es costumbre colocar, en lugar de una foto, un avatar, un dibujo, o un símbolo, luego resulta muy difícil conocerse e identificarse en medio de una reunión. Con el tiempo, no dudo que se establecerá la costumbre de asistir a estos actos con cárteles colgados al cuello, o pegatinas en la chaqueta, o periódicos bajo el brazo, para saber quién es exactamente el bloguero que uno tiene al lado. Pero de momento la cosa no es así, y en la presentación de Elefantiasis se echó de ver.
Lo que yo conocía de Raúl Ariza, por ejemplo, era lo siguiente: trabaja de abogado, vive en Castellón, y en calidad de autor iba a ser quien estuviera en la cabecera del acto. Esto último, y el hecho de que su foto aparezca en la solapa del libro, fue lo que más me ayudó a reconocerlo. Pero referente a los demás blogueros que yo sabía iban a estar por allí, lo cierto es que no tenía mayores datos.
-Perdona, ¿tu eres "Teseo en el laberinto"? -le pregunté a uno que pasaba por allí.
-No, yo soy "Estampas del pasado".
-Ah, vaya, no sé por qué me imaginé que eras "Teseo en el laberinto".
-No pasa nada. Mucha gente nos confunde.
Al final, poco a poco, pregunta a pregunta, un grupo importante de blogueros amigos nos fuimos situando, identificando y, en ocasiones, dándonos fuertes y sentidos abrazos. No invertiríamos, yo calculo, en esto más allá de la hora y cuarto. Hora y media, como mucho. Allí nos encontramos Belén, Blanca, Pepa, Manuel, Elena, Agustín, y por supuesto el protagonista de la reunión, Raúl, buena gente que solemos coincidir en los mismos espacios de la blogosfera, amigotes literarios, dicho sea con toda la solemnidad de la expresión.
Un grupo fascinante que, para celebrar nuestro encuentro colectivo, y vivir un momento inolvidable, decidimos ir a tomar unas cervezas juntos. Nos metimos en el primer bar que hacía esquina. Es lo que siempre digo yo: para vivir momentos inolvidables, tampoco hace falta irse muy lejos.
Para colmo de suerte, era un bar de estilo irlandés, con lo que a mí me gustan ese tipo de locales.
Allí estuvimos un buen rato, en muy divertida, agradable e inteligente compañía. Un ambiente de buen rollo, de simpatia, de admiración mutua. Gente sana de verdad. Nos tomamos un par de pintas y ocurrió que, acabando la segunda, entraron de pronto unas diablesas en el local, nos sacaron unas fotos poniendo los cuernos, a mí en concreto me quitaron la camiseta y no sé si a los demás les harían alguna otra perrería. Bah, nada reseñable. Lo importante es que anoche me fui a casa con el recuerdo fabuloso de una gente maravillosa, el deseo de que volvamos a coincidir en persona, y la magia de poderlos encontrar prácticamente a diario al otro lado de la pantalla.
LA EVOLUCIÓN DE LA SOCIEDAD
21 de abril de 2010
En mis padres, en mis suegros, en las personas, en general, en torno a los setenta años, siempre observé un respeto reverencial por el dinero. Una admiración de lo caro.
Para mis padres, mis suegros, mis vecinos de esa edad, las diversiones y hábitos de los ricos, por fuerza -no había discusión posible- tenían que ser mejores que las diversiones y hábitos de los pobres. Aunque a uno le supiera a gloria el cocido que se estaba comiendo, la centolla había, necesariamente, de saberle mejor, porque costaba más dinero; aunque uno se lo pasara muy bien jugando al tejo, el golf -¡hombre, por Dios!- había de ser mucho más entretenido, porque era a lo que jugaba la gente con pasta; y aunque uno disfrutara paseando por el monte de la provincia, el paisaje de la Costa Azul, dónde iba a parar, tenía que ser más hermoso.
Mi padre, mis suegros, mis vecinos en torno a los setenta, todavía se hacen cruces y no salen de su asombro de que se paguen miles de euros por un palco para ver el fútbol -ese deporte de la plebe-, los restaurantes a los que acude el Rey anuncien entre sus nuevas especialidades gastronómicas las patatas revolconas, y se haya puesto de moda entre la gente pudiente el eco-turismo.
-No salgo de mi asombro -insisten.
Se supone que el impulso natural de la sociedad humana es evolucionar hacia mejor. Eso dice la teoría, pero yo no lo tengo tan claro. Porque si bien nos hemos desembarazado (si no del todo, sí bastante) de esa idolatración hacia el dinero, en general la sociedad de hoy ha sustituido ese culto hacia la pasta por el culto hacia la cifra. Lo que existe hoy es una veneración por el número. Una adoración de la cantidad a lo bruto.
Aunque a uno no le guste mucho el alimento que toma, ha de ser necesariamente bueno, porque lo consumen millones de personas en todo el mundo; aunque uno considere que el libro que lee es muy malo, el error debe de ser si duda suyo, porque anda ya por la vigesimoquinta edición. Si uno tiene diversiones minoritarias, lee libros humildes o acude a conciertos de pocos oyentes, es indudablemente raro, freak, quizás también un poco tarado, porque lo bueno está en las librerías repletas y los conciertos a rebosar. Señal innegable de que son buenos es que acuden multitudes.
¿Cómo va a ser malo un escritor, o un cantante, que vende millones de copias a lo largo y ancho del planeta? ¿Estás diciendo que toda esa gente no tiene gusto? Hombre, por Dios.


