18 de julio de 2009
Me cuentan los amiguetes y asiduos de este blog que últimamente se me ve de mal humor, como enfadado con el mundo a apenas una semana de irme de vacaciones, que ya es desgracia y ganas de complicarme la vida. Y sí, es verdad que me siento tenso y gruñón y que, como dice mi amigo Mihail, el albano kosovar, “da como cosa acercarse a ti”. “¿Cómo que como cosa? ¿Pero tú qué idioma hablas, tontolaba?” “Nada, nada” —se achanta Mihail, que una vez fuera de su banda es el hombre más pacifico con el que he topado.
El caso es que, una vez reconocido esto, vuelvo atrás en busca del detonante de mi cabreo. Y después de un rato de escarbar entre posibles causas, por último, al fondo de todo, acabo por descubrirla:
Mi cuñado. ¿Quién si no?
(Para saber lo que siento por éste mi pariente, ver, varias entradas hacia atrás, el sincero y sentido post "Justificación del asesinato").
Mi cuñado y sus artilugios. Porque mi hermano político anda, de un tiempo a esta parte, hecho un experto en telefonía móvil o, para ser más exactos, hecho un experto en las tarifas y descuentos que ofrecen los distintos operadores. No sé qué ocurre que, si te fijas, bloguero, a tu alrededor, es precisamente la gente más plasta y cargante del género humano la que más alucinada ésta con estos cacharritos, y la que pone politonos más raros, salvapantallas más llamativos, lo personaliza de manera más estrambótica y se pasa horas y horas en un rincón apretando las teclas. Quizás sea simple casualidad… En fin, a lo que voy es a que mi cuñado, de un tiempo acá, no deja de darme la barrila con que estoy pagando demasiado de teléfono móvil y que si me acogiera a la promoción Habla con tres personas, por ejemplo, todo me iría mucho mejor.
—Fíjate qué oportunidad: puedes hablar por tiempo indefinido —me explica— con las tres personas que tú elijas, a cualquier hora del día y desde cualquier lugar del país.
—¿Pero yo para que quiero esa oferta? ¿Y a quién iba yo a escoger? Si no tengo amigos con los que hablar tanto. Como mucho, escogería a mi mujer para llamarla que voy a llegar pronto, y escogería el trabajo, para llamar que voy a llegar tarde.
—Desde luego, que corto eres. Puedes incluir a tu hermana, por ejemplo.
¡¡Rinng!!
—Hola, hermana, ¿qué tal estás?
—Pues bien, ¿y tú?
—Fenomenal. Escucha, qué te iba a decir: ¿tú qué vas a cenar esta noche?
—Pues yo albóndigas, ¿y tú?
—Espinacas con bechamel. Otra cosa: ¿qué tal tiempo hace por allí?
—Pues mucho calor, pero, ¿por qué me lo preguntas, si vivimos en el mismo barrio?
—No sé, yo… por conversar…
No, no creo que fuera muy buena idea. “Sinceramente —le dije a mi cuñado—, esa oferta no me interesa mucho”. “Pues acógete —me dijo— al Fin de semana feliz (o algo parecido), gracias al cual puedes estar de viernes a domingo hablando todo el rato y a todas horas con quien quieras. “¿Pero hablando de qué?”. “Desde luego, tú eres gilipollas (ésta, ya lo dije en Justificación del asesinato, es la frase favorita de mi cuñado)”.
—Mira esta otra oferta —insistió—: El día del sms: todos los miércoles del mes, salvo festivos, puedes enviar todos los ese eme eses que quieras por sólo 0,5 céntimos el mensaje.
Y cuando le dije que no tenía especial interés en enviar un sms a nadie, y que tampoco me interesaba esa otra promoción que me enseñó luego: Free Clinic, por la que podía llamar gratis a cualquier hospital del país para que me dijeran si, por casualidad, tenía allí algún familiar ingresado, entonces ya mi cuñado se acogió a su célebre frase y acabó la conversación con aquello de: “Desde luego, te mereces que te timen como te están timando”.
A raíz de esa conversación es que guardo desde entonces un rencor sordo contra el mundo, aunque ahora me doy cuenta que el foco de mi odio se centra en el teléfono móvil. Aparato del demonio. Ayer, sin ir más lejos, sonó de pronto a la una de la mañana y cuando yo, soñoliento, nervioso y temiendo una tragedia, levanté la tapa, hete aquí que mi operador me ofrecía la posibilidad de descargarme gratis el último politono de Shakira. “Menos mal —pensé mientras volvía a la cama— que no soy ingeniero nuclear, o cirujano plástico, o artificiero de la policía; imagínate que en medio de una operación me suena el teléfono para anunciarme que ya puedo bajarme el politono de Shakira. Menuda gracia. Estas cosas habría que controlarlas”.
UNA OFERTA QUE NO PODRÉ RECHAZAR
LOS PEORES VERSOS
16 de julio de 2009
Puedo recitar los versos más tristes esta noche… algo parecido, ya sé que no exactamente igual, decía el poeta.
El otro día, charlando con unos amigos, discutíamos sobre cuál era, probablemente, el peor verso que nunca se haya escrito. Como todos éramos gente poco versada (y nunca mejor dicho) en poesía, cuando no de lecturas varias y divergentes, en lugar de establecer la discusión sobre una rima escrita, lo hicimos sobre una cantada. En resumidas cuentas, que me estoy explicando fatal: ¿cuál es la canción con peor rima jamás escrita?
Yo no sé si esto es uno de esos memes que circulan por la blogosfera y que no sé exactamente en qué consisten.
El caso es que yo, tras mucho pensar, voté por aquella canción de Seguridad Social: “Baila mi rumba tarumba / que ya lo dijo San Lucas”, que cada vez que la oigo me entran unas ganas incontenibles de llorar. Otros votaron por Juanes y su Camisa negra, aquel famoso: “Yo por ti perdí la calma / y casi pierdo hasta mi cama / c´mon, c´mon, c´mon baby, bésame con disimulo”, e incluso el mismo Alejandro Sanz salió a colación, con aquel, por ejemplo: “Quisiera ser el aire / que escapa de tu risa, / quisiera ser la sal / para escocerte en tus heridas”, que en medio de la música puede pasar desapercibido, pero leído sobre el papel causa estremecimiento. ¡Qué tío más bruto!, ¡qué verso más mostrenco!
Se descartó a Franco Battiato, aunque bien merecido se lo tenía por aquello de “Una vieja de Madrid / con un sombrero, un paraguas / de papel de arroz / y caña de bambú uh uhh uhh uh…“ Podía deberse, adujo uno, a un error de traducción, igual en italiano quedaba un verso estupendo y clavado. O quizás ocurrió que ese día Batiatto se equivocó en la dosis de sus medicamentos. En todo caso, para lo bueno y para lo malo, que los transalpinos cargasen con él. Que de Pirineos acá y del charco allá ya teníamos bastante con “mi limón, mi limonero / entero me gusta más / un inglés dijo yeyé y un francés dijo olalá”, o con aquel glorioso inicio: “Quién es, soy yo, qué vienes a buscar, a ti, es tarde, por qué, porque ahora soy yo la que quiere estar sin ti, por eso vete etcétera”.
Así las cosas, alguien aventuró el nombre de Mecano. ¡¿Cómo habíamos podido olvidarnos de Mecano?! “Haway, Bombay, es de lo que no hay” o “a la luz de un flexo / nos damos un bexo”, por ejemplo. “No hay marcha en Nueva York / y los jamones son de York”, por otro ejemplo. Así innumerables estrofas, a cual peor.
Mientras las canciones, yo creo, van de playa, de cachondeo, o de distracción sin más pretensiones, uno puede como Palito Ortega decir que iba por la playa recorriendo la agüita y vino una abejita, una abuelita, o una buhíta (nunca he sabido bien lo que decía) y le picó, y quedarse tan pancho. O proclamar con orgullo que le gustan los chorizos parrilleros. Lo malo, o lo peor, de Mecano es que había canciones donde, con aquella inspiración poética característica del grupo, se ponían de pronto heroicos y querían construir un romance tipo García Lorca. Como en Hijo de la luna, por ejemplo. “Hijo de la luna / nació un niño / blanco como el lomo de un armiño”; y un poco más adelante: “este niño es payo / y yo no me lo callo”; y todavía más tortura: “este no es mi hijo, / me has engañao, fijo”.
¡Y pensar que José María Cano quiso levantar (levantó, de hecho) sobre estos versos una ópera! Claro que peor tenía que estar el que le encargó el himno del Real Madrid para su Centenario y J.M.Cano se descolgó con “Hala, Madrid, juegas en verso, / que sepa el universo / cómo juega el Madrid”. Lo que marcó el inicio de nuestra decadencia.
Por no hablar de aquello otro de que el protagonista de una canción se llamara Mario Postigo para que, posteriormente, su esposa fuera “testigo” desde el portal. En fin, espero que ningún fan se ofenda, pero en Mecano se encuentran los peores versos del mundo. Juanes mediante.
TETE DE LA COURSE (y IV)
Aquí acaba esta pequeña serie de post. Gracias a los que habeís seguido este desahogo. En la próxima entrada, las cosas vuelven a la normalidad... o lo que fuera eso.
14 de julio de 2009
No sé por qué, aquellos fueron tiempos tristes para el ciclismo, con un Armstrong volando en lo alto en solitario, como un águila, y aquí abajo las tragedias de esos dos grandes ciclistas como Pantani, el Diablo, y el pobre Chaba Jiménez, el primero en ganar en el Angliru, cuya foto lucía en los bares del Valle del Tiétar. Que en paz descansen.
Hace dos años, viendo la etapa del Tour, asistí maravillado al espectáculo de un corredor que saltaba desde la trasera del grupo. Hacía años, muchos años que no veía a un ciclista lanzarse hacia delante con esa fe, esa fuerza, esa generosidad. Igual reventaba cuatro cuestas más adelante, pero se veía que no le importaba… Nunca había oído su nombre, y me alegré de que fuera español, aunque te juro, amigo bloguero, que en esto del ciclismo la nacionalidad nunca me ha importado. Su nombre era Alberto Contador y no reventó, no, en la cuarta cuesta. Llegó hasta el final y ganó la etapa en la cima del Plateau de Beille
Tuve el inmenso gusto de entrar esa misma tarde en Internet y descubrir que Alberto Contador tenía algo así como una página que le habían hecho sus amigos, con unas pocas visitas hasta entonces. Visitas que seguro irían creciendo. Se me había adelantado un neozelandés (hay gente rara en esto del ciclismo) que había puesto unos minutos antes: “¡¡Great Alberto!!”. Yo sólo puse: “Enhorabuena. Me has emocionado. Tienes clase de sobra y has ganado a lo campeón”.
Un año después de Alberto, ganó el Tour Carlos Sastre. No te lo vas a creer, amigo bloguero: ¡Sastre era el ciclista cuya foto se exponía en esos momentos en los bares del Valle del Tiétar! Monumental fue el recibimiento que le hicieron en El Barraco, el pueblo donde se formó como ciclista y donde nació el Chaba Jiménez. Farolillos, tracas, fuegos artificiales… No era justo que Ávila no tuviese un lugar en la historia del ciclismo.
Y aquí estamos, en el año 2009, la 96 edición del Tour. Armstrong ha vuelto, con la intención de ganar su octavo Tour, en el mismo equipo que Contador y con un montón de declaraciones previas respecto a que él, Amstrong, viene a constituirse en el líder del equipo, en atención a sus galones. Andamos en estos días en la puerta de los Alpes; hoy vuelven los ciclistas a la carretera después de la jornada de descanso, Contador y Armstrong están separados en la general por apenas dos segundos. Ignoro quién llegará ganador a París. Si lo hace Armstrong y gana su octavo Tour habrá llegado a un número irrepetible, homérico, sobrenatural. Si ganara Contador, la victoria tendría una dimensión humana.
TETE DE LA COURSE (III)
13 de julio de 2009
—¿Por qué no ataca Delgado?, pero ¿a qué espera? Más le vale despabilar, que estamos ya en la segunda etapa de los Pirineos —se lamentaba el comentarista aquella calurosa tarde de julio.
Y es que, efectiva y sorprendentemente, Perico parecía no tener ganas de batalla, aun siendo el principal favorito de la ronda. Leblanc, que en aquellos momentos portaba el maillot amarillo, no parecía un líder muy sólido; Lemond, Fignon, Breukink, los aspirantes junto con Delgado para ganar aquel Tour, permanecían quietos en sus respectivos sillines, pendientes de los movimientos del español.
Unos kilómetros antes, un compañero de su equipo, el Banesto, un tal Miguel, se había escapado en compañía de un joven italiano, de apellido Chiapucchi, bajando el Tourmalet. Nadie dudaba que aquello era un movimiento táctico para preparar el inminente ataque de Delgado… pero pasaban los kilómetros, Perico no saltaba y los escapados, entretanto, seguían haciendo camino. Le quedaba un puerto de montaña para meta, la fuga parecía imposible y, sin embargo, el español y el italiano lo coronaron sin ceder distancia al pelotón, aún más, ganándole segundos. Cuando los espectadores nos quisimos dar cuenta, acababa de realizarse una gesta histórica: Chiapucchi entraba el primero en la meta y, detrás de él, ese tal Miguel lanzaba al aire un puñetazo (inolvidable) de euforia, porque acababa de vestirse de amarillo, en Val Louron.
—¡Ese es! ¡Ese cabrón! —gritaba uno en el bar donde veíamos la etapa. En lo alto del podio, sosteniendo el ramo y el osito de peluche, el nuevo líder saludada al público.
—¿Estás seguro? —le preguntamos.
—¡Como para olvidarte de esa cara!
En el Valle del Tiétar, donde veraneo, en las primeras estribaciones de la sierra de Gredos, hay mucha afición al ciclismo. Igual que en otros pueblos las fotos firmadas de toreros o cantantes se exhiben en los bares, aquí se luce con orgullo la instantánea del biciciclista (como dicen) de la comarca ascendiendo un puerto o disputando un sprint. En el club ciclista de la región anduvo unos años apuntado mi amigo el Jandrito. Volvía de las carreras derrengado:
—Hay un cabrón —nos contaba—, un navarro, que cada vez que se pone en cabeza nos lleva a todos con la lengua fuera.
Y cuando le vio allí, en lo alto del podio, con la camiseta de Credit Lyonnais, el Jandrito murmuró, con ojos desorbitados:
—Esa es, esa es la cara con la que sueño todas las noches. El navarro maldito.
Podría escribir cientos de entradas sobre Miguel Induráin, el extraterrestre de Villava, y la manera en que fue venciendo, uno detrás de otro, a Rominger, Bugno, Riis, Zulle… Mi vecino, con el que hablaba de esto, torcía sin embargo el gesto:
—No sé si me acaba de gustar el que uno, más que ganar, arrase.
—¿Por qué no? Esa forma de dejar atrás a todo el mundo, esa superioridad insultante…
—No sé, no me acaba de gustar.
—Por eso nunca has sido nada en la vida —le repliqué al vecino, a quien se la tenía guardada desde la entrada anterior.
El hombre, de todos modos, estaba ya algo mayor. Él era de la época de Bobet, Anquetil, Bahamontes, Julio Jiménez…, y no acababa de entender el fenómeno y la proyección de Induráin. Se había quedado en los periódicos viejos y en el escapado que pide permiso al pelotón para fugarse y pasar el primero por su pueblo.
O quizás tuviera razón. No sé lo que pasó exactamente después de que Miguel se bajara de la bici entre Arriondas y Cangas de Onís, a la puerta de un hotel en donde paré, sólo por eso, a hacerme una fotografía. No sé qué paso que el ciclismo, de pronto, se convirtió en aburrido para mí. A la retirada de Miguel, y tras unos años sin líder cierto, llegó Amstrong y volvió a arrasar, y no cinco, ni seis, sino que ganó siete Tours seguidos. Se devoró a todos, apenas si dejo levantar la cabeza a nadie. Así es el deporte, sí, pero… Era impresionante, de acuerdo, ver a Amstrong sobre una bici, pero no había nada de la alegría de Perico, ni siquiera de la opulencia de Induráin en ello. Era ganar por ganar, no sé cómo explicarlo. Vencer científicamente, sin una pedalada de más. De eso se trata el deporte, sí, pero esa no es su esencia.
Sorprendentemente, al final coincidía con mi vecino, aunque ya fuera tarde porque el pobre había fallecido de una embolia, curiosamente una tarde de julio.
TETE DE LA COURSE II
12 de julio de 2009
En mi entrada anterior, dije que, en la época en que yo era un mico, apenas si emitían en televisión un resumen de la etapa de la Vuelta, y que no se decía nada sobre el Tour. Pero pronto, sin embargo, todo aquello cambió, porque un tal Ángel Arroyo, del Reynolds, había ganado la cronoescalada del Mont Ventoux, y segundo había sido otro tal Pedro Delgado…
A mí eso me cogió ya con quince o dieciséis años. Entre unas cosas y otras, comenzaba a darse bolilla al ciclismo. A mediodía echaban los diez últimos kilómetros de la etapa del día de la Vuelta. A veces había problemas con los equipos técnicos y cuando querían conectar ya los ciclistas habían llegado a la meta. En la edición siguiente nos presentaban la gran novedad, todo un despliegue técnico: un helicóptero iba a sobrevolar la carrera, iban a ir al menos tres motos entre el pelotón con un tipo en el transportín con la cámara al hombro, y no iban a transmitir los diez, sino los últimos veinte kilómetros (salvo imponderable técnico).
—Fenomenal trabajo, compañeros —gritaban los comentaristas.
Se anunciaban también otras novedades, éstas más referentes a lo deportivo. En el Tour iban a correr por primera vez ciclistas colombianos, que tenían fama de escalar como nadie en el planeta, fama que, a qué negarlo, tenía a muchos ciclistas acojonados. Iban a incorporarse también ciclistas rusos, y todo el mundo sabe cuánto impone todo lo ruso en el deporte, o imponía, antes de la Perestroika. Hinault ya andaba por aquellos días de retirada, aunque aún ganó un par de Tours, y el panorama ciclista se presentaba abierto y excitante.
No quisiera ponerme a contrastar fechas, pero creo que fue por esa época cuando Caritoux y el pobre Alberto Fernández se disputaron una Vuelta emocionantísima y antes de la última etapa, supuestamente de trámite, apenas les separaban diez segundos en la clasificación general.
—Yo creo que Alberto lo tiene fácil —le comentaba yo a mi vecino aficionado al ciclismo—: que empuje a Caritoux al suelo cuando apenas queden unos kilómetros, o que mande a uno de su equipo que provoque una caída en la que se vea involucrado el francés. Y entonces entra destacado y campeón.
Mi vecino me miró de forma esquinada.
—Eso no puede ser, hombre, hay que ser deportivo. Alberto ha luchado limpiamente hasta el último kilómetro y ha perdido, qué le vamos a hacer.
—Pero puede tirarle así como disimuladamente. Yo lo haría.
—Por eso tú nunca llegarás a nada en la vida —me dijo mi vecino con cierta acritud.
Todavía hoy, no he olvidado el tono ni la forma en que pronunció esas palabras.
Sean Kelly, Dietzen, que se cayó en un túnel, Álvaro Pino, Chozas, que ganó en el puerto de Alpe d´Huez que por primera vez se subía en el Tour, Recio, Gorospe, Cabestany, Lucho Herrera, antes de que se desmoronara la sorpresa colombiana, Millar, que corría con un pendiente, Moser, que no hacía más que batir el record de la hora… Qué maravillosos ciclistas había entonces. Pero, por encima de todos, en aquellos días previos a la aparición del extraterrestre de Villava, estaba Pedro Delgado. ¡¡Vamos, Perico!!, se desgañitaban los aficionados al verle pasar sobre la bici.
Seguramente, en la historia del ciclismo, haya otros mucho mejores que Delgado. Seguramente no, seguro. Pero yo me quedo con él, no sé por qué. Quizás porque Perico tenía un sentido innato del espectáculo. Yo se lo vi hacer varias veces (cuando ya la televisión retransmitía la etapa entera, o casi): en un puerto de montaña, aparentar que va reventado, con la lengua fuera, hundirse hacia las últimas posiciones del grupo, y cuando ya los de cabeza piensan que ha sucumbido y han dejado de mirar para detrás, de pronto,,, (¡¡Ahí está Perico!! —grita el comentarista, y el espectador se echa hacia adelante el sillón) …de pronto Perico aparece por un lado de la carretera, en un brusco demarraje, adelanta a todos los demás, que, sorprendidos, no aciertan a reaccionar, y se lanza directo a por la meta situada en alto.
Tengo grabado el recuerdo de una etapa del Tour, que acababa no recuerdo en qué puerto de montaña. Había una niebla aquel día de cojones (y perdón por lo poco literario), el helicóptero de enlace no había podido despegar y no llegaban, por tanto, imágenes de la carrera. Desde la línea de meta sólo se veían diez metros, como mucho, de calzada, cuando entre las nubes aparecen las luces de un coche y se vislumbra, destacado, un corredor. Se va acercando… se va concretando… ¿quién será? ¿quién será? ¿Quién va a ser, coño? ¿Es que alguien lo duda? ¡Es Delgado!, grita el comentarista.
Delgado que gana la etapa y se sitúa líder. ¡¡Qué grande!!
También es cierto que otras veces, como el decía, “le atacaba de repente un tío con un mazo”. Entonces Perico se rezagaba, se quedaba, se hundía… “Parece que ha perdido contacto con los de cabeza”, decía el comentarista, y le daba un cierto tonillo enigmático a ese “parece”, porque todos sabíamos ya de las tretas de Delgado. Sin embargo, transcurrían los kilómetros y Perico no aparecía sorpresivamente por ningún arcén. ¿Dónde está Perico?, acababa por preguntarse el comentarista.
Y Perico llegaba a treinta y pico minutos del líder, con la lengua fuera y el rostro demudado. ¡¡Qué grande!!
Mirar a partir del minuto 5
TETE DE LA COURSE (I)
10 de julio de 2009
Yo no vi correr a Eddy Merckx; ni a su eterno rival, Poulidor; ni asistí de primera mano a las gestas del pobre Luis Ocaña; ni leí como primicia la tragedia de Simpson en el Mont Ventoux, donde murió de agotamiento agarrado al manillar. O no había nacido o todavía era un bebé. Yo abrí los ojos al ciclismo en una época posterior, con los epígonos de estos: con Zoetemelk, Thevenet, Van Impe, que siempre era el rey de la montaña, o el infortunado Agostinho, de quien decían que no sabía montar muy bien en bicicleta y que murió al chocar contra un perro que salió a la calzada en medio de un sprint. En aquella época, los ciclistas no usaban chichonera; en su lugar, llevaban unas gorrillas muy coloridas cuya visera, si se hacía así, quedaba para arriba.
En mis primeros días de aficionado al ciclismo triunfaba Bernard Hinault, de quien leí, asombrado, en un “Marca” de la época que había ganado la Vuelta a España con sólo una pierna (era una metáfora). Se escapó en una magnífica etapa con Marino Lejarreta y Vicente Belda, cruzando el puerto de Serranillos, en el valle del Tiétar. Era la época en que de la Vuelta a España echaban apenas un resumen de cinco minutos al final del telediario, con la música, me acuerdo, de Funkytown o de September, de los Earth, Wind and Fire, o el Me estoy volviendo loco, de los Azul y Negro. Eso era todo cuando podía verse de ciclismo en la televisión. Cinco minutos de la Vuelta a España y del Tour ni una mención. Para qué, si allí no triunfaban los españoles.
Entre mis vecinos había uno al que le gustaba mucho el ciclismo, un chalado que se iba a montar en bicicleta los fines de semana por la carretera de Colmenar Viejo. Tenía una bici de carreras, ¡con plato y piñones!, que se había comprado en Ciclos Macario, en la calle de Atocha. Cada cierto tiempo, cubría los cuernos del manillar con esparadrapo, para que no se le formasen ampollas en las manos. Todo un espectáculo. Una vez nos llevó a mi hermano y a mí al puerto de Navacerrada, por donde pasaba la Vuelta a España. Nos colocamos justo pasada la pancarta de Puerto puntuable de primera categoría, y nos dio un periódico a cada uno.
—¡Pero aquí no vamos a ver nada! —protesté.
—Tranquilo —me dijo—. Créeme que esto es mejor. Ahí, en las rampas de subida, se coloca el público de ocasión, más preocupado de hacer el ganso junto a un corredor o de que le enfoquen las cámaras de la tele. Aquí es otra cosa.
Pronto me di cuenta de por qué lo decía. Una vez coronado el puerto entre el griterío de la gente, hay un impasse de varios segundos antes de comenzar las rampas de bajada en que el ciclista se incorpora en el sillín, gira el cuello, intenta relajar las piernas. Algunos miran a los lados buscando algo… y allí estábamos el vecino, mi hermano y yo, tendiéndoles sendos periódicos. “Gracias, chaval”, me dijo el dorsal 84, no se me olvidará, mientras se desabrochaba el maillot. Porque los ciclistas agradecen un periódico para afrontar la bajada: el papel es un magnífico aislante y qué mejor y más práctico que forrarse el pecho con hojas de un diario antes de lanzarse cuesta abajo con el viento gélido de cara.
Aquella creo que fue la Vuelta que ganó Rupérez, y yo fui a verle a la Castellana (era la primera vez que acababa allí; antes lo hacía en el velódromo de Anoeta, pero luego la político trastocó todo aquello). Me dieron la réplica de un maillot del equipo Huesitos y me hizo una ilusión tremenda. Tremenda de verdad.
ESTABLECIMIENTO DE LLAMADA
8 de julio de 2009
Ayer, por un problema en la facturación, tuve que llamar a la empresa que me suministra el gas. Al tercer tono, una máquina, como es costumbre, se hizo cargo de la conversación. “Ha llamado usted a (y aquí el nombre de la empresa)”. La voz pretendía ser femenina, aspiraba a ser humana, pero la frialdad del tono y su escasa variedad en la entonación delataban su naturaleza mecánica.
Tras los saludos iniciales, comenzó el procedimiento de rigor. “Si ha llamado usted por una avería, diga Avería; si ha llamado para pedir un presupuesto, diga Presupuesto; si ha llamado en relación a una factura, diga Factura…”. Parecía fácil. Dije: “Factura” con el tono más serio que me fue posible.
—Si la factura es referente a este mes, diga “Este mes”; si se refiere al mes anterior, diga “Mes anterior”; si su llamada es por la facturación en general, diga “En general”…
Ahora es muy habitual estar un buen rato de este modo, charlando con una máquina. En casi todos los organismos públicos, empresas de cierta importancia e incluso firmas de medio pelo (dentro de poco esta operativa se impondrá hasta en las tiendas de barrio) se ha instalado un call center que recibe la llamada del cliente y, mediante una serie de sutiles preguntas, la deriva hacia el departamento oportuno. El otro día, por ejemplo, llamé al centro médico para pedir cita con el especialista.
—Dermatólogo… —iba respondiendo yo a las preguntas de la máquina—. Picores… Ronchas… Con prostitutas… Bajo standing… Cada quince días…
¡En qué hora se me ocurriría llamar desde mi puesto de trabajo, por ahorrar dinero en teléfono! Al final, todos los compañeros acabaron enterándose de mis intimidades.
Volviendo a lo de mi facturación del gas, después de al menos seis o siete preguntas y cuando yo yaz había comenzado a tomarle gusto a la conversación, la máquina de repente se detuvo y me soltó esta terrible frase: “Permanezca atento. Va a ser transferido”.
De manera instintiva, me puse a mirarme la ropa, por si la tenía muy arrugada, y me peiné un poco en un espejo que tenía enfrente.
—Está usted siendo transferido —me repetía la máquina cada quince o veinte segundos.
Así varios minutos.
—¿Qué te pasa? —me preguntó mi esposa, que pasaba por allí y me vio con el teléfono en la mano—, ¿qué haces ahí, en medio del pasillo? ¿Por qué estás tan serio?
—Es que estoy siendo transferido —le dije por toda contestación.
Al final, después de un largo rato (y de oír repetidas veces En el muelle de San Blas, de los Maná, algo para lo que nadie se halla suficientemente preparado), una voz humana, realmente humana, masculina y algo bronca, me recibió al otro lado. Era una voz que parecía moler las sílabas como si estuviera mascando chicle con fuerza; detrás de ella se oía un montón de teléfonos sonando, voces de gente al pasar cerca, alguna risotada, un estornudo, una tos. Más al fondo aún, debía haber una máquina de refrescos y era inconfundible el estruendo de una lata al caer y rodar hacia la bandeja.
—Dígame, ¿en qué puedo ayudarle? —y después de unos instantes—: ¿oiga?, ¿oiga?
Pero yo, por efecto de la transferencia, me encontraba como aturdido. Alucinado con el sonido, al fin, de una voz humana. Como el náufrago al que rescatan de una isla, o el secuestrado al que sacan de un zulo, y lo primero que hace es tocar el rostro de sus rescatadores, para cerciorarse de que existen y son verdad. Así me quedé yo unos segundos, deslumbrado con los sonidos de la realidad al otro lado…
LA CALA (y II)
5 de julio de 2009
En la anterior entrega…:
Acabábamos de llegar mi novia y yo, a bordo de nuestro viejo y renqueante Seat Ritmo, a una cala recóndita de Mojácar. Apenas bajar del vehículo, advertimos que se trataba de una playa seminudista. Quiero decir: no es que los bañistas se desnudaran un poco, o sea, se semidesnudaran, sino que andaban por allí, en completa mezcolanza, tanto individuos en bolas como individuos no en bolas (prefiero decirlo así, aunque suene feo, que no usar esa espantosa expresión de “bañistas textiles”).
Mientras con cierta prevención, a qué negarlo, extendíamos las toallas sobre la arena, yo no dejaba de mirar alrededor. Antes de nada, y que conste, yo soy de los no nudistas, de los textiles, o de los recatados, como quieras llamarlo, amigo bloguero. Lo que significa que a mí todo eso me pillaba de nuevas, y lo contemplaba con ojos de asombro. Yo siempre había fantaseado, como imagino que cualquiera, con las playas nudistas: me las imaginaba como un lugar lleno de cuerpos esplendorosos del otro sexo, ejemplares humanos hermosos y magníficos dispersos por la arena para el deleite visual. Sin embargo, en lo que clavaba la sombrilla, vi justo delante de mí cómo un individuo de aproximadamente cincuenta años y aspecto teutón (enorme barriga, piel blanca, cabello rubio, y un enorme mostacho de kaiser) miraba el nivel de aceite de su coche, estacionado cerca; para ello, introducía la varilla en el correspondiente conducto, llegando a rozar con su extremidad la tapa del radiador; luego la sacaba pringosa (la varilla) de un líquido oscuro y, tras comprobar el resultado, la limpiaba (la varilla, insisto) con un trapo sucio que tenía allí cerca. Después de esto se puso a mirar, acuclillado, la presión de los neumáticos.
Esto es verídico, amigo bloguero. Verídico e inolvidable.
De igual manera, y mientras me daba crema de cara al mar, una señora como de apróximadamente sesenta años, o setenta, que andaba distraída y nudistamente al hilo del agua en busca de conchas, encontró cerca de mí, a apenas un metro, una caracola magnífica. Caracola que se agachó a recoger sin flexionar las rodillas (prueba a imitar la postura, amigo bloguero, y te darás cuenta del trance) a un palmo prácticamente de mi nariz.
Había también mucha gente jugando a las palas. No quiero parecer intolerante, pero yo creo que entre el sexo femenino, y a partir de cierta edad, más o menos cuando los pezones alcanzan la altura del ombligo, esta actividad no es muy recomendable.
En fin, el caso es que me metí en el agua con mi bañador hasta casi la rodilla (seguramente fuera yo el más textil de toda la playa) y después de eso me tumbé a secarme sobre la toalla. Perdí la vista en lontananza, mirando hacia ningún sitio en especial, pero pronto llamó mi atención un resplandecer como violáceo o malva que se desprendía justo de la punta más expuesta de un bañista que se hallaba a diez o doce toallas de la mía. A veces, si incidía sobre aquella parte un rayo de sol, emitía como un resplandor nacarado. Una cosa muy rara. Comoquiera que fuese, yo no podía quitar ojo de aquel fenómeno, intrigado por lo que pudiera causar aquellas refracciones. Al final, me pudo totalmente la curiosidad y me levanté de la toalla.
-Ahora vengo, cariño -le dije a mi novia, que estaba tomando al sol a mi lado-. Quédate aquí, que yo voy un momento a verle la polla a un hombre
-¿Ehh? -me respondió ella, que estaba como adormilada.
-Que estés tranquila, que ahora vengo. Que voy a verle la polla a un señor -y yo ya estaba de pie sobre la arena.
-¿Que vas a verle qué?
-¡La polla!... ¡A un señor!... Hale, ya se ha tenido que enterar toda la playa.
El caso es que me acerqué al individuo en cuestión, que estaba tomando el sol en bolas y con un sombrero de paja sobre la cabeza, para cubrirse del resplandor del sol. Advertí que, cubriéndole el glande, tenía una especie como de caperuza, o capuchón, de color violeta, que parecía ser de goma y de tamaño poco más grande que un dedal. Yo nunca había visto cosa igual y no podía figurarme a qué obedecia aquel adminículo, como si dijéramos la más mínima expresión de un taparrabos. Pero recordando en aquel punto lo que decía mi abuela, que con buenos modales y respeto se va a todas partes, y que no hay pregunta impertinente si se hace con educación, me acerqué al hombre, tosí cortésmente para llamar su atención y cuando se apartó el sombrero de la cara le dije:
-Usted perdone, caballero. Llevo un buen rato observando su prepucio con interés y quisiera, si me lo permite, formularle una pregunta.
Todo ello, como se ve, muy educadamente.
-Claro que sí, cómo no, formule, formule.
El otro, como se ve, era también muy respetuoso y civilizado.
En resumen, que nos pusimos a hablar y el hombre me informó que aquello que ornaba su punta era un protector de glande, algo así como un gorro capulluno para que aquellos nudistas circuncisos, es decir, que tenían aquella parte tan delicada permanentementente a la intemperie, no se quemasen con los rayos de sol. Porque no sabía él si sabía yo -"siéntese, que se lo explico" y me hizo un lado en su toalla- que en el glande se juntan miles de vasos sanguíneos y la piel de esa parte es extremadamente sensible al tacto y... joder, qué hago yo aquí hablando de estas cosas.
Después de un buen rato de amigable charla sobre el tema, me volví a mi toalla, donde mi novia (quien con el correr del tiempo y muchas aclaraciones por mi parte, acabaría siendo mi cónyuge) me esperaba ya con cierta intranquilidad.
-Pero, ¿donde estabas?
-Ahí, hablando con ese hombre. Qué tipo más agradable. Da gusto encontrarse con gente así.
Y después de esto no paso nada más digno de reseñar. Nos dimos unos cuantos baños, nos tomamos unas cervezas en el chirinquito, y comenzamos a recoger nuestras cosas. Cuando ya nos íbamos, vi allí en el fondo a mi compañero de conversación (era inconfundible) saliendo del agua.
-¡Adiós, amigo! -le grité, agitando el brazo.
-¡Adiós, adiós! Hasta la próxima.
Y nos subimos en el Seat Ritmo y retornamos, con mucho traqueteo y miedo por mi parte, al pueblo de Mojácar.
LA CALA (I)
3 de julio de 2009
Lo que voy a contar me sucedió en Mojácar un verano, durante unas vacaciones, cuando la que hoy es mi mujer y yo todavía éramos novios y cuando yo me manejaba con un Seat Ritmo color butano en cuyo frontal un radiocasette Punto Rojo, que funcionaba con la ayuda de un palillo, desgranaba canciones de Radio Futura. A mi entrañable Ritmo se le había encasquillado la calefacción cerca del máximo, y no iba para delante ni para detrás; asimismo se habían como anquilosado las ventanillas, que sólo bajaban hasta media altura, y aun así con un chirrido estremecedor. Cada vez que recuerdo aquellos tiempos, anteriores a la ITV, algo así como un sofoco se me sube a la cara y la espalda se me cubre de sudor.
El caso es que antes de salir para Mojácar, en Madrid, un amigo nos había indicado cómo llegar a una cala más o menos solitaria donde podríamos bañarnos fabulosamente. A mí esto de las calas solitarias nunca me ha llamado demasiado la atención, yo soy más bien hombre de paseo marítimo y horchatería, pero tanto nos encareció nuestro amigo la belleza del paisaje, la limpieza del agua, y el soplo fresco y sin olores a fritanga de la brisa, que al fin enfilamos una mañana hacia la cala.
Lo que no nos había dicho nuestro amigo era que, siguiendo sus indicaciones —nada más salir del pueblo, la primera curva, a la izquierda— lo que se abría era un camino de arena salteado de guijarros que hubimos de seguir, en un constante traqueteo, durante casi tres kilómetros. Según nos íbamos adentrando en el camino, cada vez con más frecuencia nuestras cabezas golpeaban contra el techo.
Creo que discurríamos junto a un acantilado, al lado del mar, y el paisaje tenía que ser alucinante, pero no podría asegurarlo porque el polvo no nos dejaba ver nada; y además yo tenía la mente ocupada en otras cosas.
—Dios —decía a cada bache—, por favor, que no pinche, ¡ay! —esquivaba una piedra—, que no se me obture el delco, que resista la junta de culata. ¡Mierda, cómo ha sonado ese amortiguador!
Al fin llegamos a una playa, muy bonita, es cierto, de naturaleza agreste y sin otra edificación que una cabaña de madera entre festones de hierba, coronada por una bandera de Jamaica. Era, enseguida se echaba de ver, el chiringuito enrollado del lugar, y hasta donde aparcamos llegaba el olor a canuto que se estaba fumando el camarero. Dude un momento si desplegar sobre el salpicadero, para que luego no quemase el volante, el parasol que me habían regalado en Madrid, ese que decía “Arevalillo Hermanos, expertos en lunas, Marcelo Usera 27, 28026 – Madrid”, y al lado un teléfono de contacto. ¡Quedaba, no sé, tan soez en medio de aquel paisaje paradisíaco!
Dudando estaba, como digo, si desplegarlo o no cuando de pronto, al otro lado del cristal, advertí algo raro:
—¡Hostias, ¿has visto eso?! —le pregunté a mi novia, que estaba cogiendo el bolso del asiento de atrás.
—¿El qué?
—Juraría que ha pasado un tío en bolas.
Bajamos del coche y, en efecto, allí andaba la gente por la playa, muchos de ellos en pelota picada. Incluso en el chiringuito había un tío tomándose una cerveza como Dios le trajo al mundo… bueno, un poco más borracho, pero ya me entiendes, amigo bloguero.
Continuará
ORGULLO Y PREJUICIO GAY
1 de julio de 2009
Me estoy dando cuenta de que cada vez hay más gente que, después de soltar una burrada homófoba en televisión, se refugia enseguida en la frase: “Pero que conste que yo tengo muchos amigos homosexuales”. No tantos, sin embargo, como los del tertuliano de la radio, ése que cuando ve cómo le chirrían los dientes hasta al técnico de sonido por la brutalidad retrógada que ha soltado, corre a disculparse en que él, el tertuliano, tiene “amigos homosexuales a puñados, eh —advierte—. Amigos gays a montones".
De igual manera, hay otros muchos que, al referirse al colectivo (y no hace falta añadir más, con “colectivo” ya entendemos todos), a manera de argumento de autoridad sueltan aquello de “y esto lo digo yo, que tengo muchos amigos en Chueca (por ejemplo). Y punto”. Por no hablar de las petardas y viejas glorias que para hacernos creer que siguen en la modernidad recurren al hecho, difícil de demostrar, por otra parte, de que “me admiran mucho los gays. Con eso te digo todo”.
El caso es que, como excusa o como prueba de convicción, allí andan las amistades gays al retortero, empleadas a mansalva por todo el mundo. A veces parece haber como auténticas competiciones por ver quién cuenta con más amistades entre el colectivo arcoiris. Lo cual me asombra, porque ¡qué facilidad tiene todo el mundo para hacer amigos, yo que apenas cuento con diez o doce! Y entre ellos, ninguno homosexual; que yo sepa, al menos. Y no es cuestión de homofobia, es simplemente que no ha dado esa casualidad. Como tampoco tengo ningún amigo de Logroño. La vida, a veces, es así.
Bien es cierto que alguna vez, de alguna amistad, he tenido dudas (que fuera gay, no de Logroño) pero no suelo andar pendiente de ademanes y movimientos, ni tengo tampoco costumbre de preguntarle a la gente por sus inclinaciones sexuales. Igual me lo contarían sin problemas, pero, entre unas cosas y otras, el caso es que nunca ha surgido el tema. Si algún día alguno o alguna me presentara a su pareja estable (o aun inestable) del mismo sexo, quiero creer que le tendería la mano y le diría: “Encantado”, como a cualquier otro. O mejor: “Enchanté”, porque no sé si lo he dicho ya, pero yo tengo mi mundillo y una esmerada educación.
De pequeño, a qué negarlo, yo vivía un poco angustiado por esos fantasmas extraños de la juventud: aquello, ya sabéis, de que en un momento dado alguien del mismo sexo te echase algo hipnótico en la bebida y te acorralase luego contra un rincón. Yo he sido mancebito, como decían en Lucas Trapaza, y eso, o algo parecido, era lo que más temías. Sobre todo temías lo inconfesable (entonces, hace ya algunos años): temías que te gustase.
Pero el tiempo ha pasado y, con él, los prejuicios. En primer lugar, no creo que nadie ya, a la vista de mi físico, venga a gastar muchas energías en acorralarme contra un rincón. Aunque esto sólo es una broma: lo más importante, sobre todo, es que uno con el tiempo va conociendo a la gente. Y si yo, hetero, no ando continuamente pensando en el sexo (por más que esto del hombre eternamente salido sea un tema recurrente en los chistes, tan machistas en el fondo), así tampoco creo yo que los homosexuales anden observando el mundo en todo momento con ojos de lascivia. No creo que sean incapaces de pensar en algo más importante que en la manera de engatusar a gente y llevársela a lo oscuro.
Si algún amigo tengo homosexual, he estado con él tranquilamente charlando de libros, o de política, o de fútbol, y que descuide que nunca le voy a presentar como avalista de mis estupideces ni tampoco como señal de mi modernidad, que ésa es otra. Lo gay como garantía, dicen, de lo moderno y enrollado, como si no hubiera queers casposos, cutres, fondones y horteras. Igual que todo el mundo, vamos. Pero esto sería otro asunto, otro prejuicio, y de momento ya me he extendido demasiado.
SEÑALADO POR LA SUERTE (UN CUENTO)
Berti confía en el futuro. Es pintor, nunca ha vendido un cuadro y apenas si ha participado en un par de exposiciones, pero aun así está convencido de que llegará el triunfo. No sabe cómo, en realidad, si a causa de su talento, a consecuencia de la suerte, o de cualquier otra forma abracadantesca, pero de que será famoso y célebre no le cabe duda.
Tenía veinte años y estaba empezando a emborronar lienzos cuando una mañana una gitana se abalanzó sobre él para leerle la mano. “Pus vale, tú misma”. Se la tendió, medio en broma, y la gitana, después de repasar las líneas con un dedo cobrizo y áspero, le anunció que la noticia de su muerte saldría en todos los periódicos.
Berti rió, “yo también te quiero”, y le dio una moneda a la gitana. “¡¡¡Ufff!!!, supersticiones”, se marchó diciéndose para sí. Pero aquellas palabras nunca se le olvidaron. Ni siquiera cuando la indiferencia del público, el silencio de los críticos, el desprecio de los colegas comenzó a cernirse sobre él. “Mi gozo en un pozo”, se decía, y llegó a dudar, cómo no, de las palabras de la gitana. Una mañana, diez años después de aquella revelación, fue él quien prácticamente asaltó a una mujer que, con sus ramitos de romero, andaba leyendo la buenaventura por los puestos del mercado. “Se hablará de tu muerte durante muchos, muchos años”, le confirmó esta gitana, con palabras que le sonaron a música celestial. A partir de entonces, ya plenamente convencido de su fortuna, Berti comenzó a desenvolverse por el mundo con una sonrisa.
Pobre, ignorado, ofendido incluso, entre el croar de los sapos y las ranas, Berti soporta sus desdichas con la mirada puesta en ese día en que el mundo, aún no sabe cómo, reconocerá su genio. Con esa esperanza difusa, pero firme, Berti sale cada mañana a pintar. Es muy temprano, amanece apenas, aun brilla en el cielo una luna lunera y cascabelera, cuando planta su caballete en medio del parque municipal. Se da prisa a desplegar sus pinturas, porque quiere captar los primeros rayos del día. A esas horas no suele haber nadie en el lugar, y por eso le resulta tanto más llamativo aquel tipo de andares raros, como si estuviera ebrio, gabardina abrochada hasta arriba y manos encajadas en los bolsillos, ese tipo que parece de pronto dirigirse hacia él. Berti espera, sin prevenirse, la llegada del tipo; confiado en su suerte, se pregunta qué querrá pedirle aquel extraño. Éste, apenas se halla frente a Berti, sin mediar palabra, saca un cuchillo de su gabardina y se cobra en él la primera de su larga serie de víctimas.
Lo siento, Eva, pero no he conseguido meter en el relato el rinoceronte blanco con lunares verdes, por miedo a que fuera a ocasionar un estropicio.
AVANCE INFORMATIVO
26 de junio de 2009
Cuando era chaval, con ocho o nueve años, recuerdo estar sentado frente al televisor (un mazacote marca Radiola, con casi medio metro de fondo, y en blanco y negro, por supuesto), viendo series tan fabulosas como “El conde de Montecristo”, “La esfinge maragata” o “Los Botejara”… De pronto, se interrumpía bruscamente, casi violentamente, la emisión, y en la pantalla surgía este título impresionante: “Avance informativo”. Los mayores, que estaban en el sofá a mi lado, sabían ya lo que significaba aquel corte repentino: que había pasado algo importante. Muy importante. Por lo común, que se había muerto alguien “gordo”. En los seis o siete segundos que duraba la musiquilla, los mayores, incorporados en el sofá, aventuraban la identidad del finado:
—Esto es que se ha muerto Areilza. O el almirante Veiga —decía mi tío, que vivía con nosotros. Mi tío compraba “El viejo topo” y se preciaba de estar muy informado de la política, y de saberse el nombre de todos los ministros.
—O Nixon —arriesgaba mi padre, que presumía de tener una visión más abierta al mundo.
—Se ha muerto Kubala —opinaba mi abuelo.
Después de aquella breve sintonía, salía un presentador y, con tono muy serio, anunciaba el fallecimiento del “eminente historiador e insigne académico, reconocido en todo el mundo…”
—Buah, un escritor —bufaban mi padre, mi abuelo y mi tío, con evidente decepción.
Después de aquel medio minuto, apenas, de avance informativo, la programación continuaba justo en el punto en que se había interrumpido: la impresionante escena en que Edmundo Dantes traba contacto con el abate Faria.
Ayer, al sentarme a cenar, puse el teletexto para ver cómo había acabado el partido Brasil-Sudáfrica. Todavía no lo habían rotulado, pero, en su lugar, la primera página anunciaba la muerte de la actriz Farrah Fawcet Majors (lo he escrito como he podido). “¡Coño! —exclamé—, ha muerto Farrah Fawcet Majors”. “¿Quién?”, me pregunta mi mujer. “La rubia de Los angeles de Charlie”. “Ah, sí”. “Que estuvo casada con Ryan O´Neal”, amplié la información. “Ya, ya”. Luego se extendió entre nosotros un profundo silencio. Realmente, poco más podíamos decir de Farrah Fawcet Majors.
Después de cenar y tras un buen rato de televisión, vuelvo a poner el teletexto antes de irme a dormir, a ver si finalmente me entero de quién ganó, si Brasil o Sudáfrica. Me encuentro entonces, también en primera página, con la noticia de que ha fallecido Michael Jackson. “Coño, ahora se ha muerto Michael Jackson”. “¿De verdad?”, exclama mi mujer, y viene a comprobarlo en la tele.
Sobre Jacko sí podríamos conversar durante un buen rato. Aunque en realidad ni a mi mujer ni a mí nos entusiasme su música, y no tengamos ninguno de sus discos, justo es reconocer que las canciones de Michael Jackson forman parte de la banda sonora de nuestra vida (perdón por la inevitable cursilada). Apenas sé decir algunos títulos, pero podría tararear decenas de canciones que, a lo largo de todos estos años, he oído en pubs, piscinas, chiringuitos playeros, autobuses, aviones, y aun en el hilo musical del dentista… Canciones agradables, cierto es, y aun podría asegurar, sin que me apretaran demasiado, que Michael Jackson, en su estilo, era todo un genio. Pero mejor dejo estas alabanzas para sus auténticos admiradores, mucho más informados que yo; de igual manera que dejo su despedazamiento y su linchamiento póstumo a todos esos carroñeros que ahora también, en cobarde y ventajista espectáculo, se lanzan sobre el cadáver del menor de los Jackson Five.
Todos ellos tienen mucho más (para lo bueno y lo malo) que decir que yo. Yo me limito a intentar describir esa rara aprensión que le entra a uno cuando enciende el televisor y ve cómo han fenecido, en el espacio de pocas horas, dos tipos que eran ídolos en su juventud. Hasta ahora, era muy raro que una estrella desapareciese: un accidente de tráfico, una sobredosis, cosas excepcionales. Mucho me temo, sin embargo, que dentro de muy poco esta corriente se acelerará y quizás no haya día que abramos el periódico o consultemos el teletexto y no nos sobresalte el obituario. Como si las cosas, a velocidad progresivamente acelerada, hubieran comenzado a inclinarse hacia el despeñadero.
Esta es mi canción preferida de Michael Jackson
LAS TARDES DEL COLE
22 de junio de 2009
Pilar, mi hija, que tiene cinco años, está apuntada a “Las tardes del cole”, una especie de taller en el colegio donde tienen a los niños entretenidos un par de horas con juegos, manualidades y dibujos, en lo que los padres vamos a recogerlos. El otro día, cuando entraba a por ella, su compañero Kevin me asaltó en el pasillo y me soltó a bocajarro:
—Pilar y David Ortega se han dado un beso en la boca.
—¡Qué me dices!
—Que Pilar y David Ortega se han dado un beso en la boca.
Los niños no entienden las preguntas retóricas.
Estoy por agacharme, coger del brazo a Kevin y decirle que está mal chivarse de la gente, y mucho menos hacerlo con la esperanza de que pueda caerle a otro una regañina. Que hay que tener un corazón noble y sencillo y todas esas cosas. Estoy por soltarle este sermón, pero al final me quedó mirándole unos segundos y me contengo. ¿Para qué? Mejor que la vida le ponga en su sitio, o sea: un despacho de ejecutivo, un puesto en un consejo de administración, casa de lujo, coche no menos, clubes de golf, amistades con altos cargos políticos…
Mientras mi niña recoge las manualidades que ha hecho esa tarde, le pregunto a la monitora quién es David Ortega. Me señala a un niño en un rincón, con el pelo negro y encrespado, las narices llenas de mocos, entretenido en deletrear costosamente las letras de un cuento, Simbad el marino, que tiene entre las rodillas.
Yo recojo a la niña por las tardes, como digo, y es mi mujer quien se encarga de dejarla por las mañanas. Le describo a David Ortega y le digo si ha notado algo raro referente a él. “Ahora que lo dices…”, hace memoria y recuerda que desde hace una semana, más o menos, cuando suelta a la niña en la puerta del colegio y salen corriendo (ambas), este tal David Ortega se acerca enseguida a mi hija, le dice algo al oído y un par de veces vio que le entregaba un papel. “Así que un papel…”.
Esa misma tarde, cuando recojo a la niña, en lo que le quito y doblo el baby le echo un vistazo a los bolsillos —que siempre lleva llenos de recortes, cromos, papelajos que acostumbro tirar sin prestarles atención— y encuentro una cuartilla donde hay dibujado un muñeco de Ben 10, creo, y arriba, con letra rudimentaria: “David Ortega y Pilar”.
—Qué dibujo más bonito. ¿Quién te lo hecho?
—Pues ahí lo pone, papá. David Ortega.
—¿Y por qué no firma sólo “David”? ¿Por qué el apellido?
—Pues, papá —a la niña se le nota enfadada por mi torpeza—. Para que no le confunda con David Díaz.
Aquella noche, mientras mi mujer y yo acostábamos a la niña, volví a sacar el dibujo y volví a comentarle lo bonito que es:
—¿Qué te parece si lo pego aquí con cello, en la cabecera de la cama?
—No —me dice la niña—, mejor tíralo, papá, que ya tengo muchos trastos —es admirable cómo mi hija ha interiorizado las lecciones que siempre le damos sobre lo que supone el orden, la austeridad y la escasez de metros cuadrados.
—No te preocupes por eso. Entonces, ¿qué?, ¿te lo pego aquí justo, para que lo veas cuando te despiertes?
—Que no, papá. Tíralo. Además, no me gustan los dibujos de David Ortega. Pinta muy mal.
A la tarde siguiente, cuando voy a buscar a la niña al colegio, me encuentro con el mentado David en el pasillo, de vuelta él del cuarto de baño. Me agacho, le miro a los ojos y le hablo con voz queda: “Escucha esto, chaval: dentro de poco van a darte un palo, pero tienes que ser fuerte, ¿vale?". "Sí", balbucea él con timidez. Me levanto y voy a alejarme, cuando observo que el chico se me ha quedado mirando con cara de asombro. Vuelvo a agacharme y vuelvo a tornar grave la voz. "Y otra cosa —le digo—. Recuerda esto porque no se lo vas a oír a mucha gente en esta vida. Aunque tus dibujos no gusten a nadie y las chicas te rechacen, eres un tío grande, ¿me has entendido? Un tío grande. No se te olvide". Y estoy por darle un abrazo profundo y conmovido, pero tal y como están los tiempos prefiero disimular y limitarme a darle un cachete cariñoso en una mejilla.
RECTV
LA ÚLTIMA FRONTERA
18 de junio de 2009
Siempre me ha gustado, cuando leo una novela de aventuras o una crónica bélica, tener al lado un mapa en el que ir localizando los lugares por los que pasa el protagonista, o las ciudades que se mencionan en el libro. Cuando era chaval, con mis ahorrillos, llegué a comprarme un plano de Los Ángeles para seguir sobre el papel las pesquisas de Philip Marlowe, el detective creado por Raymond Chandler.
“Torcí a la izquierda —decía en la novela—, por Santa Mónica Boulevard”; “aquí está, Santa Mónica Boulevard”, comprobaba yo. “Me había citado con mi cliente en un local de Wilcox Place”; “helo aquí, Wilcox Place”. “Luego fuimos a tomar un trago a su casa de Inglewood”; “Inglewood, ya lo tengo”. “Para seguir con la investigación, tuve que trasladarme a San Francisco”.
—¿Cómo que San Francisco, Raymond Chandler? —cerraba el plano con furia—. ¡No me fastidies!
Estos días ando leyendo La verdadera historia del Motín de la Bounty. No confundir con el libro de Boyne, aunque seguramente éste que yo leo lo hayan editado aprovechando el tirón. La verdadera historia… es el diario de a bordo del capitán William Bligh, el hombre que estaba al mando del barco y por cuyos desmanes, su brutalidad, y por no dejarles yacer con las tahitianas, según es fama, se amotinaron Fletcher Christian y los otros. Bligh cuenta, es de esperar, una versión muy distinta de los hechos, pero todavía no he llegado a esa parte: voy todavía por el principio: la Bounty no ha podido doblar, a causa del mal tiempo, el cabo de Hornos. Se dirige entonces hacia el de Buena Esperanza, para alcanzar por esta otra vía los Mares del Sur. En su derrota (qué hermosa palabra) por el Océano Atlántico, que voy siguiendo con el dedo, la Bounty pasa junto a las Malvinas y sube luego a buscar la isla de Tristan da Cunha, que por cierto no encuentra... Algo hay, de pronto, que me ha dejado asombrado. Completamente boquiabierto.
En medio del océano, a 37 grados 18 minutos latitud sur, 12 grados 40 minutos longitud oeste, encuentro un minúsculo punto en la superficie azul que se llama “Isla Inaccesible”. En concreto, “Inaccesible Island” porque pertenece al Reino Unido. Búscala en el mapa si no me crees, amigo bloguero. Allí está.
Cuando Hillary y Tenzing, Tenzing y Hillary, por aquello de la igualdad racial, alcanzaron la cumbre del Everest, se supone que quedaba completada la exploración del planeta. Salvo algunos kilómetros cuadrados de la selva de Borneo, cosa de poca importancia, y algún monte que se hubiera escapado a la escalada, más por despiste que por otra cosa, la conquista del Himalaya, hace ahora cincuenta y seis años, ponía fin a cualquier posible misterio. Los mapas quedaban ya completos: el ser humano había puesto el pie en todos los rincones de la tierra emergida. Había llegado a todas partes, y no sólo eso: había llegado y había merendado. Porque yo creo que no queda ya paisaje en nuestro planeta donde, si uno mira bien, no acabe por encontrar en el suelo los restos de una lata de sardinas, un paquete de cigarrillos o un envoltorio de chicles. Cerca del Monte Perdido, amigo bloguero (y esto es verídico) me he encontrado yo un sobre vacío de Nescafé descafeinado. Qué clase de persona, me pregunto yo, es capaz de subir a tres mil trescientos metros de altura a tomarse un Nescafé descafeinado.
Y sin embargo, allí esta: Inaccesible Island. Consultada una enciclopedia, dice que la isla se llama Inaccesible porque no es posible acceder a ella (la enciclopedia que manejo está escrita por un equipo de investigación de Harvard, aviso). Me he quedado extasiado durante unos minutos, contemplándola en el mapa. Ah, qué hermoso me parece que, pese a todo, exista una parte del globo donde el hombre no haya conseguido poner el pie. Seguramente no habrá nada en ella, salvo, quizás, alguna especie floral desconocida o tortugas con un caparazón levemente distinto a las que hasta hoy se conocen. Pero, ¿y si no fuera así?, ¿y si allí hubiese algo?
A mala leche, no creo que a la gente de la Royal Navy les costase mucho mandar un helicóptero, sobrevolar la isla e incluso hacer descender a un notario para que diese fe de que la isla no es más que un peñasco sin importancia. Sin embargo, tú no sé, amigo bloguero, pero yo no pienso decir nada de esto a los de la Royal Navy. No saldrá de mi boca ni una palabra referente a Inaccesible Island. Top secret, amigo. Porque lo bueno que tienen los blogs y el tener pocos —pero excelentes, aclaro— lectores es que uno lo escribe aquí pero no trasciende a demasiada gente y dentro de unas cuantas semanas ya estará sumergido en el histórico.
Al fondo, la Isla Inaccesible, vista desde Tristan da Cunha
ALGUNOS ESQUEMAS ROTOS (II)
16 de junio de 2009
Agarrado a mi cuenco de salchipapas, esperaba yo, junto con otros lugareños, a que diera comienzo el concierto colofón de las fiestas. En la plaza podía oírse el runrun de las grandes citas. Yo, aunque no suelo ser demasiado optimista respecto a los conciertos gratuitos, estaba, pese a todo, admirado por las torres de luces, el despliegue de altavoces, las pintas rockeras, que he descrito abajo, de los músicos y las canciones de los Police, los Dire Straits y hasta de Eric Clapton con que probaban sonido. Los urinarios portatiles, en sus respectivas esquinas, contribuían a crear la sensación de que algo importante se estaba gestando.
Sabía que era imposible, pero ¿no has oído hablar tú también, amigo bloguero, de esos conciertos sorpresa, por ejemplo, de los Stones o de los U2? ¿Esos en que se anuncian con otro nombre en un pueblo desconocido de Inglaterra y, al subirse el telón, de pronto, los escasos espectadores se encuentran frente a frente con Keith Richards?
De pronto aquí también, se apagaron las luces. Comenzó a oírse entonces una música como de película de miedo y una voz altisonante dijo: "Faltan diez minutos para que comience el concierto".
Comí a toda velocidad del cuenco de salchipapas. Tras del telón, que estaba echado, se observaba movimiento de gente, corriendo nerviosamente de un lado para otro del escenario, ocupada en los últimos preparativos.
"Faltan tres minutos para que comience el concierto". Y seguía sonando una música introductoria, muy parecida a aquella con la que se abrían los conciertos de los Génesis. Le tiendo la mano a mi hija, que está a mi lado. "Dame la mano, hija, no te vayas a perder en el tumulto" Y a toda prisa me acabo las salchipapas y me limpio las manos pringosas en un espectador desprevenido que pasa al lado.
De repente: "El concierto va a comenzar", y la música se para. Una voz todavía más grave anuncia por los altavoces: "Distinguido público. La orquesta Temblores (el nombre es supuesto) se complace en presentarles su último espectáculo con canciones de ayer, de hoy y de siempre. Un show que hará las delicias de grandes y pequeños. Con todos ustedes: ¡¡La orquesta Teeeeeeeeemblores!!".
A mí lo de "distinguido público" ya me había hecho sospechar, lo de "hacer las delicias" me había escamado más todavía, y lo de "grandes y pequeños" ni te cuento, amigo bloguero, pero... ¿cómo iba a imaginar que, al abrirse el telón, los mismos músicos que había visto hacía un momento interpretando a Bob Marley y a Joe Strummer se arrancasen con los alegres sones de Ay, campanera y, sin dar descanso, Soy minero? Canciones a la que siguieron otros éxitos como Cocidito madrileño (repicando en la buhardilla), María Cristina me quiere gobernar o Me lo dijo Pérez. Entre otras muchas. Muchísimas.
Y con qué alegría y qué sonrisa se desenvolvían los músicos y las chicas sobre el escenario.
El público vibraba, si voy a decir verdad. Aunque a mí, no sé por qué, siempre me ha causado una tristeza inexplicable (e infinita) esa escena de las dos señoras mayores que en los bailes de pueblo se enlazan entre sí y bailan el pasodoble, al final, y en llegando a Paquito el chocolatero, decidí unirme al corro y qué coño, me dije, estamos de fiesta. No me extenderé demasiado sobre cómo siguió la noche ni sobre el concepto de "exitos de hoy" que tenía la Orquesta Temblores. Baste decir que lo más cercano a nuestros días que llegaron fue a la Camisa Negra, de Juanes, y aquí advertí yo al cantante un poco inseguro: se conoce que no había tenido tiempo suficiente para aprenderse la letra bien. También quiero hacer mención a la manera un tanto extraña, y muy cercana al pogo, con que las señoras mayores se desenlazaron y se lanzaron a bailar el Waterloo de Abba. Ciertamente memorable.
La cuestión es que no sé si a causa de la música, que me seguía retumbando en los oídos, por los cuatro gin tonics que me había tomado para combatir el stress, o por el hartón de salchipapas, aquella noche me costó mucho conciliar el sueño. Me encontraba pesado, revuelto, intranquilo, y cuando al fin, a eso a de las siete de la mañana, comenzaban a cerrárseme los ojos, me despertó de pronto la banda municipal del pueblo que, en alegre y populoso pasacalle, pasaba junto a mi puerta tocando, con mucho tamborileo, el famoso éxito Si te ha pillao la vaca...
ALGUNOS ESQUEMAS ROTOS (I)

15 de junio de 2009
Ha sido Antonio de Padua, santo patrono, entre otros muchos pueblos, de Casillas, “el paraje más bello de ambas Castillas”, ese lugar del valle del Tiétar donde acostumbro veranear. Hace un porrón de años que no iba al pueblo por fiestas, pero este sábado pasado, todavía no sé muy bien por qué, metimos una muda en una bolsa, nos subimos al coche y a media tarde ya estábamos en el pueblo.
¡Cuántas cosas han cambiado en estos años! Según iba entrando en Casillas, por ejemplo, me llamaron la atención los muchos jóvenes, varones y hembras, que se encontraban tirados a ambos lados de la cuneta, quienes con camiseta verdes, cuales con rojas, esos otros con negras… Muy ordenadamente. “Ah”, suspiro impresionado. Cuando yo era chaval, nos emborrachábamos de otra manera: de forma individual, descoordinada, anárquica, cada uno como Dios le daba a entender. Hoy, sin embargo, ya no existe ese desparrame, la juventud se ha organizado en peñas y los pedos se pillan de manera más organizada, colectiva y solidaria. Da gusto ver, me digo, cómo los chavales progresan.
En la primera plaza del pueblo, me detengo, asombrado, ante un puesto que han plantado allí de salchipapas. Sería largo de explicar lo que significa un comercio de estas características para Casillas, donde, al menos en mis tiempos de chaval, no daban alimento sólido en los bares, salvo algunas aceitunas, algunos torreznos revenidos o las bolsas de patatas Matutano. “Oh”, exclamo con asombro, y salgo del coche para mirar, alucinado, los cucuruchos de salchichas y patatas con ketchup. Me siento como el coronel Aureliano Buendía cuando su padre le llevó por primera vez a ver el hielo. “Este es el alimento del futuro”.
Hay toboganes hinchables para los niños, puestos de chucherías, incluso una tómbola… Asombro tras asombro, cuando llego a la plaza del Ayuntamiento advierto, desde lejos, cuatro estructuras instaladas en un ángulo, algo así como cápsulas futuristas, dos azules y dos rosas. Mi cuñado, que ha salido a recibirnos, me las enseña con emoción: “¡Mira, mira!”, y yo quedo un rato observándolas, boquiabierto. No me lo puedo creer: urinarios portátiles. La verdad es que imponen. “Pasa, pasa; sin miedo”. Dos para las mujeres y dos para los hombres. Ya no hay necesidad de que los asistentes a la fiesta tengan que ir a hacer pipí, popó y a echar la raba, como hacíamos todos en mi juventud, al cercano huerto del Nicasio.
—Ah —le pongo la mano en el hombro, transido de emoción, a mi cuñado—, si el Nicasio hubiera visto esto…
—Pues no hubiera emigrado a Australia. Seguro.
En el lateral de siempre de la plaza han montado un escenario, pero este año —lo nunca visto— lo han cubierto de telas negras, han alzado torres de luces a los lados que ríete tú de las de los Pink Floyd y hay una mesa de sonido en el otro lateral, enfrente del Todo a 100. Sobre el escenario —son las seis de la tarde— los músicos están haciendo pruebas para la actuación que dará comienzo a las once de la noche. Son tipos jóvenes con raras perillas, estrafalarias patillas, muchos pendientes en las orejas, piercings en las cejas; visten pantalones piratas, camisetas con lemas tipo “Legalize” (la marihuana) o “Sexaddict”, y están ensayando los primeros acordes del “Sweet home Alabama”, por ejemplo, del “Sultanes del swing”, del “Start me up”, de los Stones.
—Hola, hola. Uno, dos; uno, dos. Hola. Sí. Uno, dos.
“Gran concierto”, dice en los carteles de las fiestas. “Once de la noche".
Continuará
UNA INVESTIGACIÓN CRIMINAL

12 de junio de 2009
Leo en Las benévolas, de Jonathan Littell, una escena en la que un comando alemán llega a un pueblo de Ucrania, recién ocupado, a efectuar un registro (estamos en la Segunda Guerra Mundial). Al sonido bronco de las voces en alemán, una mujer embarazada sale corriendo y chillando de una casa, víctima de un ataque de pánico. Los soldados alemanes, por gesto reflejo, al oír aquellos chillidos se llevan el fusil ante la cara, apuntan y ¡¡pumba!!, dejan a la mujer seca. Miradas de reproche entre ellos; consternación general. Pero aún es posible hacer algo, pese a todo: la asesinada está en muy avanzado estado de gestación. Los soldados del sonderkomando cogen entonces el cadáver, se lo llevan a una casa cercana, lo ponen encima de una mesa y uno que tiene nociones de enfermería consigue practicar una cesárea y extraer al niño.
Pero aparece en aquel momento el jefe del comando. Abre la puerta de una patada: “¿Qué coño estáis haciendo?”, dice (“¿Haushavenhafen?”, imagino) y, tomando al recién nacido de los pies, lo voltea en el aire y lo estampa contra el pico de una estufa. Luego sale de la cabaña frotándose las manos.
Las benévolas (*) es una obra de ficción. Es decir, que para su composición, además de todos los documentos que pudiera recopilar, Littell ha tenido que valerse de su imaginación, de su capacidad evocativa, de su memoria y también de algunos elementos tradicionales. De algo así como el inconsciente colectivo; o la memoria de la especie. Porque yo este episodio del soldado que entra de repente en la habitación donde se encuentra un niño, lo toma de brazos de su madre, que lo esta amamantado, o de la mesa donde acaba de nacer —de la postura más indefensa, en resumen— y lo mata casi sin mediar palabra contra una pared o contra un mueble, lo he leído en muchísimos libros. Me lo he encontrado en cientos de relatos escritos a todo lo largo de la Historia.
Lo he leído ambientado en nuestra Guerra Civil, y aplicado a ambos bandos (“…llegaron las hordas rojas y, cogiendo al niño…”; “…irrumpieron los fascistas y el que los mandaba agarró al niño de los pies…”). Lo he leído contra el fondo de la Primera Guerra Mundial, de la Revolución Rusa; aplicado a los sans culottes de la Revolución Francesa, a los familiares de la Inquisición española; y ni te cuento, amigo bloguero, en la Edad Media: ese parecía ser el método preferido en la represión de los cátaros, de los priscilianos, de los arrianos… El viejo mito, en suma, del soldado que entra de pronto, furioso, en la habitación y mata al inocente niño de un brutal golpe.
Yo creo que el ser humano es bueno y noble por naturaleza. Lo digo en serio. Es verdad que hay mucho hijo de puta suelto, sobre todo mucho listo y mucho “espabilao”, pero creo que, por lo general, el ser humano está movido a la compasión y a la ternura con sus semejantes, al menos con los recién nacidos. El asesinato de tal manera de un niño es algo que se sabe va a impactar sobremanera en quien lee o en quien escucha, que le va a hacer soltar una lágrima o apretar los puños de indignación. Aún digo más: el asesinato tan cruento de un niño, en algún momento de la Historia, ha hecho que se transforme en paradigma del terror, que los hombres, a manera de venganza, lo hayan convertido en inolvidable para siempre y en todas las latitudes.
Ahora bien: ¿se mato alguna vez a un niño así? Yo, en mi humildad, durante mucho tiempo me dediqué a investigarlo, remontando el curso de la Historia. Y he aquí que hace años descubrí un episodio, este sí documentado y con testigos ciertos (porque el mito siempre se ha sustentado sobre “alguien me contó”, “se dice que”, “uno lo vio”), que pudo dar origen a la leyenda. Cuando mataron al emperador Calígula, sus asesinos (gente, por lo demás, sensata, pero enceguecida por la furia) entraron en la cámara imperial y, según coinciden muchos testimonios, tomaron a su pequeña hija de un pie y la empotraron contra una pared. Aquello, es de imaginar, debió causar un horror inmenso en la gente de entonces, por ser la niña hija de un emperador, por ser quien mandaba a los soldados un tipo tenido por valiente y ecuánime, y por hallarse el ambiente en ebullición con las excentricidades y crueldades del césar. Aquel crimen, transmitido de boca en boca, debió causar una impresión vivísima. Un espanto hondo y perdurable. Un horror eterno.
(*) Estoy francamente boquiabierto con Las benévolas, tanto por su talla literaria como por su tamaño de casi mil páginas; y sobre todo por el hecho de que el autor tenga mi misma edad. Mientras yo perdía el tiempo recapacitando sobre nada en especial, emborronando cuartillas y leyendo sin orden, Littell, paciente, tenaz y seguro, construía su obra.
EN LA FERIA
7 de junio de 2009
Esta tarde, en cuanto baje el calor, tengo pensado acercarme a la Feria del Libro a ver a mi amiguete Pedro de Paz. Éste sería un momento idóneo (el de ir a la Feria) para ponerme aquí heroico y comenzar a hablar, con tono lírico, de esa gran herramienta de sabiduría y conocimiento que son los libros y cómo han marcado mi vida. “Ah”, suspiraría. O hablar, por el contrario, del despliegue de las industrias editoriales y el marquetingue desaforado que envuelve a esta “gran cita de los escritores con sus lectores”. “Brrr”, gruñiría.
Pero no tengo ganas, de momento, de una cosa ni de la otra. La idea de que dentro de unas horas estaré deambulando por ese pasillo de collejas que es la Feria del Libro me ha hecho recordar todas las veces (2) que fui a firmar allí. La última, el año pasado.
No se me olvidará la conversación que, entonces, escuché delante de mi stand. Estaba yo allí sentado, en una silla de tijera: el editor había puesto un folio colgado encima de mi cabeza. “Hoy firma: Miguel Baquero”. Pasaba la gente, pasaba la gente, seguía pasando (el editor me miraba esquinadamente; yo bebía agua para disimular mi azoramiento), cuando oigo decir a unos que iban por la segunda fila de viandantes: “Espera, a ver quién firma en esa caseta”. Era un matrimonio con sus dos hijos casi adolescentes. El cabeza de familia, decidido, deja a su cónyuge y a sus cachorros en medio del Paseo de Coches, cruza la fila de paseantes en dirección a mi caseta y se queda mirando el cartel. Luego me mira a mí. Al final vuelve sobre sus pasos para reunirse con su familia. “Miguel Baquero, bah, no le conozco de nada. Sigamos”, y reanudaron su paseo.
Igual si me hubiera visto antes en televisión o le sonara de algo ni nombre me hubiese comprado algún libro. Igual, pero es lo de menos. Son hipótesis editoriales. Lo que humanamente importa es que me sentí como un caballo al que un posible comprador le mira la dentadura antes de pasar, impávido, al siguiente de la subasta. Pensé en salir de la caseta por la parte de atrás, acercarme por la espalda a aquel tipo y calzarle una galleta, así, sin más palabras. Pero me contuve porque al fin y al cabo soy persona civilizada, creo que tengo buen perder y, en último caso, esa agresión no quedaría muy bien en ese marco incomparable de la cultura que es la Feria del Libro.
“En la caseta 127, de ACVF Editorial, Miguel Baquero se está dando de hostias con un lector. Caseta 127. En la caseta 420, de Editorial Planeta, Antonio Gala firma ejemplares de su obra…”
La primera vez que fui a firmar iba con mucha más ilusión, entre otras cosas porque familiares y amigos habían quedado citados para pasarse por la caseta (por "mi" caseta, les decía yo, como si me la hubiesen arrendado). Era también más joven e impresionable. Me sucedió entonces una cosa muy curiosa. Estaba yo hablando con la chica del stand sobre ya no recuerdo qué, cuando veo que, de pronto, desde el otro lado del paseo, un tío que ha estado guiándose por los números de las casetas se para de pronto y se queda mirando la nuestra. Tras unos segundos, atraviesa la corriente humana en total derechura hacia mí. Tan directo y decidido, que me asustó. "Este tío viene a pegarme", pensé.
Pero no. El hombre llega ante el stand, coge el libro que estoy yo firmando (Matilde Borge, aviador) y le dice —le murmura— a la chica que le cobre, que se lo lleva. Suelta sobre el mostrador el dinero justo.
—Está aquí el autor. ¿Quiere que se lo firme?
—No, no —dice el hombre. Y habla raro, como si tuviera la boca llena de trapos.
Con el libro bajo el brazo (ni siquiera esperó a que la chica se lo metiera en una bolsa, y tampoco había adquirido, que se viese, ninguna otra cosa) vuelve el hombre a sumergirse entre el gentío y se pierde. La chica de la editorial y yo nos miramos alucinados.
—¿Tú le conocías de algo? —me pregunta.
—¿Yo? ¡Qué va! Absolutamente de nada.
Me quedo unos momentos pensativo. Varios minutos.
—Lo único que se me ocurre —dije al fin— es que yo en un futuro, muy futuro, sea conocido y a este hombre sólo le quede Matilde Borge, aviador para reunir mis obras completas. Y entonces haya decidido, sin importarle todas las leyes de la física, hacer un viaje en el tiempo hasta hoy, comprar el libro y volverse rápido a su siglo. Sin hablar con nadie ni hacer otra cosa, para no interferir en el continuo espacio-tiempo.
—Pues sí —concedió la chica de la editorial—. No hay otra explicación.
UN GORRO AZUL CON EL NÚMERO 6

4 de junio de 2009
Por clamor popular, y porque me lo pide Tortu, voy a contar aquella época de mi vida en que jugué al waterpolo. De hecho, yo fui uno de los pioneros de este deporte en nuestro país.
Lo que voy a contar, todo, incluso nombres y lugares, es radicalmente cierto.
Tendría yo quince o dieciséis años…
Nuestro equipo se llamaba Parque Móvil, “el Parque”, le llamaban los contrarios, y cuando yo ingresé jugaba en la Liga Regional (no me acuerdo ya de cómo se denominaban las categorías; para el caso, como si estuviera en Segunda), luchando por el ascenso a la Liga Nacional. Aquel año se formó un buen equipo, y no sólo porque entrara yo (ejem). La incorporación, sin duda fundamental, fue la de Cascales. Así era su apellido, lo juro, y el entrenador, apenas verle, sin que llegara a ponerse el bañador para hacer la prueba, le dijo al presidente: “a este chaval hay que ficharlo. Cueste lo que cueste”. ¿Qué tenía de especial Cascales? Bueno, sería más propio preguntarse qué le faltaba, y aquí está la respuesta: a Cascales le faltaba el hueso éste de la nariz. No sé cómo decirlo: tenía la tocha neumática. Se la apretabas con un dedo y entonces se hundía como un trozo de goma, y al soltar el dedo, ¡plinc!, recobraba su postura original.
—Cascales, ¿puedo tocarte la porra? —le preguntábamos en el vestuario.
—Toca, toca.
—¡Hala, colega! —exclamábamos, siempre asombrados por las posibilidades elásticas de aquel apéndice.
Soria, como se llamaba nuestro entrenador, le colocó en la portería. Para quien no haya visto nunca un partido de waterpolo, le diré que muchas de las paradas del portero se hacen con la cara. Como bastante tiene el guardameta con sostenerse en el agua, y a menudo no le da tiempo a sacar los brazos, debe muchas veces lanzarse con el rostro a por la pelota cuando ésta viene disparada hacia portería. Para quien lo haya visto, no le cuento nada. El caso es que esta táctica, para alguien con tabique nasal, acaba por resultar muy dolorosa. Sin embargo, para Cascales no tenía importancia alguna. ¡Qué portero más fomidable!, ¡cómo paraba los goles con la cara! Acababa con el rostro colorado, eso sí, pero muchas veces imbatido.
Luego teníamos a Patrocinio (era su nombre de pila, lo juro). Patrocinio, el pobre, ahora que no me oye, nadaba bastante mal y no tenía muchos recursos técnicos, pero, eso sí, tenía una potencia de tiro que en mi vida he visto cosa igual. “Tira, Patrocinio, tira”, gritaba Soria, el entrenador, cuando la situación estaba apurada, y aunque estuviera en su (nuestro) propio campo, Patrocinio se alzaba un poco en el agua, ¡¡ummpff!!, largaba el brazo, y la pelota, tras hacer una o dos ranas, se incrustaba en la portería contraria. A veces. Otras se iba a las gradas, otras contra los árbitros y una vez rompió un foco (verídico), pero cuando iba a puerta, era imparable. Ni la nariz de Cascales, en caso de que lo hubiera fichado el equipo contrario, hubiera podido detener aquel disparo.
Patrocinio creó escuela
Un factor importante en el ascenso (porque al final, amigo bloguero, quedamos segundos y ascendimos a la Liga Nacional) fue Soria, el entrenador. Era un tipo como de cincuenta años, gordo, orondo más bien, con el pelo peinado en cortinilla para taparse la calva. Trabajaba de funcionario por las mañanas y siempre aparecía vestido con traje gris. Pocos sospechaban su doble vida. En cuanto traspasaba las puertas del club deportivo, se mojaba el pelo en cortinilla, se encasquetaba el chándal y se convertía en otra persona. De un tipo gris y manso, se transformaba en una furia, un energúmeno al borde de la piscina. Por las noches se dedicaba a soñar tácticas y estrategias waterpoleras. Una vez nos llegó con una idea luminosa:
—Se trata, en definitiva, de desconcertar al contrario. La idea es la siguiente: cuando yo diga “centra”, vosotros chutáis. ¿Entendido? Yo digo “centra”, pero vosotros chutáis.
—Y si nos dices “chuta”, ¿qué hacemos?, ¿centramos? —le pregunté yo.
—Ya salió el listo del equipo.
Estaban, entre otros, los hermanos Castillo, Juanqui el Humanoide, Ricardo, con quien una vez hice el baile de los huevos colgantes (no sé si hablar algún día sobre esto), Panichori, Tito. Y yo. Yo no era muy bueno, la verdad. Quizás podría haber sido mejor jugador, pero tenía un factor muy importante en mi contra: la miopía. No era posible meterse al agua con lentillas, y mi recurso entonces, cuando tenía el balón y me achuchaba un contrario, era pasarlo al medio de donde había un gorro azul y otro blanco. Que se disputaran entre ellos la bola, y si se la llevaba el mío, pues mejor…
—¡¿Tú estás tonto o qué?! —me gritaba Soria, al borde de la piscina. Y del infarto. —¡Malditas dioptrías!
Ahora sí, una vez metí un gol, en la liguilla por el ascenso, que ¡¡qué gol!! ¡¡Qué golazo!! Entraba yo por un lado en el área contraria cuando el Humanoide me pasó el balón en vaselina por encima de un rival; yo, casi sin dejar de nadar, me alcé en el agua, enganche la pelota y sin doblar apenas el brazo, ¡¡raca!!, para adentro. ¡¡Qué golazo!! La gente, en la grada, se echaba las manos a la cabeza. ¡¡Qué gol!!
Jugábamos en la piscina del INEF, contra el Cuartel de la Montaña, y al término del partido nuestros padres nos llevaban a comer bocadillos de bacon al Virgen de África. ¡¡Qué golazo, Miguel!!, me felicitaba todo el mundo, con un bocadillo en la mano, y después de limpiarse rápidamente los dedos, churretosos del bacon, en una servilleta, me sacudían mi precioso pelo moreno en señal de reconocimiento. ¡¡Buena, Miguel!!, y venga de pasarme la mano, grasienta de bacon, por el pelo.
Y ahí fue, creo yo, cuando comenzó a caérseme el pelo. Y cuando, como consecuencia de ello, hube de dejar el waterpolo. Pero no me quejo, todo lo doy por bien empleado: ¡¡qué golazo!! Todavía algunas noches, para coger el sueño, intento rememorar la manera en que me interné por el borde del área y el Humanoide me la pasó en vaselina…
Así, poco más o menos, celebramos el ascenso
EL PRIMER DÍA DE PISCINA
2 de junio de 2009
Cualquiera que me vea, amigo bloguero. Un tipo como yo, que he sido sexto de España en 100 metros braza, con un tiempo de 1:12; jugador de la Primera División de waterpolo, en el club Parque Móvil, temporada ya ni me acuerdo, autor de tres goles; un tipo como yo, hételo aquí introduciendo temerosamente el dedo gordo del pie en el agua, desde el borde de la piscina, para comprobar si está fría. Y hete aquí también que llega mi hija sigilosamente por detrás y de un empujón en la espalda me arroja al agua, adonde caigo con un grito ahogado (nunca mejor dicho), en calidad de bulto (a decir de Honduras) y desalojando una gran masa de agua equivalente a mi mole corporal (en palabras de Arquímedes).
-No tiene gracia, hija. No tiene gracia –le amonestó en tono severo. Y es que estoy un poco enfadado con ella, por la que me ha liado en la taquilla. “Una de adulto –le estaba pidiendo a la taquillera- …y la niña, bueno, gratis, que tiene cuatro años”. “Que no papá, que tengo cinco. No te enteras”. “¿Es eso verdad?, ¿qué tiene cinco?”, ha saltado la taquillera, aguililla, cuando ya estaba a punto de darle a la tecla. “Pues… -me encojo de hombros-, sí, mire usted –me repongo y levanto la cabeza con orgullo-, es verdad, a qué negarlo más tiempo”. Y pago los dos euros y pico correspondientes a la entrada infantil.
Jodía niña.
Me hago un largo a duras penas y al apoyarme, exhausto, en la pared, observo que junto a mí sale de la pileta un tipo de aspecto sudamericano que se ha tirado al agua con pantalones vaqueros. Está en un grupo, todos del mismo continente: algunos llevan bañador, pero otros no, y entran y salen del agua con vaqueros. A su lado, el socorrista mira hacia el infinito con olímpica indiferencia. Detrás de ellos, sobre el césped, unos tipos de Europa del Este han tendido en el suelo, en lugar de toallas, sábanas de matrimonio y se tumban encima de ellas cuan largos son. Junto a los sudamericanos que se tiran de bomba, una mujer gitana comienza a descender por la escalerilla vestida con una camisola, y con la misma camisola, para mi perplejidad, escalón tras escalón se introduce en el agua y comienza a practicar la patada de braza. Va descalza, eso sí. El socorrista mira al infinito tras sus gafas de sol y con la impasividad de una estatua.
Mi primera reacción es asombrarme, incluso enfadarme porque nada de esto es normal. Pienso durante unos segundos en pedirle al socorrista que reaccione y expulse a toda esa gente de la piscina. Pero luego reflexiono, y no es que no sea normal, lo que ocurre es que no me parece a mí normal, porque estoy acostumbrado a otros hábitos. Pero seguramente todo eso sea lo lógico y lo práctico de donde viene esta gente. ¿Hay alguna normalidad mejor que otra? ¿De qué modo se establecen las normalidades? Recuerdo que, cuando yo era pequeño, mi abuela me llevaba a la piscina de Santiago Apóstol, donde había una zona acotada para hombres y otra para mujeres, y una valla en medio. A un lado las hembras y a otro los machos, porque entonces así tenía que ser, eso era lo normal, y a mí tampoco me extrañaba. No hace demasiado tiempo de esto. En algunos países todavía es lo propio que ocurra así. ¿Pueden coexistir dos normalidades o al final una se acaba imponiendo a la otra?
¿Ser o no ser? Y lo que es más importante: ¿ni en la piscina, coño, voy a dejar de calentarme los cascos con cuestiones pseudofilosóficas?
Para relajarme un poco y porque hace hambre, voy al bar a por una cerveza para mí y una Fanta naranja para la niña, y extiendo sobre la hierba en la que estamos sentados sendos bocadillos, unas servilletas y rasgo una bolsa de patatas fritas. De repente, comienza a sonar el silbato del socorrista. Pi pi; pi pi, con creciente urgencia. ¡Coño, pero si es a mí! El hombre viene disparado hacia mi posición, señalándome con el dedo. “¿Es que no ha leído usted el cartel?”. “¿Qué cartel?”. Y me giro y allí aparece, bien grande:
PROHIBIDO COMER EN LAS PRADERAS.
-Pero si esto no es una pradera –protesto-, esto en un cacho de césped.
No sirve de nada, sin embargo, y tengo que guardar las vituallas e irme a merendar a unas mesas que hay por allí cerca. Por el camino veo que los sudamericanos, los del Este, y la mujer gitana que acaba de salir del agua, me miran con gesto reprobatorio.
Y tienen razón: no es normal comer sobre la hierba, habiendo mesas.
Hablando de otra cosa, aquí mi amigo Montero Glez nos dedica a mí y a mi libro unas bonitas palabras: http://www.bestiario.com/trinchera/
